domingo, 28 de mayo de 2017

El pecado liberalismo

El Sol (Madrid), 10 de diciembre de 1931

Con qué arrobo, redondeando la boca, hay quienes pregonan: “¡Está por hacer todavía la revolución…; a ello!” Pero es que toda revolución ―he de repetirlo― lleva su propia reacción en el seno. Y esto es lo que la hace permanente, lo que Trotski llama la revolución permanente. Porque la otra, la que no lleva entrañada su propia reacción, la que no se está revisando arreo, la de una vez fijada, constituida, ésta es muerta y propiamente no es revolución. Y sería gran necedad general cerrar el sufragio a los que a su constitución, a su estabilización se opusieran. Resucitando, en cierto modo, para ello los que se llamaron en España antaño, en la Restauración, partidos ilegales. O anti-constitucionales.

Lo que importa es que la revolución lleva consigo la guerra civil. O, mejor aún, que es la guerra civil misma, y la revolución permanente, la única fecunda, la guerra civil permanente. La guerra civil que es un don del cielo, como dijo aquel Romero Alpuente, que fue alma de la sociedad secreta de los “Comuneros”. Y ¿a qué asustarse de ese don del cielo? Cabe decir que desde la muerte de Fernando VII, y aun antes de ella, ha estado el cielo regalando a España con ese don. Que, latente y sorda, o aparente y estridente, en guerra civil hemos vivido. Primero, apostólicos y constitucionales; luego, servilones y liberalitos, carlistas y cristinos, y, al fin, católicos y liberales.

¡Católicos y liberales! Qué lejanos nos parecen ya aquellos tiempos de 1884, hace ya más de 47, en que en el mes del Santísimo Rosario empezaba, en Sabadell, sus luego famosísimas conferencias familiares sobre el liberalismo el presbítero D. Félix Sardá y Salvany, director de la Revista Popular. Aquellas conferencias que, reunidas bajo el título de El liberalismo es pecado, corrieron toda España encendiendo disputas. ¡La tinta que ha corrido desde entonces! Y alguna sangre también.

El liberalismo es pecado. ¡Qué hallazgo de título y de empresa! Tuvo tanto éxito, si es que no más, que el “Reinaré en España y con más devoción que en otras partes”. El áureo libro ―era la designación consagrada― así titulado, recorrió toda España entre bendiciones de obispos y recomendaciones de curas de almas y de directores espirituales. Y como a un canónigo de la diócesis de Vich se le ocurriese refutarlo en un opúsculo que tituló El proceso del integrismo, y denunciarlo a la Sagrada Congregación del Índice, este instituto mandó que se amonestase al canónigo, y declaró que merecía alabanza la obrita del señor Sardá y Salvany. ¡Y lo que esto dio que decir y que contradecir entonces y lo pasado que está ya!

¿Quién no se sonríe hoy al leer aquello de que “de consiguiente (salvo los casos de buena fe, de ignorancia y de indeliberación), ser liberal es más pecado que ser blasfemos, ladrón, adúltero u homicida, o cualquier otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga su justicia infinita”? Pero toda aquella campaña de verdadera guerra civil es la que ha traído a la ajesuitada Iglesia oficial española a su estado actual. Aquella campaña, y la que poco antes del golpe de Estado de 1923, con el nombre de Gran Campaña Social, inició el episcopado ―y en un documento en que se llamaba “cruzada” a la guerra de Marruecos― y apoyó en un principio el Rey para tener que cortarla luego. Y aun pedir que no se volviese a hablar de ella.

Pero aquella guerra civil sigue y tiene que seguir si ha de mantenerse la revolución espiritual religiosa, sin la cual no puede vivir la fe de un pueblo. Que vive de una continua revisión de ella. Que si una Constitución política no es intangible, no es irrevisable, tampoco un Credo eclesiástico lo es. Y con la separación de la Iglesia y del Estado ella, la Iglesia, se volverá a sí misma a examinar sus discordias intestinas, lo de integristas, mestizos, católicos liberales, los de la tesis y los de la hipótesis y todo lo demás, y a darse cuenta de que su presente estado, la persecución que hoy experimenta ―porque ello es evidente― se debe a que no midió bien sus fuerzas y llevó muy mal su campaña. Hoy ha de comprender que tiene que apoyarse en aquel pecado del liberalismo para mejor poder cumplir sus fines, y que el enemigo, el verdadero enemigo de su fe y de su misión, está en otra parte. Pero ¿guerra civil? Guerra civil siempre.

Y esta guerra civil se debe al pecado del liberalismo, del que se puede decir aquello de “felix culpa!”, ¡dichoso pecado! Que sin pecado no hay redención, ni sin guerra hay paz. Que el Cristo que vino a traer la paz, vino ―y él lo dijo― a traer la guerra y dividir las familias, padres contra hijos e hijos contra padres, hermanos contra hermanos. Y esa guerra es el empuje de subida a su reino que no es de este mundo.

La revolución, la permanente, es guerra civil permanente. Y aunque se diga y se repita hoy mucho que el pueblo español es indiferente en religión, o más bien, que es irreligioso, somos algunos los que creemos que con la revolución que llaman política se está cumpliendo, en los hondones del alma popular, una revolución religiosa. Que hay una fe que forcejea por alumbrarse. Forcejeo que es una herencia y una adherencia históricas, que es el meollo de la historia.

sábado, 27 de mayo de 2017

Releyendo a Larra

El Norte de Castilla (Valladolid), 5 de diciembre de 1931

Como a alguien se le haya ocurrido ahijarnos a Larra a los que han dado en llamarnos la generación del 98 ―¡del mítico 98!―, me he puesto a releerle, ya que le tenía casi olvidado. Nunca le cultivé mucho al “Pobrecito Hablador”, al suicida de los veintiocho años. Y el suicidio fue, con el surtidor poético de Zorrilla, al borde de la tumba de aquel, lo que más le hizo. Fue el suicidio el que proyectó su trágica amargura sobre la moderada sátira del pobrecito hablador. “Metafísicas indagaciones” llamaba “Fígaro” a las someras divagaciones del “mundo todo es carnaval”, y otras veces les llamaba “filosofía”, cuando nunca pasaron de literatura en un sentido más estrechamente profesional.

“Ser leídos: este es nuestro objeto; decir la verdad: este es nuestro medio.” Sentencia ésta de Mariano José de Larra, que procede derechamente de un literato, de uno que se pregunta, como él se preguntaba: “¿no se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?” ¡Siempre el oficio de escritor! Pero el que, aunque viva en parte de escribir, obedece al hacerlo a otra necesidad íntima, o digámoslo con su nombre, a otra vocación, se dirá, al revés de Larra: “decir la verdad: este es nuestro objeto; ser leídos: este muestro medio.” No dirá la verdad para que se le lea, sino que buscará que se le lea para decir la verdad, y si diciéndola se le lee menos que callándola o disimulándola, dejará que se le lea menos y aun que no se le lea. Predicará en desierto, seguro de que las piedras de él oyen, o escribirá para un solo lector. O para sí mismo.

“Yo mismo habré de confesar ―escribe otra vez― que escribo para el público, so pena de tener que confesar que escribo para mí.” Y ¿porqué no? Y si no para sí, para un lector, para un solo lector, para el consabido lector. O para cada uno de los lectores, que no es lo mismo que escribir para el público. No, no es lo mismo. El público que lee artículos o ensayos como los de Larra, o como estos míos, se compone ¡es claro! De lectores aislados unos de otros. Su lectura no es una lectura pública. El autor puede ―y debe― coger a cada uno de ellos a solas y decirle a solas lo que no cabría decirles en agrupación. Cuando nuestro objeto, nuestro fin y no nuestro medio es decir la verdad, debemos decírsela a cada uno a solas.

Y aun lo que dicen que no debe decirse por evitar que los que suponen ser nuestros adversarios se prevalgan de ello y aprovechen para fines de polémica nuestras confesiones, deformándolas y tergiversándolas acaso. ¿Y qué?

“No hay que dar pábulo… etcétera.” ¡No hay qué!, ¡hay qué!, y luego lo de pesimismo y derrotismo. Pase para el que tiene por fin ser leído y por medio decir la verdad, que cuando diciéndola no consigue su fin o lo amengua, se la calla o la disfraza, pase para el literato, aunque acabe en suicida, pero hay algo sobre la literatura aunque de ella se valga.

Además, a Larra no le mató la tragedia de España, el dolor de España, como no le mató esa tragedia, ese dolor, a mi amigo Ganivet. Más sufrió de ella Costa, aunque sufriera de otros dolores privativos.

“Que el poeta en su misión / sobre la tierra que habita / es una planta maldita, / con frutos de bendición”, dijo, junto a la reciente tumba de Larra, José Zorrilla, que sí que era un poeta, el poeta de Don Juan Tenorio, el que sintió su misión como poeta, no como literato, y no se le ocurrió suicidarse sino que vivió largos años. Vivió encantando a su España con el hechizo de sus cantos, embalsamándola con leyendas. E hizo así el trovador errante más honda política que el pobrecito hablador.

Pongamos las cosas en su lugar, y sobre todo los llamados del 98 no reconozcamos que nuestra sublevación intelectual tuviera que ver con las “metafísicas indagaciones” de El mundo todo es carnaval. Asmodeo no es Segismundo. Hay clases. No, ni Asmodeo, el Diablo Cojuelo de que se prevalía Larra para su “el mundo todo es carnaval” es Segismundo el de La vida es sueño, ni las críticas literarias de Larra tuvieron gran influencia en la mentalidad de lo que llaman el 98. Las cosas en su punto.

viernes, 26 de mayo de 2017

“¡Qué sé yo!”

El Sol (Madrid), 4 de diciembre de 1931

En La Biblia en España ―obra ya clásica―, de Jorge Borrow, tan acabadamente traducida del inglés por Manuel Azaña, se lee un delicioso relato de una conversación que en Córdoba tuvo el autor, don Jorgito, con un viejo sacerdote que había sido inquisidor, relato en que ha debido meditar más de una vez el presidente del actual Gobierno de la República española, o sea del Gobierno de la actual República española. En la conversación aquella se cambiaron estos términos: “―Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los delitos que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos descarríos carnales.―¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese delito?―¡Qué sé yo!―dijo el viejo encogiéndose de hombros―. La Iglesia tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o irreal, don Jorge; y como era necesario castigar para demostrar que tenía el poder de hacerlos, ¿qué importaba si el castigo se imponía por brujería o por otro delito?”

Ahora bien ―otro diría que ahora mal―, lo mismo que la Iglesia en tiempos del Santo Oficio de la Inquisición tenía el poder de castigar por brujería, tiene hoy la República española, en virtud de la ley llamada de Defensa de ella, el poder de castigar por ciertos delitos u ofensas al régimen vigente, entre ellos el de hacer la apología del régimen monárquico, lo que constituye, sin duda, un aojamiento al que le ha sustituido. Pues ¿quién duda de que la reciente República, tan tiernecita aún, no podría resistir sin serio quebranto una apología de aquel otro régimen? Por lo cual es debido castigar ese y otros delitos análogos. Así se da una sensación de firmeza y de que con la República no se juega, pues no es cosa de chiquillos.

Y sobre todo, ¿es que se ha olvidado nadie lo que se hacía en tiempo de la odiosa Dictadura primorrivereña, y cómo se le deportaba a cualquiera por la menor brujería? ¿Es que no se le mandaba a uno a Fuerteventura, por ejemplo, sin decirle siquiera por qué? Verdad es que él se tenía la culpa por no preguntarlo y dar las explicaciones convenientes. Sí; hay que defender el régimen naciente y hay que continuar la revolución, digámoslo así. Que con esto no se juega, y camelos no, ¿eh?

Estamos en guerra civil, aunque este concepto haya podido escandalizar a algunos, ya cuando yo lo proclamé a propósito del llamado problema catalán ―que acaso ni es catalán, ni es problema―, ya cuando ciertos revisionistas lo proclamaron, ya cuando un ministro socialista amenazó con ella en el caso de que no se diera satisfacción al anhelo revolucionario. Pero bien claro dimos a entender todos lo que por guerra civil entendemos. Aunque por mi parte no sé más lo que que quiere decir complot que no sé lo que quería decir brujería.

No, no; no se puede permitir que cada cual se exprese como mejor le venga en gana y usando acaso de insidiosos ambages. Para algo se ha votado esa ley de defensa. Ley que debe ser de defensa previa, o sea de ofensa. Vale más prevenir que curar. Y además, si no damos la impresión de que el régimen está rodeado de peligro, ¿cómo van a acudir a sostenerlo los buenos revolucionarios?

Hay que cuidar de todo, hasta de menudos detalles de expresión y aun de estilo; hay que sustituir una liturgia por otra, una etiqueta por otra, unas fórmulas por otras. Y así, por ejemplo, no había por qué sonreírse al leer en cierto documento oficial burocrático publicado en la Gaceta, que se le eximía a un ciudadano del pago de “derechos de la República”, llamándoles así a los que antes, en el régimen monárquico, se les llamaba “derechos reales”. Porque si siguiéramos confundiendo las cosas, llegaríamos a llamar realidad a la realeza, y ¿adónde se iría a parar? Es menester irse con tiento en esto de la selección de vocablos, frases, giros, motes y muletillas porque los frigios aun son muy ladinos y ponen brujería y aojamiento no más que en un tonillo o un retintín.

Hay que recoger toda clase de armas, de fuego o de palabra, aunque sean espingardas de tiempos de la Nanita, o piezas de museo doméstico. En las delicadas circunstancias en que se halla el régimen naciente son peligrosas hasta las hachas de piedra ―piedras de rayo― de los trogloditas o cavernícolas de la época del bisonte de Altamira. De aquel bisonte al que se tragó el león de España, y que por cierto se lo tiene todavía en el estómago, sin que haya logrado digerirlo. Acaso por los cuernos.

Y si ahora me preguntara si creo o no en la brujería contestaría con el inquisidor de Córdoba: ¡Qué sé yo! Sólo sé que deportarle a uno a Fuerteventura suele servir para todo lo contrario de lo que el deportador se propone.

jueves, 25 de mayo de 2017

En la Universidad de Salamanca, una interesante conferencia de D. Miguel de Unamuno

El Sol (Madrid), 1 de diciembre de 1931

DICE QUE, MÁS QUE EN UNA REPÚBLICA DE TRABAJADORES, VIVIMOS EN UNA REPÚBLICA DE FUNCIONARIOS, Y ACONSEJA LA UNIÓN DE TODOS LOS ESTUDIANTES

SALAMANCA, 30 (9 m.).― Ayer tarde dio en la Universidad su anunciada conferencia D. Miguel de Unamuno, primera de las organizadas por la Asociación de Estudiantes de Derecho. El paraninfo se hallaba totalmente lleno de público. En los escaños tomaron asiento catedráticos de las distintas Facultades, asistiendo también la directora general de Prisiones, señorita Victoria Kent, y el subsecretario de Fomento Sr. Gordón Ordás. Ocuparon la presidencia los estudiantes de Derecho D. José Duel y D. Máximo Sánchez Gómez. El Sr. Duel dirigió la palabra al numeroso público, diciendo que no necesitaba hacer la presentación del Sr. Unamuno, y únicamente se limitaba a darle las gracias por haber aceptado el inaugurar este ciclo de conferencias.

COMIENZA LA CONFERENCIA

Sentiría mucho ―dijo el señor Unamuno― que por circunstancias fortuitas ―casi todas las circunstancias son fortuitas― llegara a defraudar; no vengo en el estado de espíritu propicio para dirigiros la palabra. Únicamente lo hago por un sentimiento de deber y una obligación contraída, porque yo no sé negarme a los requerimientos de la juventud. En esta temporada he venido hablando más de lo debido, y puede que me llegue a ocurrir lo del dicho vulgar de “disparar primero y apuntar después”. Aun llegan a mí los ecos que provocaron las últimas palabras que desde este mismo sitio pronuncié al inaugurar el curso 1931-1932.

Llegaron ha poco a mí estos jóvenes a decirme que habían constituido la Asociación profesional de Estudiantes de Derecho; por entonces se celebraba en Madrid el Congreso de la F. U. E. Yo creía que en Salamanca subsistía aun esta Asociación; pero veo que se ha deshecho, pues no tuvo representantes en el citado Congreso, y es que con ésta sucedió lo que sucede con todas las Asociaciones de estudiantes: que son follaje de la primavera, que al llegar al otoño cae, y menos mal si al caer sirve de mantillo al árbol para que pueda dar fruto en la próxima primavera.

Corren en nuestra patria todas el mismo riesgo: que duran muy poco: se reducen a dos o tres muchachos de acción, de entusiasmos, que mueven a los demás; pero que cuando aquellos desaparecen porque terminaron sus estudios, desaparecen ellas.

Una de las mayores dificultades para la vida de las Asociaciones es que no son dirigidas por elementos de fuera. Ahora, que más lamentables son las Asociaciones de padres de familia, que no tratan precisamente de que sus hijos estudien, sino de que aprueben.

LA CUESTIÓN DE LOS PROGRAMAS Y EL PREPARATORIO

Es la época clásica de la protesta. Y hay algunas que no están desprovistas de razón. Ahora mismo se está pidiendo la supresión del preparatorio, que no sé si prepara o no prepara para algo. La cuestión de los programas es cosa verdaderamente horrible, y si yo no he ingresado en ningún partido político es porque siempre estuve a matar con los programas.

Cuando yo era estudiante, en el preparatorio de la carrera de Derecho se exigía la Literatura latina, que yo no sé por qué había de ser precisamente latina. Luego, la Lógica fundamental, que yo creo que lo más fundamental es lo elemental, y una serie de introducciones, como si las introducciones a una cosa no fueran la cosa misma. Si la introducción a la Historia no es historia, no es nada. Sin embargo, ahí está la cuestión de las lenguas. Es una vergüenza que en un país se llegue a obtener un título sin saber traducir ni francés. Eso debéis vosotros los estudiantes pedirlo; no que os lo exijan, sino que os lo enseñen.

La mayor parte de la desventaja universitaria está en la falta de la graduación en las enseñanzas primaria y secundaria, pues se sale de los Institutos sin saber siquiera escribir una carta, y es más, la mayoría de los jóvenes españoles no ha aprendido a escribir ni en castellano, y por tanto, no es raro encontrar por ahí doctores de “escopeta y perro”, analfabetos por desuso. (Aplausos.)

LA POLÍTICA Y LA UNIVERSIDAD

Aquí es muy raro encontrar una persona que escriba con soltura y con precisión, porque todo aquel que lo hace así se dice que escribe oscuramente, y por el contrario, al que habla por hablar y escribe en una sucesión de palabras que no dicen nada, a ése se le llama claro en su estilo, que yo, apropiándome de un término médico, lo motejaré con el calificativo de cirrótico. Muchas veces se dice que se sabe, pero que no se puede expresar, y yo os digo que el que no puede expresar una cosa es que no la sabe.

Y volviendo a lo dicho: todas las Asociaciones de este género que he visto nacer llegaron a morir, y muchas de ellas sin dejar rastro. La última, la F. U. E., que duró un poco más porque fue un movimiento civil, no académico, de orden político. Muchos dijeron que a la Universidad no se viene a hacer política; se viene a estudiar. ¡Como si el estudiar no fuera hacer política, o como si el hacer política no fuera el mayor de los estudios conocidos! De la Universidad siempre existirá una labor de educación ciudadana. Yo desde fuera, a raíz de arrancarme de mi casa y de mi cátedra, estuve alimentando aquel movimiento de la estudiantina española.

Hace referencia el ilustre rector a ciertas anécdotas de otros profesores de las naciones vecinas comparándolos con los nuestros, y saca de ello graciosas consecuencias. Dice que es peligrosísimo para la fe el calificar a las Asociaciones de estudiantes con ciertas palabras de carácter confesional, que quiere decir que los restantes no son lo que ellos pregonan.

Hace muchos años ―dice― que circulaba un librito que causó una repercusión enorme. Se titulaba El liberalismo es pecado, y en él se sostenía que su gravedad era mayor que la del adulterio, la blasfemia y el robo. Y con ocasión de un banquete dado en ésta al conde de Romanones, un individuo que le acompañaba, al dirigir la palabra a los asistentes al acto, dijo que él era liberal, pero no de ese liberalismo corriente, sino del otro, del que es pecado. (Risas y aplausos.)

Yo conocí aquí a un señor que estaba algo chalado, y un día le dijo a la criada, que no había ido a misa, que eso constituía un pecado mucho mayor que el robo de 5.000 duros, y la criada sacó la consecuencia, no de la gravedad de no ir a misa, sino de la insignificancia de robas esos miles de duros.

LA MISIÓN DE TODOS

Hace alusión a la cuestión de la libertad de enseñanza, y dice que esta libertad no podrá ser precisamente libertad de no enseñar.

Yo os ruego que os unáis todos: los que tenéis fe, los que no la tienen, los que la buscan y no la encuentran, los que la perdieron y no les duele el haberla perdido. Os pido que os unáis en hermandad para la pelea, pues no hay abrazo más grato que aquel que al terminar un combate se dan los combatientes por encima de los que en la lucha han caído. (Ovación cerrada.)

No envenenar vuestras luchas; son cosas de primavera. Yo a los años juveniles casi prefiero la madurez otoñal. Me placen más a la vera del río las hojas caídas que el verde agrio de una primavera. Y después, ¿qué quedará? Algunos recuerdos para que pueda haber alguna esperanza, que las esperanzas no existen si no tienen base en un pasado. Hace alusión a sus tiempos de niño en una escuela cuyo maestro no enseñaba nada, pero que era un mundo en pequeño. Allí estaban el cacique, el industrial, el financiero y él, que en aquellos tiempos se sentía ultrajabalí.

Se dice que estamos en una República de trabajadores, y por los últimos acontecimientos más bien creo que es una República de funcionarios, en que todos quieren vivir a costa del Estado. Después de detenerse brevemente a analizar, con admirable ironía, el problema de los maestros de escuela, D. Miguel de Unamuno termina diciendo: Feliz aquel que conserva siempre en el fondo de su espíritu la niñez, que no olvida el niño que llevamos dentro, que es el que nos justifica y nos salva. Creamos siempre en nuestra fe de niño para poder combatir el veneno y ver en aquel que se nos acerca un padre y no el caudillo que nos lleva a la matanza.

Una enorme ovación acoge las últimas palabras del rector de la Universidad.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Larra, Molinos y los agrarios

El Sol (Madrid), 29 de noviembre de 1931

Ahora en que por ciertos políticos se pretende aunar la llamada acción agraria con la llamada católica ―lo económico con lo religioso― conviene volver a leer lo que hace ya cerca de un siglo, en mayo de 1835, escribía Mariano José de Larra (Fígaro) en su artículo El hombre globo. En que trató de hombres sólidos, líquidos y gaseosos. Llamaba hombre sólido a “ese hombre compacto, recogido, obtuso que se mantiene en la capa inferior de la atmósfera humana”, y tras motejarle de “hombre-raíz” y “hombre-patata”, hacía de él una descripción que parece remedo de la que La Bruyère hizo del campesino francés, apegado al terruño. “En religión, en política, en todo ―escribía Larra― no ve más que un laberinto, cuyo hilo jamás encontrará…; es la costra del mundo…, es la base de la humanidad, del edificio social”, y luego que “de esta especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto, en una palabra, el que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de él.” “No raciocina, no obra, sino sirve…; es la muchedumbre inmensa que llaman pueblo.” No prevía Fígaro que este pueblo de los campos llegase a leer y a saber lo que de él se dice, y menos que se soliviantase. “Alguna vez ―decía― se levanta y es terrible, como se levanta la tierra en un terremoto.” Y a evitar un terremoto de estos acuden los sedicentes agrarios ―”agarrarlos” les llaman en Méjico― acuden a calmar al pagano, al hombre del pago, con bizma católica.

Veía Larra junto al hombre-sólido el hombre líquido, la clase media que “serpentea de continuo encima del hombre-sólido, y le moja, le gasta, le corroe, le arrastra, le vuelve, le ahoga.” Y si el hombre-sólido provoca terremotos, el líquido avenidas. “En momentos de revolución… se amontona, sale de su cauce, y como el torrente que arrastra árboles y piedras, lo trastorna todo, aumentando su propia fuerza con las masas de hombre-sólido que lleva consigo.” Y luego Fígaro se desahogaba contra la clase media ―la suya―, que va “siempre murmurando” y que “si se alza momentáneamente, vuelve a caer.” Y acaba, con un mesianismo muy a la española, pidiendo el hombre providencial, el caudillo; “si hay un hombre-globo, que salga, y le daremos las gracias”, y “si no le hay, lastimoso es decirlo, pero aparejemos el paracaídas.” ¿Presentía a Mendizábal, terror de los “agrarios” de entonces? Pero Mendizábal, el hombre-globo de la desamortización, se les desinfló, y el mismo Larra hubo de apoyar el opúsculo que contra aquel escribió José de Espronceda, el poeta, y en que, refiriéndose a la venta de los bienes nacionales, decía que el Gobierno “pensó… que con dividir las posesiones en pequeñas partes evitaría el monopolio de los ricos, proporcionando esta ventaja a los pobres, sin ocurrírsele que los ricos podrían comprar tantas partes que compusiesen una posesión cuantiosa.” Prosa muy cabal ésta del poeta romántico.

“En religión, en política”, el hombre sólido de Larra, el labriego, “no ve más que un laberinto, cuyo hilo jamás encontrará.” Así hace un siglo. ¿Y hoy? En religión, el hombre del pago, el pagano, sigue viviendo debajo de la historia, debajo del tiempo humano, sin más relojes que el sol y la estrellada, haciendo del almanaque el juicio del año, teniendo en vez de recuerdos memorias, y en vez de esperanzas aguardes. Los hombres líquidos ―más como la tinta que como el agua― se preguntan si los hombres de la tierra creen. ¿Creen? ¿No creen? ¿Y qué es creer? ¿Abrigan dudas? (¡Y que frase esta de “abrigar dudas”!) ¿Creen en otra vida? La otra vida para ellos es esta misma. Y los hay que se dicen aquello de: “Cada vez que considero / que me tengo que morir / tiendo la capa en el suelo / y no me harto de dormir.” De dormir sin soñar.

¿Terremoto? ¿Revolución campesina? Pronto volverá la tierra a su asiento. Nada más conservador que su espíritu. Pero no, ¡claro está!, con el conservadurismo de los sedicentes agrarios, de los terratenientes, de los señores. ¿Y cuál es la religión honda, arraigada, de ese hombre sólido, de ese hombre tierra, y cuál es el hilo del laberinto religioso de que no sabe salir? Es que ni piensa en salir de él. ¿Laberinto? Sima en que duerme sin soñar apenas. Sin darse cuenta de ello profesa el quietismo , mejor sería llamarlo “nadismo”, de aquel recio aragonés que fue Miguel de Molinos, y que en el último tercio del siglo XVII conquistó con él a la burguesía de Roma. “La muchedumbre inmensa que llaman pueblo”, la de nuestros campos, vive “la vida negada” que decía Molinos, la que “ni conoce si es vida o muerte, si perdida o ganada, si consiente o resiste, porque a nada puede hacer reflexión” que “ésta es la vida resignada y la verdadera.” Y así es como “llega al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, que es la nada”, y se sepulta “en esta miseria”. “Yo te aseguro ―aseguraba el aragonés― que siendo tú de esta manera la nada, sea el Señor el todo en tu alma.” ¡Soberano consuelo para “los que viven por sus manos” ―así cantó el coplero― sobre la tierra!

¿Asistiremos a un terremoto de los “nadistas”? De todos modos, la religión de los sedicentes agrarios no es la más adecuada para hacer que el hombre sólido se resigne. Y si se eleva el hombre globo...

martes, 23 de mayo de 2017

De la religión y la política

El Sol (Madrid), 22 de noviembre de 1931

“No hay que andarse con contemplaciones ―me escribe el consabido lector de mis monodiálogos, después de haber leído mi contemplación del diplodoco―; hay que obrar. Y para obrar, salirse del templo de las con-templaciones.” Y luego: “¡Hay que vivir!” Y yo, al leerlo, me he dicho que lo que hay que hacer es digerir lo vivido, asimilárselo, es pensar la vida, posar la vida en la tras-vida, es pervivir. Hay que vivir, sin duda; pero no creamos que con vivezas políticas se labra una vivienda para siempre, que el vivo político no siempre suele ser un verdadero viviente.

Y me añade el consabido lector: “Menos religión y más política.” Que es como si dijese: “menos cósmica y más política; menos Universo y más ciudad; menos templo y más oficina.” Y me habla en el sentido más callejero y trivial ―esto es, de plazuela o trivio― del misticismo. ¿Misticismo? La contemplación del Diplodoco, lejos de incapacitar para la acción, capacita aún más para ella. Pues nunca se obra con más eficacia política que cuando se va a forjar la leyenda, cuando se busca el poder para la gloria. Ejemplo: el cardenal Jiménez de Cisneros, que buscó la España de Dios para el Dios de España y del Universo todo.

Sí, ya sabemos que hay que vivir y para vivir hay que enterrar a los muertos ―que no nos estorben nuestra vida con su podredumbre―; pero sabemos que este político y utilísimo oficio lo es de muertos que se creen vivos. Pues escrito está: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos.” Y que éstos pasen a la historia que pasa y no a la leyenda que queda. Sí, ya sabemos que hay que vivir en la ciudad; pero cada cual tiene su vocación y destino, y si la de otros es dictar decretos, organizar elecciones o tramar Constituciones, la de este comentador que monodialoga con su lector consabido es la de hurgar en la religiosidad latente española, que no piedad, hasta que se desperece y así se desemperece y despierte la que no esté despierta ya, y ésta se dé mejor cuenta de sí misma y se reforme. Que estampen en el papel constitucional que no hay religión de Estado en España; pero el comentador sabe que hay religión nacional, y lo sabe porque siente el eco que entre sus compatriotas ―no sin sorpresa suya en un principio― han encontrado sus pesquisas ―y hasta inquisiciones― del sentimiento trágico de la vida, de la agonía del cristianismo, del misterio del Cristo de Velázquez.

Y como esta piedad, esta religiosidad, este sentimiento universal y eterno lo ha posado y reposado nuestro pueblo, un pueblo de Dios, en su lenguaje, he aquí por qué el comentador se entrega a escudriñar ese lenguaje y a desentrañarlo. Porque la política es espuma y la religión es poso, y en el poso está el reposo, y en la espuma la racha y el alboroto del día o del siglo que pasan. La espumadera de los siglos, tituló Roberto Robert ―hoy ya olvidado― a un libro de gacetillas históricas, y el título es ya de por sí, lo que suele suceder a menudo, un hallazgo. Espumen, pues, otros, despabilando para mejor hacerlo, las luces de la crítica ―aunque ya con las bombillas eléctricas las despabiladeras “han pasado a la historia”―; espumen otras la actualidad secular ―y seglar― que pasa, que el comentador se va a reposar el poso de la eternidad y de potencialidad que nos queda; se va a buscar el sello de nuestra fe en nuestro lenguaje.

En nuestro lenguaje, sí. Filología, o mejor onomatología ―logología sería otra cosa― es teología. “Santificado sea tu nombre.” ¿Y hay mejor manera de santificar un nombre que estudiarlo, que contemplarlo hasta que se haga nuestro? Véase por qué buscamos en los nombres el esqueleto espiritual, la leyenda de las cosas nombradas. ¿La cosa en sí, que dijo Kant? No, sino el nombre en sí. “¡Dime tu nombre!”, le mendigaba Jacob al ángel, al divino mensajero, con quien estuvo luchando desde la puesta del sol hasta el rayar del alba.

Queremos en estos Comentarios, que aspiran ―¡habráse visto atrevimiento!― a hacerse permanentes en cierto modo en el ánimo de sus lectores, mentar y comentar aquellos hechos ―no menos sucesos― que estén haciendo nuestra España de Dios, que estén haciendo de Dios a nuestra España. Lo demás son gacetillas, aunque en forma de leyes vayan a parar a la Gaceta, saliendo de una Cámara que, como es inevitable y acaso útil en el sistema parlamentario, se compone de camarillas. Camarillas políticas, inevitables y acaso útiles, que no son, por supuesto, peores que los conventículos pseudo-religiosos, que no son peores que esas congregaciones que tratan de usufructuar la piedad popular y laica. Pero esta piedad, que tiene que vivir en el siglo que pasa, que tiene que ser seglar, esto es, política, se nutre de lo que no pasa, se nutre de la contemplación de lo que se queda.

Y he aquí por qué, consabido lector de nuestro monodiálogo, la contemplación de todo diplodoco, pirámide o leyenda revolucionaria, nos hace volver a la vida de la irrevocable actualidad, a la política, al deber civil, con nuevas fuerzas; nos hace volver a la espuma, corroborados con sales del poso; nos hace volver a la milicia, que es la vida del hombre sobre la tierra, con renovación de reposo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Contemplando el diplodoco

El Sol (Madrid), 20 de noviembre de 1931

He ido a refugiarme al Museo de Historia Natural, a refugiarme de la actualidad política en la contemplación de esa que llamamos historia natural ―¿artificial la otra?― y que siempre me he resistido, a pesar del transformismo, a considerarla como tal historia. Prefiero la biografía y la geografía a la biología y la geología, y doy en pensar si no ha de suceder a esa huera sociología una sociografía, aunque no habrá de ser sino la historia humana.

Y allí, en ese Museo… Y, a propósito, me han contado que una vez que entró allí un picador cordobés exclamó ante el toro de Veragua: “¡Esto sí que es Museo, y no aquel del Prado!” Pues bien: allí me puse a contemplar el esqueleto del Diplodoco, anterior al hombre, aun al que pintó en las cuevas de Altamira aquel bisonte al que se tragó el león de España. En el antiguo museo, hace años, reinaba como antediluviano el megaterio, hoy desmontado. ¡Pero este diplodoco, este colosal reptil fósil, carbonizado! Sus enormes patazas y su costillaje parecer no servir más que para sostener el espinazo, rosario, de sus vértebras, cuentas, que rematan en el “gloria-patri” de su calavera de microcéfalo. Diríase un enorme rosario tendido, abatido, arrastrado: da el aire de una monstruosa debilidad, de una colosalidad inerme y como si rezase… ¿qué? Y pensando en los aeroplanos gigantes, en los tanques, en los submarinos, en todos los artilugios de la moderna maquinaria, me decía: “¿Novedades? Lo más nuevo sería que uno de estos gigantescos monstruos paleontológicos resucitase y se viniera sobre nosotros, acaso aquel pterodáctilo que volaría sobre el lago que fue la actual cuenca del Duero.” Y luego: “Dios ―¡siempre Dios!― nos enseñaron que creó el mundo para el hombre. Entonces, ¿para qué hizo y deshizo estos monstruos antes de heñir del barro al hombre? ¿Acaso para que ahora, contemplando sus osamentas, nos alcemos a más altas y nos zahondemos a más hondas consideraciones? Y estos desenterrados esqueletos de monstruos, ¿no se ponen también a contemplarnos? ¡Contemplar! Con-templar es juntarse en el mismo templo, en el Universo como templo de la conciencia universal y eterna. Este esqueleto, este recuerdo del Diplodoco, es ya una leyenda, es un poema, es una criatura espiritual. ¿Y no son acaso lo mismo otras formas, otras instituciones que han pasado por nuestra historia, no ya la natural, sino la humana? Napoleón, al pie de las Pirámides, otro Diplodoco, dijo a su ejército: “¡Desde esa altura cuarenta siglos os contemplan!” Y desde este “gloria-patri” del enorme rosario de cuentas carbonizadas de Diplodoco ―otra Pirámide―, ¿cuántas decenas, tal vez centenas de milenios nos contemplan? Sólo a Napoleón, ahijado de Rousseau y de la Revolución Francesa, podía habérsele ocurrido aquello. Se lo inspiraron los siglos que posaban en su corazón.

¿Cuál fue la finalidad divina de la Revolución Francesa, por ejemplo? (Y ejemplo rima con templo.) ¿Es que la gran Revolución mejoró la suerte de los hombres, nos dejó más libertad, más igualdad, más fraternidad, más seguridad, más civilización? ¿Vivimos mejor que vivieron los que la provocaron? No; lo eterno que esa Revolución nos ha dejado es su leyenda, su osamenta espiritual. Ya lo dijo Homero: “Los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que haya cantar para los venideros.” Y qué se yo… acaso aquella guerra civil de que fui, de niño, testigo, no me ha dejado sino su leyenda, su visión, su esqueleto espiritual, que traté de fijar en una novela histórica, mi primicia en las letras patrias. Porque la leyenda no es una envoltura, un pellejo, sino un cogollo, un esqueleto; la leyenda nos da descarnada ―y desencarnada―, no ya desnuda, la realidad histórica perenne, no ya la la mentirosa y documental de la actualidad pasajera. La leyenda es una revelación; la leyenda es la potencialidad. ¿Qué nos importa la pobre carne palpitante del que fue actual Diplodoco cuando, antes del hombre, se alimentaba acaso de algas marinas?

Y he aquí por qué mientras otros se afanan por remachar esta llamada revolución republicana española actual, yo me afano por ir preparando su leyenda, su osamenta espiritual futura; he aquí por qué me esfuerzo en descarnarla ―y desencarnarla― más que desnudarla, en quitarle toda la carnaza y la grasa y la pringue y la cotena de su pobre actualidad política pasajera. Quitarle su actualidad política pasajera a ver si descubrimos su potencialidad cósmica permanente.

Salí del Museo de Historia Natural con la visión del esqueleto del Diplodoco clavada en el hondón, en el poso de mi ánimo, y preguntándome por qué y para qué hizo Dios, el Dios de nuestro Catecismo escolar, el mundo para el hombre. ¿Y para qué el hombre y su historia toda? Salí imaginándome que el esqueleto del Diplodoco enjaulado ―o mejor: “enmuseado”― pregunta con el “gloria-patri” de su calavera también: “¿Para qué?” Que es lo mismo que preguntar: “¿Por qué?” Y una voz íntima ―¿mía?, ¿suya?― me decía que en el principio fue, en el Templo de la Conciencia que es el Universo, el Verbo, y que en el fin no será más que el Verbo, y que cuando creemos con-templar a Dios, es que Dios nos está con-templando, en el mismo templo, en la misma conciencia que nosotros. Y todo esto me consolaba de la mezquindad de mi pobre menester político pasajero.

Y ahora vayamos a leer lo que sobre la Política de Dios y gobierno de Cristo Nuestro Señor nos dejó escrito aquel nuestro gran satírico y ascético ―dos términos mutuamente convertibles, pues la sátira es ascética, y la ascética y hasta la ascesis son satíricas― Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, señor de la Torre de Juan Abad, desentrañador y descarnador de nuestro romance y de nuestra picardía ―romance picaresco y picardía romancesca, si no romántica―, el de las despiadadas burlas, el desollador de la España de los validos, la que crecía como los agujeros crecen, el montador de esqueletos que todavía con sus muecas nos contemplan cuando los contemplamos.