viernes, 28 de julio de 2017

Concepto y emoción

El Sol (Madrid), 16 de junio de 1932

¡Lo que es el hecho de la palabra, el hecho soberano, el hecho hacedor! Están discutiendo lo que llaman el hecho diferencial, y en rigor no discuten más que palabras, palabras diferenciales, y no es poco. ¡Pero qué palabras! Palabras cargadas y tupidas, más que de concepto, de emoción; palabras, más que conceptuales, emotivas. Y emocionales, si es que no emocionantes.

Claro está que lo conceptual puede ser emocional, y suele serlo. Porque hay la emoción del concepto. Emoción es de emover —o mover—, y concepto, de concebir, y no se concibe sin emoción, sin movimiento. Los grandes conceptistas —San Pablo, San Agustín, Quevedo entre nosotros, Pascal...— los grandes conceptuosos, han solido ser grandes emocionales. Así como los grandes dialécticos han solido ser grandes dialectales. Porque dialecto, aparte de esa idea vulgar que le cree un término algo despectivo y como si indicase un rango subordinado respecto a idioma o lengua, dialecto es lengua de conversación, de diálogo, no cuajada en formas rígidas de lenguaje oficial. Y la emoción de las palabras, su valor emotivo, suele provenir de su íntima dialéctica, de íntima contradicción, de que encierran una lucha, una contrariedad de sentidos, de que se prestan a opuestas interpretaciones, de que tienen historia. Ya que la historia la hace el juego dialéctico —y dialogal— de las contradicciones. ¿Hay nada más dialéctico —y más dialectal— que el que se llame generalidad a una mera particularidad?

Se discutían palabras: soberanía, autonomía, nación, estado... ¿Y sus conceptos? La emoción los oscurecía. Alguno de los discutidores llegó a decir que se trataba de rango. Es como cuando se habla de majestad —que quiso decir en un principio “mayoridad”, la cualidad de ser mayor—, en que pesa toda una tradición monárquica. Y esta misma palabra monarquía ha venido a adquirir tal sentido, que ya hay quien forja otra: monocracia. Para aplicarla, por ejemplo, a una República unitaria, como la francesa. Y así como antaño oíamos hablar de la consustancialidad de la patria con la Monarquía, hemos oído hablar de consustancialidad de la República con España. ¡Consustancialidad! ¡Y cómo nos suena este término a resonantes disputas teológico-escolásticas! La verdadera consustancialidad es la de la idea con la palabra. Que si se ha dicho que la idea es la palabra interior, lo mismo puede haberse dicho que la palabra es la idea exterior, la idea hacia fuera. Y una superficie es cóncava o convexa, según desde donde se la mire. Igual ocurre con derecha e izquierda. Y un buen sentido dialéctico le libra a uno de tomar partido, que es renunciar a ver y a sentir claro. Porque en un partido el concepto se convierte en lema; peor, en santo y seña.

“¡Hechos, hechos, hechos!”, decía aquel pedagógico maestro de escuela de Tiempos difíciles, de Dickens, y sus hechos eran, naturalmente, palabras. Porque lo que después se ha llamado lecciones de cosas, ¿qué ha solido ser sino lecciones de palabras? De cómo ha de llamarse a cada cosa y del modo de conocerlas por su nombre. Cuenta el Génesis (II, 19) que Jehová llevó los animales a Adán para que éste les diese nombre, “y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ése es su nombre”. Y en esto seguimos. Y por esto, por cómo se le ha de llamar a algo, seguimos peleándonos los hijos de Adán. Hay quien dice: “¡Pues llámele hache!”, como puede decir: “¡Llámele ene!” —¿no hablamos de enésima potencia?—, o “¡Llámele equis!”. Y en la mayoría de los casos esto sería lo más acertado: llamar equis. Pero se atraviesa la emocionalidad y el rango... Aunque para emoción, la más honda, la más recia, la más duradera, es la emoción de la equis. No ya emoción, sino conmoción. Nadie más emotivo que el escéptico. ¡Ay, la conmoción de la escepsis! No la hay mayor.

Empezamos refiriéndonos al llamado hecho diferencial —todos los hechos son diferenciales e integrales a la vez—, y decíamos que es una palabra, una denominación diferencial. Y en el caso histórico y concreto actual se reduce casi a un lenguaje diferencial. Con el que se trata, más que de conservar una concepción diferencial, de salvaguardar una emoción diferencial. Y de guardarla avaramente. Y aquí no podemos sino recordar lo que San Pablo, el gran conceptista, les decía a los corintios en la segunda de las epístolas que les dirigió (VIII, 1, 2): “Os hacemos saber, hermanos, la gracia de Dios dada a las iglesias de Macedonia, que en gran prueba de tribulación les quedó la abundancia de su gozo, y su pobreza en hondura les abundó en la riqueza de su sencillez.” O mejor sería traducir: simplicidad. Y es ciertamente un consuelo cuando se sufre la tribulación de la pobreza en hondura —y toda diferencialidad de espíritu no es sino pobreza en hondura, y además avara— poder sentirse abundado de riqueza de sencillez, de esa sencillez que se paga del rango de las denominaciones. Que ya dijo el Cristo: “¡Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es...!”, y no seguimos porque viene una palabra cuya emoción se trata de proscribir. Como no acabáramos la consabida bienaventuranza así: “... porque de ellos es la República de ultratumba”. La pobreza en espíritu suele ser pobreza en conceptos claros y firmes, aunque se compadezca con riqueza de sencillez. Que es lo que les suele ocurrir a aquellos en quienes las emociones diferenciales ahogan los conceptos integrales.

jueves, 27 de julio de 2017

“Acrece, replanta y da valor”

El Sol (Madrid), 12 de junio de 1932

Ahora que, más que nunca, anda en lenguas la lengua española —queremos decir, es claro, la castellana—, se me dirige un joven recordándome cómo en Italia se formó una Asociación Dante Alighieri, que no sabemos si subsiste y obra, para difundir fuera de Italia, y sobre todo donde hubiera colonias italianas, el italiano, para hacer de este idioma un idioma ecuménico o universal; esto es: imperial. Y propone que, a semejanza e imitación de ello, se forme aquí, en España, una Asociación Cervantes para la difusión y arraigamiento de la lengua española, no sólo entre las demás naciones de otras lenguas, sino en las que, teniéndola por nacional, la ven expuesta a graves acometidas. Y hasta, naturalmente, en la misma España.

Fiamos muy poco de semejantes Asociaciones, y menos en un pueblo tan poco asociativo como el nuestro. Competería más bien a organismos oficiales el cuidar de ese menester de cultura española. Promover, por ejemplo, la creación de escuelas españolas en países de otra lengua y ayudar a los muchos lectores de español que en Universidades, Liceos o academias particulares se cuidan, por ahí fuera, de difundir el mejor conocimiento de nuestra lengua. Y acaso ayudar también a los que con hábiles traducciones despiertan en otros pueblos el deseo de conocer mejor, y en su propia lengua, nuestra literatura.

Pero hay que principiar por el principio. Y es por difundir el mejor conocimiento de la lengua española en España misma. Si un pueblo aspira a que su lengua se haga ecuménica, universal, imperial, en una palabra, es dentro de sí, en su propio seno, donde tiene que dotarla de universalidad, de imperialidad. En este caso, el cultivo extensivo tiene que ir precedido del cultivo intensivo. Si queremos que los otros, los extranjeros, se muevan a aprender nuestra lengua para mejor entenderse con nosotros, lo primero es que digamos en ella cosas que merezcan ser sabidas, y ser sabidas en la misma forma en que se expresan. Recordemos la anécdota —histórica o legendaria— de aquel rey de Inglaterra que le preguntó a un cortesano si sabía español, y cuando el cortesano, algún tiempo después, le dijo que lo había aprendido ya, esperando, acaso, que ello le valiera algún cargo, el soberano le contestó: “Pues ahora podéis ya leer el Quijote en su propia lengua.” Una lengua, como la moneda, corre, logra curso universal, cuando es de oro de ley, sea cual fuere su cuño. El cuño no asegura curso forzoso. Aunque a las veces ocurra en lengua y en literatura algo parecido a lo que en economía monetaria se llama la ley de Gresham, o sea que la moneda mala expulsa del mercado a la buena. Así suele ocurrir no pocas veces con las malas traducciones, que expulsan a las buenas.

Y ¿por qué las malas traducciones, las de baja ley, expulsan a las buenas? Porque exigen menos atención. Que es a lo que se debe que una gran parte de lo que se llama obra de vulgarización sea obra de avulgaramiento. La gente quiere ahorrarse atención, sigue la línea del menor esfuerzo, y prefiere los escritos que le exijan menos esfuerzo para entenderlos.

Y así se llega a una lengua imprecisa, hecha de tópicos, de lugares comunes y de fatales definiciones. Y más en país como el nuestro, donde, como no se enseña a escribir —en nuestra segunda enseñanza están casi proscritos los ejercicios de redacción—, no se aprende a leer. Cierto es que los ejercicios de redacción, lo que en Francia llaman los devoirs —lo hemos dicho antes de ahora—, exigen un enorme trabajo a los maestros que han de corregirlos. Y donde no se enseña a escribir, no se enseña a leer, como donde no se enseña a bien hablar, no se enseña a bien oír y bien escuchar. De aquí que entre nosotros sean tantas las palabras que al cobrar un valor emocional, generalmente morboso, han perdido su validez conceptual.

¿Y la Academia? —se nos dirá—. Dejemos a la Academia con su lema de “limpia, fija y da esplendor”. La vida es otra cosa. Una lengua nacional, verdaderamente nacional, es la lengua de una nación, y una nación, que es un nacimiento —ciego o sordo “de nación” se llama entre el pueblo al que lo es de nacimiento—, que es un perpetuo nacimiento, es la que está de continuo naciendo, haciéndose —y deshaciéndose y rehaciéndose—, en perpetuo proceso constituyente y reconstituyente. Lo otro, lo que se entiende en general, bien o mal, por académico, es cosa del Estado: una lengua académica, oficial, es una lengua de Estado. Y si la nación es lo que de continuo nace, el Estado es lo que se está, lo constituido. Y si el Estado es lo que se está, también un estatuto es algo que se está, algo estatuido. Y lengua de Estado como lengua de estatuto no son propiamente, ni una ni otra, lenguas de nación, de nacimiento. El lema de una comunidad empeñada en que su verbo se difunda debería de ser éste: “acrece, replanta y da valor”.

“¿Qué hace usted —se me preguntaba no hace mucho— para defender nuestra lengua castellana?” Y hube de responder: “¿Que qué es lo que hago para defender nuestra lengua castellana? Pues decir y escribir en ella lo mejor que puedo, y cultivarla y precisarla, y rehacerla, y hacer que esté naciendo y renaciendo día a día, y arrancarla lo que puedo a lo más estadizo de su estado para volverla a su nación, a su nacimiento perpetuo. Y, como toda defensa tiene que ser ofensiva, con ella ataco para defenderla.” Así dije y lo repito. Si los que escribimos en español decimos en él cosas de sustancia universal y duradera que no pueden comprenderse bien sino en la lengua en que las decimos, en la lengua que las dice —y las piensa, pues es la lengua misma la que en nosotros piensa—, ya se moverán los demás a aprender esta nuestra lengua. Como yo me moví hace unos años obligado a aprender el danés para leer a Kierkegaard, cuyas obras no estaban por entonces traducidas por entero a otros idiomas, y lo que me permitió poder leer en su original además a Ibsen, Bjoernson, Hansum, Jacobsen y otros daneses y noruegos. Hasta el papel moneda, el billete de Banco, se defiende por el oro que tenga en caja el Banco que lo emita.

Hay que tener muy en cuenta que se piensa con palabras, o mejor, que se piensa palabras, y que sólo piensa bien el que se expresa bien, que nadie tiene más ideas que palabras y a la vez que la riqueza no es cosa de cantidad, sino de calidad, pues vale más una onza de oro que un montón de calderilla, y que lo que procede es acuñar oro de ley de lengua. Y a la vez que hay que luchar contra la pereza mental de las gentes, que conforme a esta nueva ley de Gresham de que decíamos dejan la moneda buena, por no ensayarla y comprobarla, y se quedan con la mala. Aunque en este respecto se nota un muy grande adelanto en la masa de los lectores españoles, que cada vez hacen más esfuerzos de atención para librarse de la terrible costumbre de hacer que se piensa con tópicos, lugares comunes, frases emocionales, sentencias litúrgicas, definiciones programáticas y toda clase, en fin, de camelos.

Y además, en otro respecto, de nosotros, los españoles, de cada uno de nosotros, aun sin asociación, depende que nuestra lengua llegue a gozar en las reuniones internacionales la misma consideración que el francés, el inglés y el alemán.

miércoles, 26 de julio de 2017

Orillas del Manzanares

El Sol (Madrid), 10 de junio de 1932

Cruzando los barrios bajos y pasando el barroco puente de Toledo, desde sobre cuyos pretiles San Isidro y Santa María de la Cabeza, su mujer, contemplan el Manzanares, bajóse uno, pian pianito, a pie, solo y escotero —era domingo— a ese “arroyo aprendiz de río”, que le dijo Quevedo. ¡Aprendiz siempre mozo! ¡Y cómo retozó en las praderas! ¡Pradera de San Isidro! Hace ya más de cincuenta años que uno, mozo también y aprendiz —como todavía—, se hizo retratar allí, al aire libre, junto a una barraca: Y ahora todavía tiovivos, columpios, gramófonos y olor a fritanga de churros para re-creación de ese buen pueblo bajo, eterno aprendiz. Allí al lado, el arroyo de Corte baja de la sierra por su vaguada tarareando, en una represa, la vieja serranilla, siempre joven, de su infancia. Y de la de Madrid.

Era el tránsito del siglo XVI al XVII, reinando Felipe III, cuando Lope de Vega cantó al Manzanares. En su comedia Santiago el Verde, “estación que hace Madrid a un soto”, el del Manzanares, “¿Pues no te deleita el ver / tantos coches tan bizarros, / tantos entoldados carros, / tanta gallarda mujer / y más locas las riberas / del humilde Manzanares / que están los soberbios mares / con sus naves y galeras? / ¿No ves entre estos espinos, / cubiertos de blancas flores, / tanta alfombra de colores / vistiendo rudos pollinos / que ayer con las aguaderas / traían agua y hoy pasan / ninfas de Madrid que abrasan / las aguas de sus riberas?” ¿Ninfas? Y hasta “las fregonas de Madrid, / con sus rostros sin afeites”. Y luego esta perla: “Manzanares claro / río pequeño, / por faltarle el agua, / corre con fuego.” Fuego de amoroso holgorio popular que enciende al soto.

Pasan dos siglos; es el tránsito del XVIII al XIX, reinando Carlos IV. El poeta —del pincel— es Goya. Por los campos de sus lienzos, frescura de praderas del Manzanares. En los de Velázquez, aposentador regio, palaciego de los Austrias, fondos de encinares de El Pardo abrillantados con luz de secano; en los de Goya, chispero borbónico, luz de regadío, de tapiz de pradera de San Antonio de la Florida. Diríase que había bañado en el desnudo Manzanares la majeza de su desnudez la duquesa Cayetana, la maja desnuda, dechado de la nobleza popular de aquel Madrid aristodemocrático de fines del XVIII. Por el puente del Rey, camino de la Casa de Campo, pasarían sobre el Manzanares, aprendiz de río, María Luisa con Godoy, y aparte, Carlos IV, de caza. Aprendices de destronados.

Pasa medio siglo. A mediados del XIX. Antonio de Trueba, mi paisano —¡que parece estarle viendo y oyendo!—, publica en 1852 su Libro de los cantares. Y canta: “Vosotros los que bajáis / el domingo por la tarde / a bailar en las alegres / praderas del Manzanares, / ¿no habéis visto en la Florida, / medio oculta entre el ramaje, / la pobre casita blanca / de Antón el de los Cantares? / Sobre su puerta, una parra / sus hojas pomposa esparce, / ora brindándome sombra, / ora racimos brindándome, / y a mi ventana se inclinan / los guindos y los perales / para que su dulce fruta / desde la ventana alcance. / En torno de mi casita / exhalan su olor fragante / siemprevivas y claveles, / azucenas y rosales, / y cuando el alba despunta, / música vienen a darme, / entre la verde enramada, / de mi ventana las aves....” Trueba llegó a Madrid a servir en una quincallería a sus quince años —uno llegó a estudiar carrera a sus dieciséis—, y quince después cantaba: “Quince años ha que discurro / por sus plazas y sus calles, / como mis padres honrado / y pobre como mis padres; / pero el amor de mi alma / tu noble villa comparte / con el valle solitario / donde me parió mi madre.” He aquí un modelo de la que Menéndez y Pelayo llamó, no sin dejo de ironía, “la honrada poesía vascongada”, tan honrada como el alma, la madre que la parió. Luego se fue Antón el de los Cantares, el aldeanito de Montellano; se fue de la villa de Madrid, villa aprendiza de Corte, donde se hizo hombre y poeta, a la villa de Bilbao, en donde uno, después de haber pasado como aprendiz por la villa aprendiza de Corte, le conoció y trató a él, a quien debió sus primeras lágrimas de poesía.

Hoy, en las orillas del Manzanares, ni espinos cubiertos de blancas flores, ni praderas goyescas, ni guindos, ni perales, ni apenas verdes enramadas. Corre el pobre arroyo aprendiz de río abrazando a algunos pequeños alfaques, reliquias de su libertad infantil, ceñida su vaguada por malecones y cinchado su lecho por taludes de cemento, pobre arteria esclerótica de riachuelo enfermo de decrepitud. Algunas ropas blancas a secar en las riberas urbanizadas, por donde de vez en cuando transcurren rebaños de ovejas, por la cañada de la Mesta, recuerdo de edad pastoril e idílica. Unos chicuelos, desnudos del todo, se bañan al sol regocijadamente, en el piélago de una hidroeléctrica —¡al agua gallipatos!—, y luego se irán a jugar a “¡manos arriba!”, con pistolillas de juguete y de fulminantes. Los “autos” no bajan a donde bajaban los “coches tan bizarros” y los “entoldados carros” de tiempo de Lope de Vega, ni el “río pequeño” corre ya con fuego. Ni mira ya al Alcázar —Madrid, castillo famoso—, ni al adarve de la Virgen de la Almudena. ¡Pobre arroyo que antes de haber aprendido a ser río cortesano, metropolitano, lo han canalizado! Ahora, el canalillo esclerótico, encintado en cemento, mira melancólico al rascacielos de la Telefónica. Y corre humilde bajo los ojos de los puentes del Rey, de Segovia y de Toledo, añorando la sierra, su nacimiento, y añorando la mar, su muerte. Que es una misma añoranza.

Baja de la sierra del Guadarrama, de las Pedrizas, donde “el duro invierno encanece / la sien greñuda a los montes” —decía en la misma comedia Lope de Vega—, y baja al llano propiamente manchego, pasando por la Villa aprendiza de Corte, entre serrana y llanera. Baja gimoteando suavemente a recordarle a Madrid su infancia popular. Baja y se arroja al Jarama, el de los “toros feroces”, y el Jarama lo lleva en sus brazos al Tajo. Y en brazos estremecidos del Tajo va a pasar este arroyo de Goya por la hoz del río de la imperial Toledo, la del Greco, del río que sacaba fuera el pecho en tiempos de D. Rodrigo. Y se enlazan dos tragedias, pues también el Manzanares, el que oyó los fusilamientos del 2 de mayo de 1808, el que vio brotar en sus orillas los trágicos caprichos goyescos cuando corría con fuego, sintió la tragedia de la vida. Y el Tajo lo lleva en sus brazos estremecidos a dejarlo, al pie de Lisboa, en la mar de los conquistadores de Indias. “Nuestras vidas son los ríos...” O aprendices de ríos. Las vidas de los hombres y las vidas de los pueblos. Que hasta cuando éstos parecen llegar a vejez —un pueblo no tiene edad— llevan el alma toda de su niñez. Aun entre cincho esclerótico de cemento corre sangre moceril, de fuego. O mejor, infantil y popular, que es lo mismo.

Soñando historia a orillas del Manzanares se siente la llaneza de llanura alta, de meseta, del Madrid llanero, manchego, popular, y se siente su alteza de altura serrana y la cortesía de pueblo bajo que aprende siempre, y la frescura y la claridad de sus praderías espirituales. ¡Y qué símbolo el del madroño —sin oso—, que hasta embriaga! ¡Llaneza, alteza, cortesía, frescura, claridad! ¡Y fuego! Y recuerdos de mocedad de aprendiz de hombre en Corte.

martes, 25 de julio de 2017

¿Lucha de clases?

El Sol (Madrid), 5 de junio de 1932

Pues todo esto de que os venimos diciendo nos trae como de la mano a la lucha de clases. ¡Y si sólo fuese de clases! Es lucha de todos contra cada uno, de cada uno contra todos. Cada cual, soberano. ¿De quién? ¿De sí mismo? No es dueño de sí quien tiene que ser servidor de los demás. Y de esa soñada soberanía nace un sentimiento no ya anarquista, sino antarquista; no liberal, sino libertino. Y es claro: el antarquismo lleva —reacción necesaria— al monarquismo de Estado. Que es el que da la verdadera libertad civil, la ciudadanía.

¿Pero qué es eso de clase? Se funden y confunden unas con otras. Gañán, colono o rentero, terrateniente... ¿Quién marca sus linderos? Cuando en el reino de las sombras de los que fueron se le aparece a Ulises la sombra de Aquiles —nos lo cuenta el canto XI de la Odisea—, le dice que preferiría ser un labriego a sueldo de un labrador desheredado, con escasos medios de vida, que no reinar sobre los muertos todos. Para Aquiles, lo peor que se puede ser sobre la tierra es criado de labrador pobre. Y esto nos da mucha luz sobre eso de las clases y de la clasificación.

En esa Constitución de papel que votamos, ¡pecadores! los representantes en Cortes del pueblo soberano —¿soberano?— español de hoy, hicimos constar que España es una República de trabajadores de toda clase. Y con esta coletilla, “de toda clase”, con que se quiso esquivar una declaración de lucha de clases, quedó lo de trabajadores más indefinido aún. Y luego, entre los trabajadores de toda clase, han de estar, ¡claro está!, los que trabajan en fijar las clases, en clasificar a los trabajadores, a los ciudadanos. Que por algo lo más propio del Estado es la estadística. Ya hay quien cree que si se publican libros es para que haga catálogos de ellos y haya bibliotecarios y archiveros. Que así es como se produce administración. La económica empieza por el listero. Junto a uno que trabaja tiene que haber otro que lo vigile, que le haga trabajar, uno que trabaje de ojo, como decía el moro. Que así se perfecciona y redondea la lucha de clases. El principal resultado del socialismo obrero ha sido el de crear una burocracia. Porque toda lucha exige una organización. Y luego viene la lucha contra esa organización.

¡Lucha de clases! Sí, y luego, lucha de profesiones, de gremios, unos contra otros, y lucha de localidades. Y cantonalismo económico. Que los obreros de este lugar, de este villorrio, no puedan ir a ofrecer su trabajo a otro lugar, a otro villorrio; que no puedan ir a hacer concurrencia a los de otro lugar, de otro villorrio. Que sean siervos adscritos a la gleba. Y así es como empieza lo de los maquetos —como los llamaban en mi tierra nativa—, lo de los forasteros, lo de los metecos, como con un nombre de tradición helénica y de renovación de los monarquistas de la Acción Francesa empezó a llamárseles en Barcelona. El enemigo es el forastero, el foráneo o foraño. Y tenemos por muy probable que de foraño —foráneo— derivó “huraño”. ¿Y cómo no? En un tiempo, cuando faltan brazos, se llama a los forasteros, a los maquetos, a las metecos, a los huraños, a que sean, como servidores —más bien siervos—, colaboradores en la producción, trabajando de mano mientras los otros, los que los emplean, trabajan de ojo; pero llega un momento en que esos forasteros llegan a ser concurrentes al consumo y surge la lucha. ¿De clases? No; sino de clasificación.

¡Lucha de clasificación! ¿Hecho diferencial? ¿Personalidad regional o municipal? ¡Bah! Mandangas y pedanterías de señoritos literatos o juristas. En el fondo, lucha de clasificación. Quién será bracero, alistado, y quien sera ojeador —trabajador de ojo—, listero. Vengamos, por ejemplo, a lo de la lengua. ¿Es que el sencillo aldeano quiere aprender en su lengua nativa? ¡Quiá! Es que el señorito, su listero, su ojeador, quiere enseñarle en ella para cobrarse de enseñársela. ¿Se le va a vasconizar a un vasco en vascuence mejor que en castellano? Ni mucho menos. Un vasco que no sabe más que castellano es mucho más vasco que un vasco qué no sabe más que vascuence. La vasconidad del vasco se descubre a sí misma y se ensancha y se enriquece como vasconidad mucho mejor con el castellano —y en otros casos con el francés— que no con el vascuence. Legión los pueblos que no se han descubierto a sí mismos sino merced a otra lengua que la materna. Pero hay el interés —interés que crea sentimientos— de los listeros, de los clasificadores del pueblo. Y son los listeros, los ojeadores, los clasificadores, los que andan al ojeo de hechos diferenciales. Para lo cual se dedican, entre otras cosas, a falsificar la historia. Sin que dejen de invocar la voluntad del pueblo, como si un pueblo sencillo, de braceros, de vividores —en el más noble sentido de este vocablo tan estropeado por el uso—, como si un pueblo de clase primordial tuviese voluntad, lo que se debe llamar voluntad. “Nihil volitum quin præcognitum”, no se quiere nada que no se preconozca, reza el aforismo escolástico. ¿Y se va a querer que exprese un pueblo su voluntad por sufragio, votando lo que no conoce, lo que no puede conocer? Hay lo que se ha llamado la fe implícita, la fe del carbonero en el orden religioso, y en el orden civil o político hay la votación implícita, la del carbonero.

¡Lucha de clases! ¡Lucha de clientelas! ¡Lucha de clasificación! Proletarios y burgueses, braceros y listeros, forasteros y nativos… Trabajadores de toda clase, en fin. Porque el burgués, el listero y el nativo también trabajan. También trabaja el señor para conservar su señorío.

¡Ojo, pues, y a ver claro! Única manera de poder sentir hondo. Aunque sea pena.

lunes, 24 de julio de 2017

Escuela y despensa únicas

El Sol (Madrid), 2 de junio de 1932

Suma y sigue. Porque nos peta continuar y ensanchar las consideraciones tan obvias que hacíamos en nuestro último comentario sobre lo que sobra o lo que falta. Consideraciones que a más de un lector le habrán parecido inspiradas en lo que se dice interpretación materialista de la Historia. ¿Pero lo es? ¿Dónde el materialismo? ¿Dónde la materia y dónde el espíritu? Muy en lo justo andaba aquel economista inglés que dijo que la economía y la religión son los dos ejes de la historia humana. Y acaso son uno solo. La llamada religión, una economía a lo divino, atenta a resolver el gran negocio —así le llaman los jesuitas— de nuestra salvación eterna, y la llamada economía política, una religión —lo es el bolchevismo— atenta a resolver el negocio de nuestra salvación temporal. Y entre las dos una estrechísima alianza.

Hablábamos de la recluta malthusiana de las Órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza para surtir de siervos pedagogos a la sociedad civil. Pero hay —se nos dirá— las otras Órdenes, las contemplativas, las dedicadas a la oración. También ellas cumplen una misión económica, o si se quiere económico-religiosa. Son asilos en que se refugian los náufragos de la vida, náufragos de nacimiento. Son los que permiten a los demás vivir con un poco, muy poco, más de anchura. De crisis económica surgieron en el siglo XIII las Órdenes mendicantes. Y quien lea atentamente nuestra literatura picaresca podrá darse cuenta de lo que significaban el monacato y la frailería cuando estalló la Reforma.

Hoy a la Iglesia sucede el Estado, y si aquélla, la Iglesia, fue una institución benéfico-docente, una institución benéfico-docente se está haciendo el Estado. Tiende a hacerse la escuela única y el asilo único. “Escuela y despensa”, que dijo nuestro Costa. Cuando oigáis hablar de eso de la escuela única fijaos en que no se trata, ni sólo ni principalmente, de que esté abierta la escuela a los hijos todos de los ciudadanos, cuanto de que sean funcionarios del Estado todos los instructores, todos los maestros. El Estado docente ha de atender tanto o más que a todos los que aprendan, a todos los que enseñen. Y a la vez el Estado se convierte en el único asilo, en la única despensa. Escuela única y despensa única. Y decidme, ¿son otra cosa el sovietismo y el fajismo? Y lo mismo da que el Estado surja de los Sindicatos únicos que de los Sindicatos libres. Las dos clientelas acaban por fundirse en una, única y... ¿libre? Libre, nunca.

Hay aquello que Carlos Marx llamaba el ejército de reserva del proletariado, el que había de mantener la que Lasalle llamaba ley férrea del salario, el ejército de esquiroles o rompe-huelgas. El de los obreros parados, que es de siempre, de los que con su paro mantienen esa ya mítica ley férrea. Y en cierto modo formaban parte de ese ejército económico la clerecía y el ejército militar. Para guardar la que se llamaba sociedad burguesa, o capitalista, sus capitales, sus caudales, tiene que rodearse de un verdadero ejército, diversificado; pero este ejército es el que llega un tiempo en que le consume tanta parte de caudal como el que trataba de guardar. La prima del seguro le cuesta tanto como el riesgo de que trata de asegurarse. Y es el proceso actual de expropiación del capitalismo. ¿Que los anarco-sindicalistas se preparan al asalto de expropiación? El remedio consiste en hacerlos guardias de asalto al servicio de los capitalistas. Es ya antiguo lo de que el matute se acaba haciendo celadores de consumos a los matuteros todos. Y así el asalto llega por otro camino.

Por los tiempos mismos en que nuestro Costa repetía su tópico de “escuela y despensa”, otro español típico, nuestro Ganivet, solía repetir otro tópico, y es que las revoluciones se evitan aumentando, universalizando la burocracia. Es el tópico central de la conquista del Reino de Maya por el último conquistador Pío Cid. Los señores serán despojados por sus criados. Pero figuraos que entra a conquistar el Reino —o República, es igual—, en vez de Pío Cid, que es una especie de Don Quijote, con una cabeza confusa, con un entendimiento brumoso, sobre un corazón y un sentimiento todos luz y nobleza, que entra una especie de Julián Sorel —el del Rojo y negro, de Stendhal—, es decir, una cabeza bien organizada, un entendimiento claro y cortante y frío, sobre un corazón torturado y resentido, y decidme lo que puede ocurrir. Aunque el resultado sería igual, pues no depende de la psicología de los conquistadores.

¡Lo que estamos pensando en estos días de disolución íntima de nuestro régimen histórico —disolución económica, disolución religiosa, disolución política, acaso disolución estética—, en nuestro Don Quijote, y en nuestro Íñigo de Loyola, y en nuestro Segismundo, y en nuestro Don Juan! Y andamos buscando en nuestra historia o en nuestra leyenda pasadas las figuras que correspondan al Yago shakespeariano o al Julián Sorel stendhaliano.

Nuestra España está entrando en el periodo disolutivo en que tan entrada está ya Europa, que va a un nuevo régimen económico-religioso. Hubo el Renacimiento, hubo la Reforma, hubo la Revolución. Ahora llega el Resentimiento y con él la escuela y la despensa únicas, el Reino de Maya.

domingo, 23 de julio de 2017

Respeto al pensamiento privado

El Norte de Castilla (Valladolid), 31 de mayo de 1932

Suele hablarse de la vida privada y de que hay que respetarla, que harto es que los hombres públicos estén expuestos a todos los ataques que puedan dirigirse a su vida pública. Pero no sabemos que se haya dicho algo de la inviolabilidad del pensamiento privado. Porque si el hombre público, el político, tiene su vida privada en la que se refugia de los sinsabores de la otra, el escritor público, el publicista, el literato, tiene también su pensamiento privado. Y no es decoroso asaltarlo. Lo que uno crea deber dar al público, a su público, se lo da, pero si algo quiere reservarse, ¿por qué ha de pretender forzarlo cualquier indiscreto?

Nos referimos concretamente a esa, ya verdadera legión, de reporteros, enquesteros ―o enquisedores, en rigor inquisidores― refitoleros y correveidiles que dan queriéndole sonsacar al escritor público, al publicista, su pensamiento privado. Apenas, por ejemplo, se pronuncian en las Cortes uno de esos discursos que en la jerga convenida se llama sensacional, cuando ya se le arriman a uno esos inquisidores, papelito y lápiz en mano, con aquello de: “¿qué le parece a usted?” Y si uno para sacudírselo dice que se reserva su juicio o que no le parece nada, le dan a la respuesta, no sin cierta malignidad, un sentido que no tiene. Lo hacen aparecer como un desdén hacia el objeto de la pregunta y no hacia la pregunta misma. Pero lo peor es cuando esos inquisidores no le preguntan a uno nada sino que se arriman, como confidentes policíacos, a un grupito en el que el escritor habla en privado con dos o tres amigos, para escamotearle un juicio privado. Y si luego uno lo rectifica, la cosa empeora aún más. El que esto escribe tiene que declarar por su parte que de cada docena de juicios u opiniones que se le atribuyen, lo menos ocho suelen ser casi totalmente fabricadas por otro y las otras cuatro trastornadas. Y que no se le cuelgue sino aquello que él, por su parte, y sobre su firma, emita. Y aun entonces no se ve libre de la mala interpretación. Y tiene que declarar también que no responde de casi ninguno de los dichos con que se le está tejiendo una especie de leyenda. Ha llegado a ver como citas suyas, y hasta entrecomilladas, sentencias que le han cogido enteramente de nuevas.

¡Y qué cosas se le preguntan al desgraciado que no puede tener pensamiento privado, o que no puede rehusarse a pensar sobre algo! Al que esto escribe se le preguntó qué impresión le habían producido las erupciones de ceniza de los volcanes andinos. Y contestó que protestaba indignadísimo contra la mala saña de esos volcanes, que era intolerable que una cordillera como la que separa dos pueblos tan nobles y tan inocentes como el chileno y el argentino, se vieran expuestos a la perversidad de esos titanes geológicos, que no creía que serviría querer tapar sus cráteres con grandes masas de cemento, pues los lanzarían como proyectiles… Y acabó recordando lo que Herman Melville, en su intensísima novela Moby Dick o la ballena blanca ―aún está por traducir―, dijo de la divinidad malévola que se complace en atormentar a los mortales, y aquello de Leopardi de que hay que despreciar al poder escondido que para común daño impera y a la infinita vanidad del todo. Algún tiempo después se le preguntó sobre el asesinato del hijo de Lihnberg, y contestó que eso era efecto de causas económico-sociales sujetas al determinismo histórico, y que era ocioso dejarse impresionar y menos indignarse por ello, que era uno de tantos reveses a que está expuesta la vida humana y… así por el estilo. Ni una ni otra respuesta se publicaron.

¿Y por qué no se publicaron ni una ni otra respuesta? ¿Es porque se las tomó por eso que los mentecatos llaman paradojas de Unamuno? No, ni mucho menos. Porque si los inquisidores las hubieran estimado paradojas habríanlas aprovechado muy satisfechos de acrecentar el caudal de las que se me cuelgan. Pero no es así. En cambio, en cuanto se les ocurre una majadería en seguida la califican de paradoja y la ponen a mi nombre. Porque es de observar que para todos aquellos que carecen de entendimiento dialéctico, que son incapaces de penetrar en el fuego íntimo y trágico de las contradicciones del pensamiento vivo ―el pensamiento que no es contradictorio en sí es pensamiento muerto―, para todos aquellos que presos del sentido común no han llegado a adquirir pensamiento propio, para todos aquellos que viven faltos de pensamiento privado, íntimo, intransferible, para todos estos son paradojas las majaderías que se les ocurren. Y ni aun estas suelen ser propias. Porque hay aquello que me decía un amigo: “Mi hijo Enriquito tiene un talento para decir tonterías...” En cambio, estos cuando quieren decir una tontería les resulta una vaciedad, una cosa que no quiere decir nada. Por lo cual a uno que con frecuencia me decía: “verá usted lo que quiero decir”, solía yo atajarle diciéndole: “Mire, amigo, a mí no me importa lo que usted quiere decir, sino lo que usted dice sin querer”. Porque es esto alguna vez se revelaba su pensamiento privado. Y hasta alguna verdadera paradoja, pero inconsciente, es claro.

¿Cuándo se nos respetará el pensamiento privado a los que por sino o por providencia estamos en esta tares de representar el pensamiento público?

sábado, 22 de julio de 2017

¿Qué sobra o qué falta?

El Sol (Madrid), 29 de mayo de 1932

Entre los tópicos —y a la vez trópicos— que de más curso gozaban en aquellos benditos tiempos de la siesta nacional monárquica, había dos que sonaban con frecuencia, y ¡eran el de “menos política y más administración”!, y ¡el de “menos doctores y más industriales”! Claro está que lo que llamaban administración no era sino política, generalmente mediana, y los industriales que pedían convertíanse en doctores en Industrias, pues éstas no se fundan así como así, con tópicos más o menos gacetables.

Nos trae ahora a las mientes este segundo tópico regeneracionista el grave problema —y esto de los problemas también es tópico— que se le presenta a España, como se les ha presentado a los demás pueblos civilizados, del pavoroso aumento del número de jóvenes que se dedican a las que se llaman profesiones liberales —¡liberales!— que ingresan en liceos y Universidades, que corren tras de lo que se llama un destinillo, que se preparan a funcionarios públicos, ya que esta República va a ser, no de trabajadores, sino de funcionarios públicos, de empleados. Es la proletarización de la llamada clase media, que entre nosotros apenas si ha existido hasta hace poco. Y hoy se nos aparece. ¡Y con qué aspectos!

“¡Sobran abogados! ¡Sobran médicos!”, oímos decir. Y se nos ocurre: ¿Y qué no sobra? Porque sería muy cómodo cerrar el paso a esas tristes profesiones liberales a los jóvenes que a ellas se arrojan por no saber qué otro camino emprender; pero lo que no sería tan cómodo es indicarles ese otro camino. Lo que hay que decir no es qué es lo que sobra, sino qué es lo que falta. Y acaso no van descaminados los que piensan a lo malthusiano, que lo que sobran son hombres, o si se quiere bocas. No van acaso descaminados los que en las últimas grandes guerras, y en las que aún han de venir, no ven sino una restricción malthusiana al excesivo aumento de la población humana que el genio de la especie —aquel de que hablaba Shopenhauer— lleva a efecto. Sí, ¿qué es lo que falta? Que nos lo digan los que dicen que sobran médicos o abogados o ingenieros o lo que sea; que nos lo digan.

Ahora, desde que nos dimos cuenta de que la crisis económica de España se debe en gran parte al analfabetismo y estamos rumiando aquel máximo tópico —y máximo trópico— de “escuela y despensa” del león enfermo de Graus, hemos venido a dar en que lo que más nos falta son maestros de escuela, y se empieza a abrir esta carrera a los más posibles para formar así el proletariado pedagógico. Y de este modo se podrá llegar a que una buena parte de la población viva de enseñar a leer, escribir y contar al resto de ella. Y otra parte, ¡claro está!, a divertirla. Porque hay que dar ocupación a todos.

Sabido es que en la decadencia del Imperio Romano, cuando se iba disolviendo una civilización y se acercaba la ruralización medieval, el pedagogo, el encargado de adoctrinar en letras a los hijos de los patricios solía ser un esclavo. Y se ha dicho que una de las causas de aquella disolución fue el que los patricios, los hacendados, los señores, hubiesen sido educados por sus esclavos. Y ese carácter de esclavitud, de esclavitud resentida —y a las veces rencorosa— persistió  por mucho tiempo en el pedagogo. Al pedagogo pagano sustituyó con el tiempo el pedagogo cristiano, el dómine, generalmente eclesiástico, el clérigo. Y el clérigo recibió toda la herencia espiritual del antiguo pedagogo a que sustituía. Y cuando de nuevo el pedagogo, el eterno pedagogo, se hace laico, ¿es que no sigue siendo, en el fondo, el antiguo pedagogo y el clérigo? ¡Ay de aquel inmortal Dómine Cabra, “clérigo cerbatana” del inmortal Quevedo! ¡Ay del martirio de San Casiano! ¡Ay del claustro de que salió la escuela! ¡Ay del proletario de las primeras letras!

¿Proletario? El pedagogo clérigo, en rigor, no era proletario, no tenía prole, porque el genio de la especie, la cordura subconciente del género humano le dictó el celibato obligatorio. Los que se fijan en que tan grande parte de los niños españoles que reciben enseñanza primaria lo hagan en colegios de frailes no recapacitan acaso en que ello se debe a que esos pedagogos han tenido que aceptar el celibato obligatorio, que es la marca de su esclavitud, de esa esclavitud inherente a su función docente. Y no hay persona observadora y reflexiva que no se haya percatado de que las llamadas órdenes religiosas se nutren de una recluta malthusiana, que van a engrosarlas aquellos que no hallarían una profesión con que poder criar una familia, una prole. O sea, ¡trágica paradoja!, que son los proletarios que no pueden tener prole y se tienen que dedicar a desasnar a lo prole ajena. Y si lográramos suprimir todos esos pedagogos monacales, todos esos esclavos del celibato malthusiano, y sustituirlos con pedagogos laicos, y ¡es claro!, padres de familia, proletarios de prole propia, ¿es que se resolvería el problema vital que palpita en el fondo de todo ello? El día en que lográramos que todos, absolutamente todos los niños españoles recibieran la primera instrucción obligatoria en escuelas regidas por maestros y maestras laicos, civiles, funcionarios racionales, sin celibato obligatorio, por supuesto, o sea proletarios propiamente dichos, ¿en ese día no surgiría otro problema? Es fácil que entonces se dijera: ¡sobran maestros! Porque habría que alimentarlos.

Me acuerdo la protesta que suscitó en cierta reunión de educadores cuando una vez sostuve que cuando una maestra pública se casa debe abandonar la enseñanza, pues no es posible que rija bien una escuela una mujer que tiene que concebir, gestar, parir y criar hijos propios, que una proletaria de prole propia no puede dedicarse a la prole ajena. En seguida se me echó en cara que abogaba por la docencia monacal. Y uno se me acercó luego y me dijo al oído: “¿Y qué le parecería a usted el celibato civil obligatorio?”

Empieza a hacerse España un pueblo de tinterillos, de funcionarios públicos, en vez de un pueblo de campesinos que venía siendo. El campesino huye del campo y, lo que es peor, lo aborrece. Y se empieza a oír el trágico tópico de “¡vuelta al campo!” ¡Qué fácil decirlo! Para que la gente vuelva al campo hay que hacer campo. ¿Es que sobra campo?, ¿es que falta campo?, ¿es que sobra gente?, ¿es que falta gente? ¿Es que España puede mantener a todos sus hijos?

“Y tú, ¿qué resuelves?” —se me dirá—. Yo no resuelvo nada; mi misión no es la de resolver. Mi misión es la de hacer que las gentes miren al fondo de los llamados problemas. No sé si sobra gente o falta tierra; pero si sé que falta valor para encarar la verdad.