miércoles, 26 de abril de 2017

Caciquismo, fulanismo y otros “ismos”

El Sol (Madrid), 18 de julio de 1931

En mayo de 1901 contribuí con un escrito a la información que, dirigida por Joaquín Costa, abrió la Sección de Ciencias Históricas del Ateneo de Madrid sobre Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España; urgencia y modo de cambiarla. De los sesenta y cuatro contribuyentes a ella ―entre los que figuraban D. Antonio Maura, Pi y Margall, Ramón y Cajal, Azcárate y otros así― sólo dos, mi amiga la Pardo Bazán y yo, tratamos de representar al caciquismo como la forma más natural de gobierno popular en España, “la única forma de gobierno posible, dado nuestro íntimo estado social”, dije entonces. “El cacique ―añadí― es la ley viva, personificada; es algo que se ve y se toca y a quien se siente; la ley, cosa abstracta y escrita.” “No es el mal el cacique en sí; el mal es como el cacique sea.” Y escribí también ―¡hace treinta años!― “lo que ocurre es que el instrumento con que los hombres hacen hombres son las ideas, y que sin hombres no hacen ideas las ideas”.

Dos años después, en abril de 1903, publiqué mi Sobre el fulanismo, que figura en el tomo IV de mis Ensayos. Y en él remaché mi tesis personalista. Las personas y no las cosas ―contra Marx― son las que hacen la Historia. Un hombre, un hombre entero y verdadero, es una idea mucho más rica que lo que llamamos una idea. Y ésta tiene peores contradicciones íntimas que las que pueda tener un hombre. Los más grandes y más fecundos movimientos históricos, empezando por el cristianismo, llevan apelativo personal. Hegelianismo quiere decir algo; idealismo absoluto, muy poco o nada. Marxismo es algo; socialismo, casi nada. No he entendido el transformismo hasta que no estudié el darvinismo. ¿Revoluciones de ideales? Rousseau engendró en la Revolución francesa a Napoleón I, y Dostoyeusqui ―más que Marx― engendró en la revolución rusa a Lenin. Y en cuanto al jacobinismo y al bolchevismo se me escapan por su falta de personalidad. Donde no asgo una persona no retengo un ideal.

Por esto me parece que estuvo acertado Sánchez Guerra en Córdoba al presentar como bandera su nombre, como programa sus actos y como promesa la de cumplir con su deber, y esto aunque se rechacen su bandera, su programa y su promesa. Y por esto me parece que en la actual campaña electoral no se hace sino confundirle al pueblo con eso de la derecha liberal republicana, del partido republicano liberal demócrata, el radical, el republicano radical socialista, el de acción republicana, el de al servicio de la República, el federal, el socialista… y todos los otros, más o menos extravagantes. ¿Qué entiende de eso el pueblo?

El hecho es que en estos años de dictadura se han traducido no pocas ideas políticas, pero no se ha traducido, que yo sepa, un solo hombre; se han formado acaso opiniones; pero cuántas personas se han formado? Y así nos presentamos a un pueblo profundamente personalista o fulanista, que no entiende de abstracciones ideológicas, sino de concreciones psicológicas. Los más de nuestro lugares se hallan divididos en dos partidos: el de los antiequisistas, que siguen a Zeda, y el de los antizedistas, que siguen a Equis, y todos son antis, y todos son fulanistas. Y en el fondo todos son adictos. ¿Ahora republicanos? Topé con un tío cazurro que me dijo que era republicano antirrepublicanista, y admiré su castizo ingenio barroco.

Y a este pueblo así, en busca de nuevos caciques ―el anticaciquismo es siempre caciquista― se le presenta una lechigada de candidatos desconocidos que van a ver si hacen su personalidad en las Constituyentes caniculares. ¡Lo que tendrán que sudarla! Después de las próximas elecciones tendremos que erigir un monumento en forma de urna al elector desconocido.

Y menos mal los que, como D. José Sánchez Guerra, pueden presentarse como banderas o símbolos de lo que sea; lo peor es los que tienen que esbozar un programa. ¡Un programa! Nunca lo he podido hacer ni para la asignatura que explico, y eso que es reglamentario; me he limitado a copiar el índice de cualquier libro de texto. ¡Programa! ¡Asignatura! Son después de “pluscuamperfecto”, las palabras más feas que hay en castellano. Y bien decía Carlos Marx que el que traza programas para el porvenir es un reaccionario. Y como no se pueden trazar para el pasado… Ya que en este caso serían metagramas; y páseseme el voquible.

¿Cuántos partidos van a surgir de las Constituyentes? El Diablo lo sabe. Y sólo Dios, los hombres, las personas, que van a surgir o resurgir, que van a nacer o renacer ―resucitar― en ellas. Y entre tanto ya hay quienes están pensando en la persona a la que van a enterrar o a enjaular en la Presidencia de la República española. Yo, para entre mí, y por seguir moda, tengo dos candidatos: uno, si se tratase de entierro, y otro, si se tratase de enjaule; pero, ¡claro está!, me los reservo y callo, pues no quiero pasar por malicioso.

¿Y cuántos partidos van a hundirse en las próximas Cortes? Alguno hay que teme llegar a constituir mayoría en ellas: le teme a la responsabilidad del Poder no compartido con otro partido; le teme acaso a su propio programa. Que es lo que sucede cuando éste, el programa, es un índice de actuaciones en vez de ser una metodología.

Y ahora, lector desconocido ―tan heroico y respetable, pues me aguantas, como el elector desconocido, como mi elector desconocido―, voy a formarme candidato en una campaña electorera más bien que electoral. De la que espero salir ganándome; ganándome a mí mismo, que no es igual que ganar un acta de diputado constituyente. Y si me pierdo, no si pierdo la elección, sino si me pierdo, ya sé lo que me espera. Dios me libre.

martes, 25 de abril de 2017

República española y España republicana

El Sol (Madrid), 16 de julio de 1931

¡Qué hambre de soledad, Dios mío, qué hambre de soledad se le mete a uno hasta el tuétano del alma social ―y no hay otra― en este torbellino de sociedad disociativa! Soledad, santa soledad en que vivir de recuerdos y de esperanzas sociales. Hambre de estar a solas con todo el Universo humano, que no es diferencial. Pero… apeémonos, y “llaneza, hermano, llaneza”. Al llano, pues. ¿Se va a estar siempre haciendo de profeta, o qué?

¡Ahora hay que consolidar la República! ―oigo―. Y me digo: “Ahora hay que consolidar, esto es, hay que consolidar a España”. Porque en tanto oír hablar de la República española apenas se oye hablar de España, sin adjetivos. Y piense el lector si es lo mismo República española que España republicana.

A consolidarla, pues, a consolidarla, no sea que se nos liquide. Y en liquidación de quiebra, que sería lo peor.

¿Juego de palabras? ¿Gramatiquerías? Jugar con palabras suele ser jugar con fuego. Por palabra de más o de menos se matan los hermanos, o, lo que es peor, se niegan la hermandad. Y no es tan ocioso saber distinguir entre lo adjetivo y lo sustantivo. En el llamado antiguo régimen se llegó a decir que la patria y la Monarquía eran consustanciales; pero en este llamado nuevo se empieza a pensar ―pensar es decirse algo― que son consustanciales la patria y la República. Y todo esto de la consustancialidad no es más que mitología, teológica o ateológica ―total… ¡pata!―. ¡La de hogueras que encendió eso de la consustancialidad! Y sigue.

No, ni la Monarquía ni la República son sustancias, sino formas, y ni siquiera formas sustanciales, como los escolásticos le llamaban al alma, de la que decían que era la forma sustancial del cuerpo. ¿Es acaso una Monarquía, es una República la forma sustancial del cuerpo de la patria, del territorio nacional, del santo campo patrio en que reposan los restos de los que nos hicieron? Si es caso, lo sería el imperio. Porque el imperio, sí: el imperio puede llegar a ser forma sustancial de una patria. Lo que no quiere decir que llegue a ello siempre. Hay imperialismos insustanciales. Y teatrales. O, mejor, histriónicos. Sin que se olvide que el Imperio romano, el de los Césares, siguió llamándose República. Y que hoy hay Repúblicas, ya que no imperiales, imperialistas.

“¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!” ―dijo Cambó―. “¿Monarquía? ¿República? ¡España!” ―digamos―. Y a consolidarla, o sea a con-soldarla. Que lo que hoy busca España, de la que apenas hablan sus hijos, es su religión civil española, su ciudadanía universal o divina, sobre-humana.

“¿Es España una nación?” ―me preguntaba un lego en Historia―. Y le dije: “España es internacional, que es modo universal de ser más que nación, sobre-nación.” Un conglomerado de republiquetas no es nada universal si no se eleva a imperio. Y no achiquemos nación a un sentido lugareño, de lugar más o menos rico en vecindario, pues ni vecino es, sin más, ciudadano.

No, no se puede sacrificar España a la República. Ni vayamos a caer en supersticiosas prácticas litúrgicas y mitológicas. Hace poco oíamos hablar de la bandera monárquica, llamándole así a la roja y gualda, la que empezó siendo de la Casa de Aragón y Cataluña, y lo fue de la República de 1873. La de la Casa de Borbón es la actual de la República Argentina. Y esta otra tricolor, roja, gualda y morada, ni sé quien la inventó ni cuándo, ni me importa mucho saberlo. Es asunto de familia…

¡Y lo que apasionan estas liturgias, zapatos nuevos para niños! Es como la heterografía. Pues hay una España con ñ, otra Espanya con ny, y hasta he leído en un escrito gallego una Hespaña, por no atreverse a escribirlo del todo a la portuguesa: Hespanha. ¡Y triste mirar estas niñería! ¡Pobre España nuestra, la de todos los españoles universales, sobrenacionales, la de nuestro verbo imperial, la que lanzó al cielo ultramarino aquel “¡tierra!” al columbrar la América que nos esperaba!

¡Qué hambre de soledad, Dios mío, qué hambre de soledad en que ensoñarme en mi Ciudad de Dios española, la de nuestro abolengo universal, la que está acaso gestando nuestro nietos universales, de cuando se nos haya caído esta sarna de resentimientos lugareños que nos corroe, este bocio de aldeanerías inciviles! Y cuenta, no se olvide, que hay aldeas y lugares millonarios.

lunes, 24 de abril de 2017

El Estatuto o los desterrados de sus propios lares

El Sol (Madrid), 7 de julio de 1931

“¡Enhorabuena!”, y un saludo de paso. Esto los que no piden albricias. Y uno se queda diciéndose para sí: “¿En hora buena?, no, sino ¡en mala hora!”, y rumiando aquellas amargas palabras de Job (VII, 20): “Por qué me pusiste por blanco tuyo y soy para mí mismo insoportable?” Porque hay no ya horas, sino días y años y aun siglos malos; hay horas de resaca. Son las que siguen a todo empuje de revolución confundente.

Sí, ya sabemos que hay quienes condenan toda sinceridad, quienes predican un eso que llaman optimismo oficial, quienes llaman derrotismo a la limpieza de visión. Pero suelen ser los que no tienen el sentimiento de la responsabilidad, esto es: los resentidos. Lo que no quiere decir, ¡claro está!, que el resentimiento no sea una fuerza y muy grande. Basta mirar a Rusia, a la Rusia actual, y mirarla a través del evangelio de Dostoyevsqui, el gran profeta de los resentidos, el Bautista de Lenin. Pero…

He visto no sé dónde que Nietzsche decía que la enfermedad apetece lo que la mantiene como tal enfermedad. Y esto parece que lo saben muy bien los alcohólicos, los morfinómanos y… casi todos los enfermos. Entre ellos, los resentidos. Sean hombres o pueblos. Porque hay pueblos resentidos, y los pueblos resentidos apetecen su propia disolución, aunque la llamen renovación. Pues si corre tanto aquella sentencia ―creo que traída de Italia― de “o renovarse o morir”, la nuestra, la castiza, la española, es la que solía recordar nuestro buen amigo Schopenhauer, aquella de “genio y figura hasta la sepultura”. O sea que el renovarse y el morir es uno y lo mismo. Y hay, repito, un instinto disolutivo. O resentimental.

Yo, que había tratado a algunos irlandeses “sinn feiners” (“nosotros mismos”), esos sedicentes celtas, quejumbrosos, del arpa y la verdura, cuando alcanzaron su independencia de Inglaterra, me dije: “Y ahora, que no les queda ya resentirse de Inglaterra, ¿qué van a hacer?” Ya sé lo que seguirá haciendo, o mejor, diciendo, un Bernard Shaw, pongo por caso; pero Bernard Shaw no es un irlandés ortodoxo, ciento por ciento. No es ni siquiera O'Shaw. Es un hereje absoluto e integral; hasta de su propia herejía. Y supongo lo que seguirán haciendo y diciendo los unionistas ―es decir, los verdaderos federales― del Ulster, los que no han consentido en perder la independencia espiritual del individuo, la mayor plenitud de aquellos llamados derechos individuales. Posición que comprendo y consiento muy bien yo, que, como español vasco, vi nacer y desarrollarse entre los fenianos de mi nativa tierra vasca, la que me ha hecho, aquella barbarie rústica del antimaquetismo, aquella barbarie de dividir a los convecinos y colaboradores en indígenas y advenedizos, en nativos y forasteros. Y eso que en mi nativo País Vasco, justo es decirlo, a ningún hombre sensato se le ocurría la estúpida ocurrencia de decir que nos mandaban desde el centro, lo que no era cierto. Mis paisanos, como todos los demás españoles se mandaban a sí mismos unos a otros. Y si había caciquismo, era indígena. Ni creo que a los mandones más o menos indígenas de mi tierra que andan destructurando un Estatuto se les ocurra el desatino histórico de exclamar: “¡Ya no nos mandan!” Esta sería una simpleza propia sólo de uno educado en el mando militar. El Estatuto, por lo demás y por lo que de él conozco, es algo en gran parte deliciosamente infantil y no habrá gran daño para mis paisanos liberales en que fuera aprobado por España, pues las más absurdas de sus prescripciones no podrán nunca llevarse a la práctica. Se resistirán a ellas los mismos a quienes se las quiere aplicar. Y si se intentara forzarles a seguirlas acabarían por sentirse advenedizos todos los nativos. Pues hay nacionalismos chicos con los que sólo se consigue hacer que uno se sienta desterrado en su propia tierra, forasteros en sus propios hogar y cuna, ahogado en aldeanería sin patria civil.

Allí, en la villa que fue mi cuna y mi primer hogar, en mi Bilbao nativa, siendo yo niño, cuando íbamos de paseo los del Colegio a Begoña o a Abando, anteiglesias hoy anexionadas a la villa, leíamos en el frente de sus sendas casas consistoriales: “Casa de la República”. Y no quería decir Casa de la República Española, sino que se llamaban a sí mismas la República de Begoña y la República de Abando. Y acaso el haberse federado la República de Abando con la villa de Bilbao fue lo que hizo germinar, por un proceso resentimental aldeano, en el alma simplicísima de Sabino Arana, lo que se llamó primero el bizcaitarrismo. Con b y con k, por supuesto, porque la v y la c son maquetánicas. Y si no, basta recorrer la epigrafía ibérica. ¡Sabrosos recuerdos infantiles! Sí; ¡pero ensueños infantiles! Muy dulces para brizados por zorcico, jota, muiñeira, sardana o seguidilla; pero… Un mandón no puede ser un vate más o menos melenudo y jocoso-floral. La política no es orfeón. Y menos orfeón de chiquillos de una o de otra edad. Dulce cosa la niñez, y más dulce la segunda niñez, la última; lo presiento, ¡ay!, con una amarga dulzura; pero… ¡Qué casas aquellas de las repúblicas aldeanas de Begoña y de Abando! Donde se alzaba esta, en la plaza de Albia, se alza hoy la estatua de Antón el de los Cantares, poeta infantil y aldeano, el primero que me hizo llorar. ¿Cuál será el último?

domingo, 23 de abril de 2017

Egologías y consistiduras

El Sol (Madrid), 26 de junio de 1931

En burla, aunque injusta, de la escolástica medieval ha podido decirse que sus diferentes escuelas hacían consistir las cosas, ya en la consistidura, ya en el consistir, ya en el consistimiento, ya en la consistencia, ya en otras denominaciones, que no definiciones, análogas. En resolución, logomaquias. Y ni cabe llamarlas ideologías, sino fonologías; pues no se trata de ideas, sino de voces. Y hoy nos encontramos en una escolástica política y revolucionaria. Las supuestas definiciones no son más que denominaciones, en que a las veces el toque está en el orden de factores, que parece alterar el producto. Así hemos oído la diferencia que va del socialnacionalismo al nacionalsocialismo, dos consistiduras diferentes y un solo camelo verdadero. Y alguien nos ha preguntado seriamente si radical socialista es lo mismo que socialista radical, a lo que, ¡es claro!, no supimos qué responderle. Otras veces el punto estriba en obtener un anagrama de iniciales, y así hemos pensado en lanzar el partido revolucionario individualista popular, o sea R. I. P. ¡Y amén! Fonología más o menos…

¿Pero es que el orden de los factores no altera el producto? Ahí está el viejo lema tradicionalista de “Dios, Patria y Rey”, que los directoriales de la Unión Patriótica cambiaron en “Patria, Religión y Monarquía”. Y lo cambiaron por inspiración fajista, para poner la Patria por encima de todo, en concepción y sentimiento paganos. Y como no se atrevieron a ponerla antes que Dios, a hacer del Estado Dios, a la pagana, cambiaron los personales y concretos Dios y Rey por los impersonales y abstractos Religión y Monarquía. Aunque, en rigor, en vez de Religión debieron haber dicho Iglesia. Y dejarle siempre a Dios fuera.

¿Qué es hoy la lucha en Italia entre el fajismo y el vaticanismo, que parecieron conchabarse un momento? ¿Qué es el duelo entre Mussolini y Pío XI? Es el mismo viejo duelo medieval entre el Pontificado y el Imperio, entre la Iglesia y el Estado, entre la religión y la patria. Dejándole siempre fuera a Dios, que no necesita ni de Pontificado, ni de Iglesia, ni de religión, y mucho menos de Imperio, de Estado o de Patria.

¡Dios! ¡Dios sobre todo! Sí; pero para el místico, para el perfecto individualista, para el que resiste a todo partido civil. Dios es el universal concreto, el de mayor extensión y, a la vez, de mayor comprensión; el Alma del Universo, o dicho en crudo, el yo, el individuo personal, eternizado e infinitizado. Toda teología es una egología. Y por eso aquel nuestro R. P. fray Juan de los Ángeles, franciscano, aquel que dijo que Dios “en cuanto hizo dejó olor de su divinidad y grandeza”, y que “viviendo en carne mortal nunca se ven y gozan los rayos de su divina luz si no es por entre los dedos de las manos de Dios”, exclamó en un arrebato de divino egoísmo: “¡Yo para Dios, y Dios para mí, y no más mundo!” Mas, ¿qué era Dios para el ególogo fray Juan de los Ángeles? Era: “que se debe considerar todo el mundo como un cuerpo, cuyos miembros son todas las criaturas, y cuya ánima es Dios”. Y así nuestro castizo místico franciscano español, al no pedir más mundo que Dios es que pedía el alma del mundo, con sus criaturas todas. Su alma, no su idea; personalidad, no idealidad. ¿Mas es esta posición civil?

¿Civil? San Agustín habló no de Estado, ni de Imperio, ni de Patria, pero ni propiamente de Iglesia, de Pontificado o de religión, sino de la Ciudad de Dios. San Agustín era un jurista romano y su teología fue jurisprudencia. Y en concepción agustiniana cabe invocar a Dios por encima de la patria y de la religión, del Estado y de la Iglesia, del Imperio y del Pontificado, que son cosas del cuerpo del mundo, pero no de su alma, no de su alma inmortal. Y el terrible ―¡terrible, sí!― místico ególogo ―ególogo y egolátrico―, al pedir esa alma del mundo, pide una ciudad, pide una comunidad, pide una comunión. ¿O no es acaso que al enseñarnos el Credo, en la escuela, antes de “la resurrección de la carne y la vida perdurable”, se nos enseñó a creer en “la comunión de los santos”? ¿Y qué es la comunión o la comunidad de los santos en la vida perdurable sino la Ciudad celeste de Dios, la eterna sociedad futura? ¿Qué es, sino la patria eterna e infinita, el reino de Cristo, que no es de este mundo?

¿Logomaquias? ¿Egologías? ¿Consistiduras? Dicho llanamente: que al poner a Dios, a mi Dios, sobre todo y por encima de la patria y de la religión, del Estado y de la Iglesia, del Imperio y del Pontificado, declaro que hay algo que no puedo ni debo sacrificar ni a la patria, ni a la religión, ni al Estado, ni a la Iglesia. ¿Qué es esto?

¿He de continuar? Porque cualquiera se hace oír sobre esto en medio del actual barullo de escolástica de partidos políticos con sus definiciones… fonológicas. O sea verbales. Y verbosas.

Y a este lector que me pide que no abuse de la Historia Sagrada, he de decirle que toda historia es sagrado, que la Historia es el pensamiento de Dios, y que su fin es forjar, no patria, ni Estados, ni Imperios, sino almas individuales, personas, hombres. Como el lector ése y como

Miguel de Unamuno.

sábado, 22 de abril de 2017

La antorcha del ideal

El Sol (Madrid), 23 de junio de 1931

“¡Hay que mantener en alto la antorcha del ideal!” Al pelo, amigo mío, linda frase, muy linda frase. Pero… sí; pero la mano que tiene la antorcha, que la mantiene, es de carne y hueso y no de bronce, y se cansa y se abate. ¿Estatua? ¡Ay, amigo; terrible cosa tener que hacer de estatua! Hay en el Palais Royal de París una en mármol, de Rodin, representando a Víctor Hugo con un brazo extendido, y éste… apuntalado por el mismo Rodin. Y a los modelos de tales actitudes, para pintura o escultura, se les suele sostener el brazo con un cordel que cuelga del techo. Y el experto ve en la imagen, aunque invisible, el cordel del modelo. Y hay experto, que como aquel de que nos habla Browning, al ver una estatua de Laoconte sin serpientes, mientras los demás que la miran creen que está desperezándose y bostezando, adivina él que es que está luchando con un enemigo invisible. ¡Con unas serpientes invisibles! ¡Y lo que duele, amigo, el cordel que cuelga del cielo! Usted, que es ante todo y después de todo un esteta, no lo comprende. O mejor, no lo con-sabe ni lo con-siente.

Cuenta el Libro del Éxodo en su capítulo XVII, que cuando peleaba Israel contra Amalec, si Moisés alzaba su mano, Israel prevalecía; pero cuando la bajaba, prevalecía Amalec, y que como las manos de Moisés estaban pesadas, le hicieron sentarse en una piedra y Aarón y Hur le sostenían las manos, el uno de una parte y el otro de la otra, y que así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Las palmas de los pies de Moisés, descansando, no apoyándose en tierra, y las plantas de sus manos apoyadas en otras manos. Palmas de pies de peregrino, plantas de manos de legislador. Y muerto luego Moisés en la cumbre de Pisga, del monte de Nebo, en la tierra de Moab, frente a la tierra de promisión, en la que no le fue dado por el Señor entrar, pasó Josué a ella el Jordán, con el arca de la alianza.

¿Conoces, amigo, aquel denso poema de Alfredo de Vigny titulado Moisés? Oiga algo de él: “Y tomando lugar de pie, delante de Dios, Moisés, en la nube oscura, le hablaba cara a cara. Y decía al Señor: ¿No he de acabar? ¿Adónde quieres que lleve todavía mis pasos? ¿He de vivir, pues,  siempre, poderoso y solitario? ¡Déjame dormirme con el sueño de la tierra! ¿Qué te he hecho para ser tu elegido? He conducido a tu pueblo a donde has querido, y he aquí que su pie toca a la tierra prometida. De ti a él que se tome otro la mediación y que ponga el freno al corcel de Israel; yo le lego mi libro y la vara de bronce.” Y todo lo demás que le dice y que conviene, amigo, que lo lea en el original de Vigny en poético francés, denso y fluido. Y aquí debo advertirle que el agua corriente, líquida y fluida, es más densa que el hielo sólido, pues éste flota en aquella. Y que yo aquí me veo constreñido a traducir a Vigny en prosa sólida y no en verso líquido.

He vuelto a leer el Moisés del gran poeta al recibir, amigo, con su amonestación su linda frase de la antorcha del ideal. Y he repasado mi pasado.

Soy, ¿debo decírselo?, uno de los que más han contribuido a traer al pueblo español la República, tan mentada y comentada. Pero ahora, en el umbral de la puerta entornada de la España de promisión, sienten las palmas de mis pies de peregrino ganas de césped de hierba fresca en que descansar sin apretarla, y sienten las plantas de mis manos de escritor ganas de sostén de familiares y de discípulos. Y veo la cumbre del monte Nebo, el Pisga, que se me aparecen en sueños algo así como el picacho del Almanzor, en Gredos, esa vértebra cervical del espinazo ―rosario, dice el pueblo― de las dos Castillas, la leonesa y la manchega, la del Cid y la de Don Quijote. Que vengan pues los Josués.

Que vengan los Josués que le hagan pararse al Sol, o que, a lo menos, nuevos Esproncedas le conminen a que se pare para oírles su ardiente saludo. “Para y óyeme, ¡oh Sol!, yo te saludo”… Esto no es de Vigny. Y que el Sol, que es la mejor antorcha del ideal, les oiga, y que ellos hagan a su vez de estatuas saludadoras. ¿No entramos ya en un nuevo mundo y en una era nueva? Y que esos Josués pasen con sus arcas el Jordán, que es un Rubicón, y tras el cual les aguarda la inevitable guerra civil inacabable, lo que otros llaman revolución, la revolución permanente del profeta israelita Trotzki, el avance sin muga. Yo, amigo, vengo del siglo XIX liberal y aburguesado; los sueños de mi niñez se brizaron al fragor de aquellas modestas guerras civiles de 1874, cuando el cursi himno de Riego espoleaba corazones. Pase, amigo, pase el Jordán-Rubicón y entre en la nueva España, en la España federal y revolucionaria. Yo me quedaré en Gredos, pues empiezan a caérseme las manos y los pies. Cada vez sueño más con hierba fresca y verde, para descansar sobre ella o debajo de ella, al sol del cielo o a la sombra de la tierra.

Y ahora vuelvo a releer el Moisés de Vigny, y vuelvo a oírle cómo le dice al Señor terrible, de quien ver la cara es morirse:

                                “Vous m'avez fait viellir puissant et solitaire,
                                laissez-moi m'endormir du sommeil de la terre.”

viernes, 21 de abril de 2017

Sobre el divorcio

El Sol (Madrid), 13 de junio de 1931

Cuando me disponía a comentar bien lo que me escribió el amigo Mourlane respecto al Dios de mi tierra, y con ello mi lema de Dios, Patria y Ley ―Dios sobre todo―, bien las pintorescas incidencias de la proclamación del Estatuto gallego, con su característico regodeo de quejumbre y el inevitable mito de la esclavitud celta, he aquí que se me atraviesa un tema intercurrente, debido a una de esas que llaman encuestas y propiamente deberían llamarse enquestas, o mejor, enquisas. Gusto muy poco de ellas. No me place ser enquestado o enquisado, y menos ser entrevistado o entreparlado. No sé por qué a los que, por mal de nuestros pecados o por nuestra buena suerte, hemos llegado a cierta notoriedad pública, se nos ha de requerir para que opinemos, y a tenazón, de lo que se presente de moda. Y en este caso se me ha querido inquirir lo que del divorcio me parezca, y si creo que deba o no establecerse en España.

Es esa cuestión del divorcio una de las cuestiones interesantísimas que no han logrado nunca interesarme. No me interesa familiarmente, pues no se ha presentado el problema ni en mi propia familia ni en aquellas que me son, por más conocidas, más queridas. No me interesa literaria ni estéticamente, como tesis de comedias, o de cuentos, o novelas, porque ni me siento Alejandro Dumas, hijo, ni Linares Rivas, hijo también, ni me creo con dotes para hacer literatura de divorcio a base de divorcios literarios. Tampoco me interesa jurídicamente, porque, no siendo yo ni siquiera licenciado en Derecho, carezco de clientela de bufete de abogado, en que se me podría presentar el caso. Pero puesto que, por lo visto, éste se quiere poner de moda y podría uno venir a dar en legislador, no he de rehuir el exponer unas ligerísimas consideraciones sobre el divorcio.

Todo este pequeño toletole de la necesidad de implantar el divorcio en España me parece que obedece más que a ansias de los malmaridados, a una especie de sentimiento anticanónico o, si se quiere, anticlerical, respecto al matrimonio. Es éste, en efecto, para la Iglesia católica, canónicamente, un sacramento indisoluble, aunque parece ser que en estos últimos tiempos esa indisolubilidad ha aflojado mucho, y son bastantes los matrimonios canónicos que se disuelven por sugestiones más o menos napoleónicas o económicas. El Estado, por su parte, tiende a civilizar el matrimonio, a hacerlo un contrato meramente civil, sin reconocer efectos civiles al sacramento meramente canónico y no registrado civilmente. De un lado, pues, la canonización sacramental del contrato civil, y de otro, la civilización contractual del sacramento canónico.

Para la Iglesia, el matrimonio puramente civil entre fieles no pasa de ser un concubinato, y para el Estado un mero sacramento no tiene, sin más, efectos civiles. Lo mismo que un reo puede ser absuelto en el sacramento de la penitencia, y hasta ser canonizado, sin que por eso se libre de la pena, y acaso de una ejecución capital. Y esto de la civilización o canonización es tal, que hoy, en España, un ordenado “in sacris”, un sacerdote católico, no puede casarse civilmente, y aun cuando el celibato eclesiástico no es propiamente derecho canónico. Ni se puede civilizar a las barraganas.

Aparte de los efectos civiles, el cuidado de los hijos cuando los haya, el mantenimiento, la herencia, etc., hay el aspecto que podríamos llamar social, o mejor, ético, y es cómo han de ser recibidos en sociedad y qué estimación pública se ha de otorgar a los divorciados y vueltos a casar. Mas esto no depende de legislación, y hoy la sociedad, hasta la más gazmoña, no usa de melindres a este respecto. Es más: se ha hecho en ciertos países de tan buen tono el divorcio, que hay ya quienes se casan para divorciarse. El divorcio da un cierto picante a una nueva aventura matrimonial. Esto es muy cinemático.

Claro está que éstas son cosas de lo que llamamos burguesía y de la aristocracia. El que se llama por antonomasia pueblo no se preocupa apenas del divorcio. Es problema que al verdadero proletario, al que tiene que cuidar de su prole, no se le suele presentar. Y es que en el proletario, en el obrero, la igualdad de los sexos es mayor. Téngase en cuenta las familias obreras en que la mujer es más sostén de ellas que el marido. Hay obreros parados que comen a cuenta de la mujer y que, en vez de obreros en paro, son maridos en parada. Marido u hombre. “¡Es mi hombre!” ―bella expresión―. A la que responde: “¡Es mi mujer!” “Mi mujer”, y no mi esposa o mi señora, denominaciones pedantescas. Y pedantesca también “mi compañera”, de los que quieren dar a entender que ni canonizaron ni civilizaron su matrimonio. ¡Pero en punto a denominaciones estilísticas!… Con decir que aún hace poco he leído a un escritor que muy en serio le llamaba a su padre “el autor de mis días...”

jueves, 20 de abril de 2017

Lo religioso, lo irreligioso y lo antirreligioso

El Sol (Madrid), 4 de junio de 1931

Seguimos percutiendo y auscultando el espíritu público español, que no es lo mismo que la opinión, pues la llamada opinión pública no siempre tiene limpia conciencia de su propio espíritu. El examen de conciencia colectiva, y más que colectiva, común, es más difícil aún que el examen de conciencia individual, y todos los confesores y curadores de almas saben cuán difícil es éste.

Seguimos percutiendo y auscultando a este espíritu público español, atacado hoy de hiperestesia, de histeria y hasta de epilepsia, Los más de los españoles con algo de conciencia común, de conciencia civil o política, ni saben lo que quieren y ni siquiera saben lo que no quieren. Muchas de las explosiones públicas no son más que ataques epilépticos. Y en ellos, el público, o se muerde la lengua o irrumpe en gritos inarticulados, que no son otra cosa los más de los vivas y de los mueras. Nos basta volver la vista a las jornadas de las quemas de conventos.

Es indudable, a las quemas de conventos se unieron profesionales del motín, deportistas de la violencia; pero es no menos indudable que esa obra tuvo si un carácter económico, un carácter también religioso, o sea antirreligioso. No irreligioso. Porque toda protesta, pacífica o belicosa, contra una forma de religión, se hace movido por otra forma de religión. La irreligión, la verdadera irreligión, no protesta nunca, ni pacífica ni belicosamente. Se limita a ignorar la religión ―y con ella a ignorar la irreligiosidad― y a encogerse de hombros ante ella. El ateo religioso, el que profesa la religión ―que lo es― del ateísmo, cree en el anti-Dios. Cree tanto como el creyente en Dios. Todo acto antirreligioso, que es acto religioso, es acto de fe. Tan de fe es creer que hay Dios como lo es creer que no lo hay. ¿Saberlo… decía? Sí, ya sé que dicen que saber no es creer, que saber es cosa de razón. Pero después de todo si fe es, según nos reza el catecismo del P. Astete, creer lo que no vimos, razón ―razón religiosa― es creer lo que vemos. ¡Y qué terrible es la religiosidad racionalista!

“La religión es el opio del pueblo”, dicen que decía aquel terrible profeta, hoy canonizado y erigido en momia de idolatría, que fue Lenin. No sé si dijo “opio del pueblo” o si dijo “opio para el pueblo”; pero es igual. Opio para el pueblo, elaborado por el pueblo mismo. Y lo es toda religión, incluso ¡claro está!, la religión de Lenin, el materialismo histórico de Carlos Marx ―otro profeta canonizado―, elevado a religión bolchevista, con sus dogmas, su disciplina, su jerarquía y su liturgia. Y es que el pueblo apetece opio, porque lo necesita. Uno u otro opio, el ruso ortodoxo, el católico, el nacionalista o el bolchevista. Necesita opio para calmar sus dolores y hasta su hambre; necesita opio para consolarse de haber nacido a esta vida pasajera. Y ese opio es creer en otra vida, o después de la muerte corporal o antes de ésta. ¿Qué es el comunismo sino fe en otra vida? O en otra sociedad, que es lo mismo. Opio es toda utopía, aunque se envuelva en cientifismo.

Es pues religión el bolchevismo ruso, y lo es el fajismo italiano, y lo es el socialnacionalismo tudesco, y lo es el americanismo, y lo es el sindicalismo anarquista, y empieza a serlo el neorrepublicanismo español, que aun no sabe bien ni lo que quiere ni lo que no quiere. Y quema conventos para ver si a la luz de sus llamas ve salir el sol ―hay quien enciende una candela para verlo nacer―, y no ve más que humo. Y todo es opio; opio para calmar los dolorosos retortijones deñ hambre espiritual, del hambre de personalidad ―individual o colectiva―, del hambre de historicidad, del hambre de inmortalidad histórica. A los más de los quemadores de conventos les mueve el ansia de representar un papel en la tragedia de la Historia, de salir a escena, aunque sea como coristas, y, el que puede, de partiquino. “Estamos viviendo unos momentos históricos”, me decía un pobre mozalbete, atosigado de la peor literatura llamada proletaria. Literatura novelística, claro es.

¡Hambre de historicidad! ¡Hambre de celebridad! ¡Qué sentimiento tan divino! En unas oposiciones a escuelas de niños que se celebraban en Salamanca, un opositor, un maestrillo, explicaba en un ejercicio a unos niños el pasaje aquel del Catecismo en que el P. Astete nos dice que Dios hizo el mundo para hacerse célebre. Y el juez del Tribunal de oposiciones que me lo contaba me decía riendo: “Ya ve usted, no sabía explicarse eso de que uno haga algo para su propia gloria  como no sea para hacerse célebre, para ganar renombre.” Y yo le contesté: “Pues se lo explica muy bien el pobre maestrillo que oposita para ganarse un sueldecillo. ¿No reza usted todos los días santificado sea el tu nombre? Pues santificar el nombre de Dios ―el nombre, fíjese usted― es darle renombre, es celebrarlo, es hacerle célebre a Dios, a Dios, cuya gloria celebran los cielos.” Y le hice comprender al pedagogo que la ingenua religiosidad del pobre ―¡y tan pobre!― maestrillo no iba descaminada, que el maestrillo tenía conciencia histórica.

¿Y la gloria de la República española? O sea, ¿y la religiosidad civil española? Porque si ha de haber una verdadera unidad española, si España ha de ser una nación con una conciencia común, ha de ser sobre el cimiento de un sentimiento común de una misión del pueblo español. Y ahora nos falta averiguar, percutiendo y auscultando, si ese sentimiento se fragua bajo los ataques histéricos.