martes, 19 de septiembre de 2017

Envés, revés y canto

Ahora (Madrid), 8 de febrero de 1933

A Gregorio Marañón.

Prosigamos, insistiendo, nuestra labor socrática. Y perdónesenos la petulancia, si es que la hay; pero los que hemos cargado a nuestra cuenta el gobernar la opinión pública desde fuera del Poder —ya que desde fuera de él se gobierna, y acaso mejor— hemos contraído responsabilidades. Y una de las mayores, la de hacer que la gente reflexione y no se entregue a supuestas revoluciones sin sondearlas con animo escudriñador.

En el capítulo XVI, epílogo a su obra Amiel, un estudio sobre la timidez, Marañón dice: “Porque como en otro lugar he dicho, una de las eficacias maravillosas del pensamiento está en que las gentes que no piensan nada por sí solas, pensando al revés de los que ya han pensado, se creen también en posesión de ideas originales. Y en ocasiones aciertan. Porque las ideas tienen una cara y un reverso, y es difícil averiguar —a veces hasta después de mucho tiempo— en cual de los dos está el cuño legítimo.” Detengámonos en esto un poco.

Primero: que nadie piensa nada por sí solo. El pensamiento, aun el del mayor solitario, es colectivo, es comunal. Hasta el cartujo encerrado en su celda se lleva a ella, para pensar, a su pueblo. Se lo lleva, ante todo, en el lenguaje con que piensa. Y así se llega a la verdad, que es aquello en que concordamos todos. ¿Todos, eh? Todos y no la mayoría. Y todos no en número, sino en calidad; la humanidad entera —“tota” y no “omnis”—. Entera, que por eso enterarse es llegar a la verdad humana.

Segundo: que pensando al revés de los que ya han pensado, se creen también en posesión de ideas originales. “Y en ocasiones aciertan”, añade Marañón. Y yo, que casi siempre. Porque, ¿qué es eso de originalidad? Las ideas más originales que he recibido es cuando alguien me ha devuelto, me ha rebotado, asimilada y transformada por él, alguna idea que le di yo. Por eso pudo decir Walt Whitman a los jóvenes que sus mejores cosas, las de él, de Whitman, las habían de decir ellos, los que le siguieran. Sólo que ni éstas ni las otras eran ni de Whitman ni de sus seguidores. Lo nuevo, lo original, es la expresión. Y ésta es, en el más hondo sentido espiritual, todo. El que acierta a expresar en expresión definitiva lo que muchos oscuramente piensan, ése es el que por primera vez lo ha pensado de veras. Y por eso los más grandes pensadores son los expresadores definitivos. ¿Vulgarizar? Vulgarizar es algo más definitivo que descubrir. Por algo a América se le llama así, América, y no Colombia; y es que fue Américo Vespucio y no Cristóbal Colón quien la dio a conocer, expresándola, al vulgo de Europa. Desgraciado el país donde los vulgarizadores —los buenos vulgarizadores— sean ahogados por los investigadores. No quiero decir, ¡claro!, los investigacionistas, que son otra cosa inferior. Los grandes investigadores investigacionistas han sido grandes vulgarizadores. Y los grandes vulgarizadores son grandes descubridores, descubridores de expresión. ¿Ideas nuevas? Apenas hay sino expresiones nuevas.

Tercero: que “las ideas tienen una cara y un reverso, y es difícil averiguar —a veces hasta después de mucho tiempo— en cuál de los dos está el cuño legítimo”. ¿El cuño legítimo? ¿Es que, en nuestros duros, la efigie de “Amadeo I, rey de España”; la de “Alfonso XII, por la G. de Dios rey constitucional de España", o la de Alfonso XIII, en una u otra fórmula rey, es cuño más legítimo que el escudo de España misma? ¿Y cuál es el revés y cuál el envés? ¿Cuál la cara y cuál el reverso? Porque hay envés y hay revés, hay cara y hay cruz; pero hay también canto, hay también filo. Y éste, el canto o filo, no suele tener cuño.

Recuerdo ahora aquello que decía un psicólogo, y es que materialistas y espiritualistas reñían por el color de un escudo de que cada uno no miraba más que un lado. Así, derechistas e izquierdistas, según ellos se llaman, por llamarse de algún modo. Su visión es de plano y no suelen desplazarse. Es como mirar a la luna, que siendo esférica, se nos aparece un disco, y cuyo misterio consiste en que nos da siempre la misma cara. ¿Anverso o reverso?

¡Visión de pleno! De donde ha venido lo de derecha e izquierda y centro. Porque en la penetración —no basta la vista sólo—, en la masa, en el volumen, en la profundización de una idea, hay que llegar a las entrañas, que no están ni a la derecha, ni a la izquierda, ni en el centro. ¡Largura, anchura y hondura! Y holgura —razón de tiempo—, como ya otras veces tengo expuesto. Pero como en esta miserable contienda de sectas, partidos, escuelas, gremios y clientelas no se puede hacer que los contendientes se detengan, tomando huelgo, a zahondar en la pieza, a escudriñarle los adentros, a probar si el oro o la plata, o siquiera el cobre, son de ley, sino que se atienen al cuño, ¿qué nos queda a los investigadores, a los vulgarizadores de su verdadero valor? Pues nos queda dar sobre los contendientes, para separarlos bien, de canto, de filo. Y el canto, el filo, al que no hay que confundir con la hoja, no está propiamente entre el envés y el revés, entre la cara y la cruz.

“No le entiendo” —suelen decir los que se atienen al cuño, que es su santo y seña. Así le decían a Sócrates el preguntón: “no te entendemos”. Y él, Sócrates, insistiendo socarronamente —su ironía era socarronería—, les iba socarrando las entendederas hasta llevarles a que se diesen cuenta de que ellos no se entendían a sí mismos. Hasta que logró irritarlos de tal modo, que ellos, los gobernantes desde el Poder, le condenaron a muerte. Y para esta condena se unirían todos, los unos y los otros.

Hay que dar de filo, de canto, amigo Marañón, sin dejarse blandear por los de un cuño ni por los del otro. Porque, además, los cuños, ¡ay!, se borran o se cambian. Y se borran más cuanto más corre la pieza. Y menos mal si no cambia también la ley del metal. ¿Que dicen no entenderle a uno? ¡Otra les queda! “Ya no volveremos a gozar la libertad del liberalismo” —me decía usted, buen amigo. Sí, ya sé que dicen que esa libertad pasó... de moda. Pero me moriré defendiéndola. Y riéndome de los que creen que vivir a la moda es el mejor modo de vivir. Tenemos, amigo, que conservar la enteridad del entendimiento, la integridad de la inteligencia. Y que cuando pase esto, cuando pase esta moda, se pueda decir que alguien, mientras se iban por la contienda, por el roce, borrando los cuños, guardó la ley del metal.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Engaitamientos

Ahora (Madrid), 1 de febrero de 1933

Hay tradicionalistas, enamorados más bien del anochecer que de la noche, que se están componiendo tonadillas para zarrabete. ¿Que qué es éste? Un instrumento músico popular casi desaparecido. Llamábasele también gaita zamorana y zanfonía —sobre todo en Galicia—; en francés, melle; en inglés, hurdygurdy; en italiano, ghironda ribeca, y en alemán, Bettlerleier y Bauerleier, que vale por lira de mendigos o lira de aldeanos. Hace poco leíamos en un escritor húngaro cómo encontró por primera vez el zarrabete en el corral de un sombrío edificio de los arrabales de Budapest, donde lo tocaba un viejo húngaro que lo llevó del campo perdido. Y es que es un instrumento ya casi fósil, o como diría uno de estos intelectuales sindicalistas que todo lo trabucan, feudal. Tiene lengüetas de teclado, como el acordeón; cuerdas, como el violín; manubrio, como el organillo, y no es ni acordeón, ni violín, ni organillo. Una especie de ornitorrinco. Recuerdo haberle visto, de mocete, en mi nativa tierra vasca; pero no cómo sonaba ni si sonaba. Lo vi más que lo oí, me parece, porque mi memoria auditiva cede a la visual. Quiero recordar que lo llevaba y tañía uno de aquellos aldeanos anteriores a la boina, de los de “chano” o de montera arratiana. ¡Dulces remembranzas de mocedad!

Pero esas tonadillas tradicionalistas de gaita zamorana, si se ejecutaran ahora en ésta, en zarrabete, habría de ser para tener que verterlas en seguida a gramófono o gramola o para tener que derramarlas por radio. Y de zanfonía restaurada, ¡claro! Vamos, una tradición futurizada. Como una bombilla eléctrica disfrazada de lámpara de aceite, lámpara del santuario, que ardía ante el Santísimo de la adoración nocturna. Una Liduvina de Schiedam, resucitada a su vida de martirio conventual, no podría pedir, como pidió en sus tiempos —¡feudales!—, derretirse para alimentar esa lumbrecilla; la humilde santita holandesa tenía una almita de luciérnaga, no de estrella, y menos de cine.

Y la letra de las tonadillas habría que traducirla al siglo XX. Porque hay que traducir la tradición. No ya sólo a Prudencio o a San Isidoro, sino que hasta se ha llegado a intentar traducir el Cantar del mío Cid. El lenguaje, vocal o instrumental, es un hábito, y por más que se diga que el hábito no hace al monje —¡vaya si le hace!—, lo seguro es que el monje se hace al hábito. Y el lenguaje, por tanto. “¡Este argumento, como prueba, es en latín!”, solía decir, en su clase de Deusto, el padre Ocaña, S. J., y tenía razón el buen jesuita. Hay argumentos escolásticos que traducidos al vulgar se descomponen. Como cualquier doctrina, pasada de la lengua en que nació, cambia. La mayor diablura de Lutero fue verter San Pablo en el dialecto —lengua conversacional— de los aldeanos de Sajonia, pues de ahí salió lo de la justificación por la fe y el siervo albedrío y el libre examen. Y luego aquí fray Luis de León anduvo a vueltas con la Inquisición, por empeñarse en romancear quejumbres de marranos.

¡Porque anda por estos mundos cada lírico del tradicionalismo, tratando de engaitar a las gentes a la buena de Dios, y con gaita zamorana! Gentes que acaso han oído, si es que no han tocado en la zanfonía, y aun en el rabel, la Marsellesa o el Himno de Riego al alzar de la misa. Y algún día tocarán la Internacional en la pipiritaña. ¿Líricos? Lo triste es que su lira no es ya lira, ni siquiera zarrabete, sino artilugio eléctrico-retórico que funciona por timbre e irradia con altavoz.

Pero, ¡ay!, ya no nos suenan, ya no nos suenan ni siquiera aquellas canturias que brizaron nuestros inocentes sueños infantiles. Aquello de “Pimpinito, pimpinito, / me fui por un caminito. / le encontré a una mujercita / toda vestida de blanco; / le dije: / Mujer cristiana, / ¿no ha visto a Jesús amado? / Sí, señora, ya le he visto; / por allí arriba ha pasado; / los perros de los judíos / por detrás le iban tirando...”. Y cuando ahora el lírico del altavoz nos habla de las cadenas y de los perros de los judíos, nuestra santísima niñez no responde. No responde a la zanfonia, a la gaita en disco con que se nos quiere engaitar.

¿Y del otro lado? ¡Ah, no; tampoco..., menos… Nos dice menos, mucho menos, la gramola revolucionaria. Ni nos consuela la flamante astronomía social, si es que no socialista. ¿Astronomía social? Qué estupendamente la cantó aquel desolado y desolador Leopardí en aquel su inmortal canto a la retama, la flor del desierto (La Ginestra), ¡Qué acentos le brotaron del corazón torturado cuando fijaba su vista en el estrellado firmamento, sintiendo que las nebulosas desconocen la de nuestro sol, que es nuestra Tierra grano de arena perdido en infinita playa! ¡Cómo se pronunciaba contra la naturaleza —“madre en el parto; en el querer, madrastra”— y pedía que en contra de ella se confederaran los hombres todos! ¡Cómo se burlaba de le magnifiche sorti e progressive! ¡Cómo contemplando que la “naturaleza, verde siempre, marcha por tan largo camino, que inmóvil nos parece”, aquel altísimo y hondísimo pensador y sentidor, no de izquierda, ni de derecha, ni de centro —que esto es vaciedades—, sino de entraña, aprendió frente al cielo estrellado a despreciar “el feo poder escondido que para común daño impera y la infinita vanidad del todo” —il brutto poter che, ascoso, a comun danno impera e l'infinita vanitá del tutto—. Lo que se decía “a sí mismo”: A se sfesso. “Que uno se diga eso a sí mismo, pase —se me dirá—; pero no debe decírselo a los demás.” Conozco el estribillo. Y sé que para las dos clases de líricos, los de la lira de pordioseros —que así, Bettlerleier, se le llamaba en Alemania a la zanfonia—, los tradicionalistas o reaccionarios, y la de los progresistas o revolucionarios; para las dos clases, la de la astronomía de Ptolomeo y la de la novísima astronomía, para los dos partidos, un Leopardi es el peor enemigo. Sobre todo, porque no saben en qué casilla del casillero ponerle. Y porque no trata de engaitar al pobre pueblo soberano ni con gaita zamorana ni con gramola futurista.

Porque sí, sí; mientras oímos al lírico de la tradición, sentimos pena por el pobre pueblo que le escucha boquiabierto; pero cuando luego nos ponemos a escuchar al lírico de la revolución, sentimos pena por el pobre pueblo que le oye pasmado, y que es el mismo pobre pueblo, el mismito. Mas, después de todo...

¿Qué va a hacer aquel a quien Dios le hizo gaitero, sino tocar una u otra gaita, y aquel a quien le hizo peliculero —fotogénico, ¿no es así?—, sino impresionar películas históricas?

domingo, 17 de septiembre de 2017

Eso no es revolución

Heraldo de Aragón (Zaragoza), enero de 1933

El número del 23 de noviembre último del diario Heraldo de Aragón, de Zaragoza, publicó un artículo de nuestro José Ortega y Gasset —sin más— acerca de la celebración del centenario de la Universidad de Granada. Y en ese artículo señala nuestro maestro de una manera irreprochable la posición, la posición espiritual, de aquellos a quienes se ha dado en llamarnos intelectuales. Después de asentar que la Universidad a partir del siglo XII se fue haciendo consustancial con Europa, afirma que aquélla “significó un principio diferente y originario, aparte cuando no frente al Estado”. Exacto. Y hasta no faltó quien le acusara de foco de anarquismo o cuando menos de indómito individualismo. En la Universidad nació la reforma. Añade Ortega: “Frente al poder político, que es la fuerza, y la Iglesia, que es el poder trascendente, la magia, la Universidad se alzó como genuino y exclusivo y auténtico poder espiritual; era la inteligencia como tal, exenta, nuda y por sí, que por vez primera en el planeta tenía la audacia de ser directamente y por decirlo así, en persona, una energía histórica.” ¡La inteligencia como institución! ¡Muy bien! Luego nos dice cómo entre soldados, mercaderes y frailería fueron los escolares que hoy llamamos estudiantes los que ponían “la alegría, la insolencia, el ingenio, la gracia y —¿por qué no decirlo?— la pedantería. Y este tropel de escolares iba a ser el que ganase la partida a los otros”. Y luego: “Esa partida ganada por los escolares al poder político se llama revolución y es claro que me refiero a la auténtica, porque no estoy dispuesto a llamar revolución a cualquier cosa.” ¡Requetebién y aquí estamos con él, con Ortega, los más de aquellos a quienes Primo de Rivera motejó de autointelectuales. No, no estamos dispuestos a llamar revolución a lo que se les antoje a los auto-revolucionarios.

“Ganaron la partida a los demás poderes —prosigue el maestro—, ¿pero la ganaron para siempre? He aquí que la resaca del recuerdo, como siempre acontece, nos arranca de la playa muerta, inofensiva, sin peligros, que es el pasado y nos arroja de nuevo a la mar del porvenir. En contacto con ella volvemos a sentirnos vivir, porque volvemos a sentirnos en peligro, y queramos o no tenemos que bracear para mantenernos a flote. La vida es permanente conciencia de naufragio y menester de natación.” Y al final del artículo se pregunta Ortega: “¿Y mañana?, ¿qué será mañana? ¿Los mismos, más, menos?” Es lo que me pregunto a diario. ¿Qué será mañana de la inteligencia? No de la intelectualidad, sino de la inteligencia. ¿Qué será de la civilización humana?

Porque me temo que esos auto-revolucionarios que vienen, con su disciplina de dictadura de masa a matar el hambre de los hombres, entontezcan a la humanidad. Entre la indigencia y la tontería me quedo con la indigencia. Y en cuanto disciplina, ¿habrá que repetir una vez más y hasta la saciedad que “disciplina” —discipulina— deriva de “discipulus” y éste de “discere”, aprender, y que el aprendizaje se recibe de la maestría ? Discípulo pide maestro y maestro no es caudillo de clase, de gremio, de clientela o de partido político, y menos hay maestría colectiva y de sufragio. ¿Qué es eso de una doctrina votada por sufragio? Y si se nos dice que por sufragio no se fijan doctrinas, sino tácticas, diremos que la táctica implica doctrina. Lo de acordar una táctica que invalide, siquiera temporal e interinamente, una doctrina, y a esto le llaman transigir, suele ser para beneficiarse de la posesión del poder público y no para otra cosa. Y la inteligencia, la verdadera inteligencia, la inteligencia conciente —conciente de sí misma, ¡claro!—, no entra en esas transigencias o transacciones. Y se deja excomulgar. Que es el sino de la inteligencia ser excomulgada.

¿De dónde han sacado algunos de esos auto-revolucionarios que les hemos defraudado algunos de los motejados de intelectuales? ¿Cuándo aceptamos la definición que de la revolución daban, o mejor, traducían, ellos? En algún caso, como en el del que esto escribe, ni siquiera debió su elección a esos auto-revolucionarios de dictadura, que el pueblo, el pueblo que le eligió representante, no lo hizo en obediencia a una disciplina espúrea. ¿Defraudarles? ¿Es que un hombre conciente de su inteligencia va a rendirse a eso que llaman disciplina de partido? ¿Es que un hombre conciente de su inteligencia va a resolverse a votar contra su conciencia como tantos partidarios lo hacen, y confesando luego que lo hacen? O peor acaso que votar contra conciencia, que es votar con inconciencia, sin saber lo que votan. Porque aquella fórmula de la fe implícita, la del carbonero, aquélla del Catecismo del P. Astete de: “eso no me lo preguntéis que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”, esto ha pasado de la religión católica a la política laica. También en ésta la fe implícita, la fe del carbonero, el método del entontecimiento. Y hasta el tercer grado de obediencia, la obediencia de juicio que establece Íñigo de Loyola y que lleva al cuarto voto. Cuarto voto que se establece en las disciplinas de partido. ¿Qué será mañana? —me pregunto con nuestro Ortega, con nuestro maestro—. ¿Qué será mañana?, ¿qué será mañana de la inteligencia? Y más concretamente: ¿Qué será mañana de la inteligencia española? De la inteligencia universal española, se entiende. O si se quiere de la inteligencia universitaria, dando a lo de universidad su más alto y espiritual sentido, no el de una institución oficial de Estado. ¿No se habla por ahí de Universidad popular? Como si no lo fueran todas las que lo sean de veras. ¿Y de dónde sino de las Universidades salieron los más de los mejores que guiaron al pueblo a su emancipación mental?

Cuando se habla de crisis, queriendo decir crisis económica, me pongo a pensar en la crisis mental. Cuando se habla de hambre pienso no en el hambre de saber, sino en el hambre de entenderse uno a sí mismo, en el hambre de conciencia. Y cuando oigo a algunos de esos pobres señoritos auto-revolucionarios a que se les dice extremistas no me inquieta el radicalismo extremado de sus... ¿doctrinas?, ¡pase!, sino que me apena la pavorosa confusión de sus llamémoslas ideas. ¡Cómo crepitan y estallan los terminachos! “¿Pero ha oído usted qué cosas han dicho?”, me decía un amigo al salir de una de esas conferencias de mitin. Y yo: “¿pero es que han dicho cosa alguna? Porque yo, por mi parte, no me he enterado”.

No, no, no estamos dispuestos a llamar revolución a cualquier cosa. Se llama en astronomía revolución a la marcha de los planetas en torno del sol y no se le llama revolución, que sepamos, a aquel reventar de aquel planeta que dejó entre los que viven asteroides y bólidos errantes. ¿Revolución de bólidos? No. Y menos desde que se va poniendo de moda, cuando uno señala una injusticia, manifiesta, innegable, un atropello injustificable y acaso peor: estúpido, que haya quien sin negarlo, sin atreverse a justificarlo conteste —conteste y no responda, que no es lo mismo— “¿qué quiere usted?, ¡es la revolución!” No, eso no es la revolución. Y lo peor de eso es que se está acostumbrando al pueblo a no juzgar, a no discurrir, a no pensar, que le está entonteciendo. Y el entontecimiento es la peor de las perversiones.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Ceros a la derecha o a la izquierda

Ahora (Madrid), 28 de enero de 1933

Este hombre de quien os voy a decir es un gran camelista, de la escuela de aquel don Fulgencio Entrambosmares del Aquilón de quien di completa noticia en mi Amor y Pedagogía. Desempeñó —o mejor, empeñó— un carguillo en el llamado antiguo régimen y se cree muy ducho y machucho en técnica política, pues que se estima profesional de ella. Su preocupación actual es lanzar a su hijo a la carrera política y que pueda lograr en ella puesto que él no logró antaño. Pero oigámosle:

—Yo, ya lo sabe usted, mi querido don Miguel —me dijo—, soy en política perro viejo, y por eso trato de educar a mi hijo, que no es todavía más que un lobo mozo, un lobezno o lobato. Quiero lanzarle, pero dentro del actual régimen republicano, ¡pues no faltaba más! Ambición no le falta; pero hay que encarrilársela. La falta de ambición pierde. Vea usted, nosotros, los que nos sentíamos de segunda fila al entrar en el escalafón político, teníamos a la carrera por algo así como el juego de la treinta y una, y por no pasarnos nos plantábamos antes de que las treinta y una se cumplieran.

—Y usted se plantó en veintiuna —le dije.

—Me plantaron, mi querido don Miguel, me plantaron —me respondió—. Y no estoy dispuesto a que a mi hijo le planten así. Y ahora estudio en qué partido le conviene ingresar. O, mejor, qué partido le conviene formar. Qué, ¿se sorprende usted? Pues bien, si, yo aspiro a que mi hijo forme y acaudille un nuevo partido. De eso que llaman de derecha, por supuesto. Que ahí está el porvenir.

—¿El porvenir político a la derecha? —le interrumpí.

—Sí, verá usted —reanudó—. Hay que partir de que los componentes de un partido político, los partidarios o matriculados, los números, las cifras, son todos ceros, ceros a la derecha o de derecha, o ceros a la izquierda o de izquierda. Y verá usted lo que sucede. Si se le ponen a uno los ceros a la derecha, le agrandan, y cuantos más se le ponen así, más le agrandan; mientras que sí se le ponen a la izquierda, le achican, y más le achican cuanto más se le ponen así. Seis ceros a la izquierda de uno, 0,000001, le reducen a un millonésimo, y seis ceros a la derecha de uno, 1.000.000, le hacen millonario. Y observe que la unidad que acaudilla un montón de ceros de izquierda está a la derecha de ellos, y la que acaudilla un montón de ceros de derecha está a su izquierda. De modo que, en buena lógica de aritmética política, se deduce que a un partido de izquierda debe dirigir el más derechista del partido, y a uno de derecha, el más izquierdista de él. Esta es la derecha. O mejor, ésta es la fija. Porque los ceros, no lo olvide usted, siempre son ceros, estén a la derecha o a la izquierda. Si es que saben donde están...

—¿Y con esos principios camelísticos —le dije— piensa usted encarrilar a su hijo por la República? Me parece que va usted descarrilado.

—Alguna vez—me contestó—lo he sospechado. Hay un agüero fatídico. Toda mi vida racional, de adulto, he acostumbrado dar cuerda al reló al ir a acostarme; pero últimamente he experimentado un síntoma fatal, y es que alguna mañana, al despertarme, me he encontrado con que el reló...

—Andaba parado—le interrumpí.

—Exacto; no andaba. Que se adelante o que se atrase, me importa poco; lo malo es que se me pare.

—Así es —volví a interrumpirle—. Adelantarse o atrasarse es andar. Tanto vale el progreso como el regreso. El que quiera volvemos al siglo XII nos empujará más hacia el XXII que el que sueñe utopías acrónicas o fuera de tiempo. Toda reacción es acción.

—Eso quiere decir —me contestó alborozado— que, según usted, debe dirigir un partido de izquierda, de acción, un espíritu de derecha, de reacción. Chóquela, don MigueL

—¡No —le repliqué—, no! Eso quiere decir que todos esos juegos verbales cabalísticos o algebraicos, con la derecha y la izquierda, no son, en usted y en otros, más que galimatías. ¿Cuando se convencerá usted, señor mío, que hay una derecha y una izquierda objetivas y otras subjetivas y relativas todas? Un tuerto del derecho se ve en el espejo tuerto del izquierdo. Y casi todos los izquierdistas y los derechistas se ven tales en el espejo.

—No lo entiendo bien —y luego más bajito, para el cuello de su camisa, añadió—: no lo quiero entender...

Pensé yo entonces que si no hay peor sordo que el que no quiere oír, tampoco hay peor tonto que el que no quiere entender; mas, a pesar de ello, continué diciéndole:

—Mire usted, señor mío; en este lío de derechas e izquierdas, que no es sino confusión de confusiones y todo confusión, o, si quiere usted, vaciedad de vaciedades y todo vaciedad, lo mejor es atenerse al origen histórico concreto de esas denominaciones que arrancan de la posición que ocupaban los partidos parlamentarios en la Cámara: los unos, a la derecha del presidente, que es la izquierda de ellos, y los otros, a su izquierda, derecha en el reflejo. Es decir, que derecha son los que ocupan y usufructúan el Poder, sean los que fueren, los ministeriales —que no es lo mismo que gubernamentales—, y son izquierda los que están en la oposición, sean los que fueren. Y cuando éstos, los de oposición, pasan de ella al disfrute del Poder, se pasan a la derecha, y los otros, los que ocupaban el Poder, se pasan a la izquierda. Y ésta si que es la fija, o, si usted quiere, la derecha. El que se adueña del Poder, por este mismo hecho, se hace de derecha, y el que le resiste, se rebela, se hace, por lo mismo, de izquierda, sean cuales fueren sus respectivos idearios de etiqueta.

—Pero —me replicó— con eso de derechas e Izquierdas, tal como lo venimos usando, nos entendemos todos...

—¡No, no y no! —le atajé—. Con eso lo que hacemos es desentendemos. Nadie ha sabido decirme, de los dos extremos, el del individualismo; el anarquismo contra el Estado, y el del socialismo o estatismo; el bolchevismo, cuál es el de izquierda y cuál el de derecha. Y si se me dice que los extremos se tocan, pregunto si por la derecha o por la izquierda. Como nadie ha sabido decirme cuál es de derecha y cuál de izquierda entre la absoluta libertad de conciencia y, por lo tanto, de enseñanza, y la religión de Estado —no del Estado—, de Estado docente, o sea lo que se llama laicismo, que no es ni puede ni debe ser neutralidad. Pretender entendernos con eso de derechismo e izquierdismo, no es sino buscar desentendemos del examen de los problemas. Y eso estará bien para los ceros, de derecha o de izquierda, lo mismo da; pero no está bien para las unidades. Y no sé si sabrá usted lo que decía nuestro Quevedo del cero, y es “que delante del número no vale nada, como la sombra, que es nada detrás del cuerpo”.

—Pero detrás del número, a su derecha —insistió mi sujeto—, vale mucho, pues sirve para acrecentarle.

Le tuve que dejar con su manía. A él, como a otros, desde que se les paró el reló, ya no saben ni si es de día o es de noche. Ni dónde tienen la mano derecha. No entienden sino el santo y seña. Cómoda almohada para la pereza mental.

viernes, 15 de septiembre de 2017

1933 en Palenzuela

Ahora (Madrid), 25 de enero de 1933

Al abrirse este año de 1933 fuime desde la abierta ciudad de Palencia, la de los antiguos campos góticos, a la villa de Palenzuela. Que es, en nombre, a aquélla como Valenzuela, Sorihuela, Segoviela, Venezuela, etc., son a Valencia, Soria, Segovia y Venecia. Palenzuela trepa un teso escueto desde las riberas del Arlanza, vestidas de sobrio verdor. Se une el Arlanza con el Arlanzón, que baja de Burgos; luego, aunados en Magaz, con el Pisuerga; luego, en Dueñas, con el Carrión, que baja de Palencia; luego, cerca de Valladolid. con el Duero, y luego... la mar. A la mar a que van los ríos susurrando romances del Cid, coplas de Jorge Manrique, endechas de comuneros. Y en tanto Palenzuela sigue arruinándose. Sólo mil almas —las que lo sean— le quedan de las ocho o diez mil que la leyenda lugareña dice que tuvo. El ferrocarril primero, que cuando no une, aísla; la filoxera después la despoblaron de aquellos hidalgüelos hacendados, cuyos blasones quedan en sillerías de fachadas que se derrumban. Callejas combadas, con verdaderas cárcavas urbanas en sus muros, roídas por siglos. Boquean las ruinas en silencio, pues ni se oye el estertor de su agonía. Castilla, en escombros, que dijo Senador. Sobre raigones de la antigua muralla, la casona en que vivió el Sr. Orense, marqués de Albaida, republicano federal que presidió las Cortes de la otra República, la de 1873, que ni llegó a añoja.

¿Y por dentro? En unos soportales sostenidos por pies derechos muy torcidos —troncos sin descortezar—, unos lugareños nos miraban con descuido. Entramos en un hogar de posada: el del maestro. ¿Hogar? Allí no hay fogón como en tierras de Dehesas ganaderas, donde llamea y chisporrotea en el lar la encina o el roble; allí, la “gloria” —“trébede” y “estufa” en otras partes—, que calienta sin llama ni luz la estancia, y el humo se va bajo el suelo. Sobre estas glorias se echa un tute o un tresillo, haciendo tiempo para matarlo, o se comenta la eterna guerra civil de los pueblos. ¿Qué es eso de que las luchas políticas han envenenado la vida de las villas, las aldeas y las alquerías? No; las pasiones populares son las que han envenenado las luchas políticas. Las partidas, los bandos engendradores del caciquismo —no por éste engendrados— se reparten ahora entre los distintos partidos nominales del reciente régimen republicano. ¿Maniobras políticas? Palenzuela fue uno de los centros de las últimas maniobras militares, caricatura de batallas. ¿Y no es todo caricatura? Que a las veces sangra.

Al volver a Palencia columbramos la gigantesca figura del Cristo del Otero —obra de Victorio Macho—, que da cara a la ciudad, a su catedral; yergue a medias sus brazos, en ademán de esperar para acoger, y en tomo de él, el páramo, blanco entonces de escarcha. Allí, en aquellos campos, en aquella nava, que susurran con Manrique el “avive el seso y despierte”, se entierra el grano que, si no muere bajo tierra no resucita —dice el Evangelio— sobre ella. ¿Y las almas? Soñemos, alma, soñemos. Suerte que el sueño es vida, que si no...

En este año de 1933, la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, la que fue aquí popula del Reino, se propone celebrar el decimonono centenario de la muerte y resurrección del Cristo, según el cómputo tradicional legendario. Los que van descarriados y perdidos entre cábalas político-eclesiásticas habrán de recogerse a meditar en el terrible misterio de la fe en la resurrección de la carne, la vida perdurable y la comunión de los santos. ¿Y esos labriegos que por toda España sueñan la redención de la tierra? Pensemos en otras ruinas, en otras cárcavas y en otras boqueadas de silencio espiritual.

Hace unos años esta misma mano de uno trazó renglones medidos de un funeral al Cristo yacente de Santa Clara, en la iglesia de la Cruz, de Palencia, a aquel que: “No hay nada más eterno que la muerte; todo se acaba —dice a nuestras penas—: no es ni sueño la vida; todo no es más que tierra; todo nо es sino nada, nada, nada; ¡hedionda nada que el soñarla apesta!” Y luego que las pobres franciscas del convento “cunan la muerte del terrible Cristo, que no despertará sobre la tierra, porque él, el Cristo de mi tierra, es sólo tierra, tierra, tierra, tierra..., cuajarones de sangre que no fluye, tierra, tierra, tierra, tierra...” Y ahora, a la seguida de los años, al ver el erguido Cristo del Otero palentino por sobre el Cristo yacente y escondido de Santa Clara, pienso si no será la tierra que ha vuelto a hacerse Cristo y que es la tierra de los campos la que va a resucitar. Y a resucitar la fe en la redención de la tierra. Fe en la redención vale más que la redención misma, ya que ésta es sombra, y aquélla, la fe, su sustancia. ¿No se redimen acaso, gracias a la mar, el Arlanzón, el Arlanza, el Pisuerga, el Carrión y el Duero, ríos que son nuestras vidas?

Esta tierra les era a los labriegos, a los campesinos todos, una tierra de destierro —“los desterrados hijos de Eva”, rezaban en la Salve— y a su vez de entierro. Todos desterrados y todos enterrados en ella. Y ahora muchos de ellos empiezan a soñar en la redención —resurrección— de la tierra. Con otros sueños apocalípticos, milenarios, cabalísticos de una nueva sociedad.

Junto y frente al “¡viva Cristo rey!”, santo y seña de las beatas paradas, empieza a oírse un “¡viva la tierra pública!” o libre, la tierra res publica. Y si Jesús, cuando las turbas hambrientas quisieron proclamarle rey, se esquivó de ellas en huida al monte, y sólo al irse a morir muerte de cruz le proclamó rey el pretor romano que mandó le crucificaran, ¿quién sabe si la tierra, ella misma y por sí misma, no se esquivará de que la hagan pública? No por manejos de hombres, no por lucha de clases, no por leyes político-sociales, sino que por economía natural, anterior y superior a legislaciones civiles humanas, a albedríos de ciudadanos de la ciudad de Henoc, fundación de Caín el fratricida; por naturaleza.

A una religión parece venir a sustituir otra. O mejor, la antigua, la terrenal, la de siempre, la que recalzaba y mantenía la cristiana en el alma terrestre del pueblo pagano, el paganismo, la religión del pago, del terruño. Los campesinos, siempre paganos. La otra vida no la soñaron sobre el cielo que llueve, sino bajo la tierra, enterrados y desterrados. Por lo demás, eso de “la vida es sueño” es cosa de príncipes como Segismundo y de poetas de ciudad.

El pueblo de los campos, la paganería, azuzado por vendaval —“vent d'aval”, viento de abajo, de tierra—, espera redención soterraña. ¡Séale la tierra leve!

jueves, 14 de septiembre de 2017

El “Colegio de Pablo Iglesias”

Ahora (Madrid), 19 de enero de 1933

¡Aquel nuestro Madrid de hace medio siglo, gran caracol urbano con sus callejas laberínticas! Hoy, como una gran concha, va tendiéndose, abriéndose hacia el campo, hacia la Sierra, a rusticarse. Se sale de la Puerta del Sol en busca del sol del campo libre, de las afueras, donde se adentra en naturaleza. El antiguo manolo, luego chulo, se ateza al aire serrano. Su urbanidad se hace naturalidad.

Fuímonos Fuencarral —el pueblo— arriba por la carretera que lleva a Miraflores de la Sierra, junto a la línea de Colmenar el Viejo. Y se nos iba ensanchando el cielo de Castilla. Hasta llegar al nuevo Hospicio provincial, hoy Colegio de Pablo Iglesias, que en hospicio urbano, madrileño, se crió y forjó sus nobles pasiones. Allí, junto a ese Colegio, casi ciñéndolo, un espléndido parque, un nobilísimo encinar castellano. De encinas la mayor parte jóvenes. Una sede de serenidad. Al pie de las encinas, en el monte bajo, jaras y algún otro matojo. El cielo parece apuñar a las encinas. En el fondo, la Sierra del Guadarrama, a la que creería uno poder tocar, ahora tocada de nieves, de pureza. Y piensa uno que mañana otro día —pronto— los no ya hospicianos, sino colegiales de Madrid, podrán cunar sus sueños infantiles entre encinas, soñar cara al cielo de día, bañando en azul las niñas de los ojos, o ver pasar las nubes y descansar las nieves de la cumbre por entre el follaje prieto de la encina, y así hojear a ésta, que es también un libro. Y luego siente uno su peso contra la tierra —que es sentir el peso de la tierra contra uno— y que el sueño se ha hecho tierra, esto es: sueño palpadero, asidero. ¡Qué lejos estará este colegial de la villa, qué lejos de aquel pobre hospiciano, del “hijo de la parroquia”! Entre su Colegio y la Sierra apenas se interpondrán viviendas, ni tejados, ni ese, en el fondo, triste paisaje urbano. Ni de noche matarán reverberos de luz eléctrica a la luz de las estrellas. ¿Hay quien entre calles —y menos un niño— se pare a contemplar el Carro, la Bocina, la Silla de la Reina, las Tres Marías o las Siete Cabrillas? ¿Es que desde la calle de Fuencarral, la del antiguo Hospicio, podía nadie, chico o grande, quedarse mirando a Sirio?

Recordaba allí, en aquel encinar que recuerda a los de Salamanca, un paseo que por las afueras de esta ciudad, hacia Zamora, en medio de la Armuña, di —¡hace ya tantos años!— con Pablo Iglesias. Hablábamos de lo que a él le llenaba el ánimo, de la llamada cuestión social, pero a partir de ello del sentido mismo de la civilización. Y trataba yo de descubrir lo que en aquel espíritu eminentemente —iba a decir que exclusivamente— político, poco o nada metafísico —no digo religioso—, podría haber de sentido de la naturaleza. No parecía tener ojos para el campo, para la verdegueante llanada henchida de cielo. Y recordando aquella y otras conversaciones con él me doy cuenta del fondo urbano, callejero y no campero, de sus ideales de redención obrera. Aquel hombre —todo un hombre— había sentido crecer su alma de niño apretada entre sombras de calles y entre muros de un hospicio. ¡Y luego su oficio, el de cajista, eminentemente urbano, y... en qué imprentas! ¡Y en el Madrid de entonces! Que al fin en otras ciudades, en otras villas con algo o mucho de rurales, de campesinas, el cajista, en sus días de fiesta, se va al campo, a pescar peces en el río o cangrejos en el regato. El regalo espiritual de Pablo Iglesias, la liberación que necesitaba del duro destino del trabajo la buscó no en la natturaleza, sino en el teatro. Su afición fue el arte dramático. Y aquella fachada churrigueresca del viejo Hospicio habla más de teatro que de naturaleza.

Ahora que el obrerismo —no le llamemos socialismo— se va extendiendo por el campo; ahora que las doctrinas que surgieron en fábricas se trata de acomodarlas a campos —y en países en que la agricultura apenas está industrializada—, ahora comprende uno que si hay que civilizar, urbanizar al trabajador de la tierra, esto se debe en parte a que no estaba ruralizado, rusticado, el trabajador de la fábrica. Ei socialismo obrero lo fraguaron entre nosotros trabajadores de fábrica o de taller urbano. Muchos de ellos, como Pablo Iglesias, tipógrafos. Que se pasaron buena parte de su vida componiendo hojas de libros —o de periódicos— más que leyendo en hojas de encinas, de robles, de olivos o de naranjos. Proletarios de ciudad.

Aquel hombre admirable esperaba una nueva civilización, la misma que esperan tantos compañeros, camaradas suyos, de ideal. Colaboré con él en algún modo. Pero en cuanto a civilización... Los que acatamos o aceptamos —que es igual— la vida civil y urbana de este gran Hospicio que es el Estado civil, pero la acatamos —¡qué remedio!— con reservas cordiales —más hondas que las mentales— y sin satisfacer nuestra Incontentabilidad, guardamos en el entrañado cogollo del ánimo el descontento de toda civilización. Y a poder ser nos volvemos al seno de la naturaleza lo mas desnuda posible de teatro humano.

Todo esto lo revolvía yo en aquel parque del Colegio de Pablo Iglesias de Madrid. Al regresar a la villa y capital de España, corte de su República, el sol se ponía, y en el horizonte opuesto al del ocaso de invierno, cielo y tierra al tocarse como que se tostaban. Las encinas, ennegreciéndose, se destacaban como sombras chinescas, decoración de un teatro, que teatro es también, después de todo, la naturaleza del campo. Y al atravesar Fuencarral para volver a entrar en el perno de esta gran concha que es hoy Madrid, no sabía ya dónde acaba la urbe, el teatro, y dónde empieza el campo, la naturaleza. Poco después, sobre las tocas de nieve de laa cumbres de Guadarrama —“columnas de la tierra castellana”, que dijo el poeta— nacían las estrellas. Constelaciones, inmensos jeroglíficos que han visto nacer y crecer, y agonizar y morir, tantas generaciones, sin que ellos, los inmensos jeroglíficos, hayan podido ser descifrados.

En aquel espléndido escenario del teatro de la naturaleza castellana no pude por menos que evocar la figura recia, sólida, noble, robliza —de roble galaico— sobre granito —de grano también galaico—, de uno de los más grandes actores y autores de nuestra tragicomedia nacional española. ¡Y aquel hombre, que no se afanó sino por emancipar a los proletarios, a los hospicianos del Estado, cuántas veces recordaría con recónditas soledades el Hospicio en que se crió! ¿Es que Cervantes no añoraría alguna vez la cárcel en que engendró al Quijote? Como el que esto os dice, al ver ahora instalada en claro descampado la Facultad en que hace más de medio siglo se matriculó, se apechuga con deleite el recuerdo de aquellas aulas del caserón, antiguo noviciado de jesuitas, en la calle Ancha de San Bernardo, un hospicio también, de cultura, donde le iniciaron en la filosofía perenne y en el culto tradicional a España.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Profecías

La Voz Valenciana, 13 de enero de 1933

“No esfuerzo la pureza de mi verdad por mi reputación; sólo, porque, cuando más allá de mi sepultura y apartada de los sucesos hablare en vuestros desinios, mi pluma por creída pueda ser provechosa, y me debáis muerto y olvidado el desengaño y la advertencia.”

Así escribía “a los señores príncipes y reyes que sucederán a los que hoy son en los afanes deste mundo”, aquel profeta español que fue don Francisco de Quevedo Villegas, y lo escribía la frente de sus “grandes anales de quince días: historia de muchos siglos que pasaron en un mes”, y lo escribía preso en la Torre de Juan Abad, en mayo de 1621. Y preso… oigámosle: “Yo me hallé en estado que atreví a pedir mis causas y no me las dieron ni repararon en confesar que me castigaban de memoria.” Por razón de Estado, ¡claro es!, por otivos políticos, en virtud de una cierta ley de defensa del reino ―Inquisición civil― y la razón de Estado…, pero volvamos a oír al profeta: “No hay cosa más diferente que Estado y conciencia, ni más profana que la razón de Estado.” Diríamos que más injusta.

¿Profeta Quevedo? ¡Profeta, sí! Que profeta no es propiamente el vaticinador, el adivino del porvenir, sino el que les descubre a los demás la razón ―o la sinrazón― de lo que ha pasado, el historiador. El historiador y no el cronista, no el reportero. Porque los hombres no suelen enterarse de lo que pasa ante sus ojos, entre sus manos, sino cuando un vidente ―un profeta― se lo revela. Y Quevedo, el que tan hondo caló en la envidia ―”está flaca porque muerde y no come”, dijo― dejó para enseñanza de los que le siguieran “desengaño y advertencias”. Y esto es lo que suele llamarse filosofía de la historia, y que es propiamente historia y lo otro cuento.

“La filosofía de la historia es el arte de vaticinar lo pasado”, se ha dicho. Al primero a quien se lo oí decir fue a don Juan Valera. Lo decía en tono y tenor de zumba, pero él, Valera, vaticinó no pocas cosas pasadas en tu tiempo y después que pasaron. Les desentrañó el sentido. Lo demás, ¿esas profecías de pitonisas o de políticos que hacen de pitonisos? Eso ni es hacer profecía, ni es hacer historia.

¿Que cuando serán las elecciones municipales y cuándo las a Cortes? ¿Que si el sufragio se acostará a la derecha o a la izquierda? ¿Que quien presidirá el Gobierno de la República dentro de un año? ¡Bah!, todo eso, ni es profecía, ni es historia, ni tiene importancia. Podrá interesar a los acuciosos de su provecho, a los que se dediquen, como a profesión de logro, a la política, pero no debe interesar a los que sientan que un pueblo, como un individuo, debe estar haciendo de continuo examen de conciencia. En el caso de un pueblo, examen de conciencia colectiva.

A los ciudadanos de conciencia civil ―de conciencia civil colectiva― de sentido de solidaridad civil conciente, no les debe importar husmear lo que vaya a pasar dentro de un mes o de un año, por dónde han de soplar los vientos de la fortuna, sino que debe importarles darse cuenta clara de lo que ha pasado por ellos. No es la cosa qué es lo que vamos a hacer, sino qué es lo que hemos hecho. Ni hay más terrible estribillo que el de “a lo hecho, pecho”.

¡“A lo hecho, pecho”! Hay otra versión de este aforismo popular y es aquella cuarteta de “Las mocedades del Cid”, de Guillén de Castro, a la que tanto curso dio hace unos años el que ahora, lector, te habla aquí de profecías. La cuarteta dice: “Procure siempre acertarla / el honrado y proncipal. / Pero si la acierta mal / defenderla y no enmendarla.” Y de hecho se obstinan honrados y principales en defender y no enmendar leyes de Defensa, aun convencidos de que acertaron mal al establecerlas bajo el peso de un pánico irreflexivo. Y se obstinan en aplicarlas castigando de memoria. Y a las veces de olvido.

¿Qué debe importarle a uno el que los menguados de ánimo le achaquen que con profecías de lo pasado, con desentrañamiento de intenciones, con obra de historiador, busca lograr tal o cual efecto de lo que llaman maniobra política, si lo que realmente busca es alumbrar la conciencia civil colectiva y mover a enmienda a los que la gobiernan? Moverles a enmendarla en vez de defenderla.

¿Que qué partidos formarán en el Gobierno de aquí a un año? Esto no importa a lo sumo sino a los partidarios, y acaso ni a estos. Los programas se reducen a nombres y luego los nombres a fórmulas casi algebraicas. P.R.R.; P.R.R.S.; F.A.I.; C.N.T.; F.I.R.O….; y así sucesivamente. ¡Qué simbólico es todo esto! Y todas esas fórmulas nos recuerdan unas veces el R.I.P. y otras el I.N.R.I. La I. y la D. por ejemplo, lo mismo pueden querer decir izquierda y derecha, que cualesquiera otras denominaciones que empiecen por I. y por D. Y aun queriendo decir Izquierda y Derecha, no quieren decir nada claro y concreto. Pues para monserga, eso de izquierdismo y derechismo. Denominaciones que carecen de sentido histórico.

¿Profecía? La profecía hoy consiste en desentrañar el sentido que tuvo el acto del día 14 de abril de 1931, y que puede querer decir república para los que se declaran republicanos. Aquel acto no tuvo más programa conciente que derribar la monarquía que se apoyó en la dictadura. Después se les ocurrió a los agentes lo de la revolución.