miércoles, 17 de enero de 2018

Cartas al amigo XVI

Ahora (Madrid), 4 de septiembre de 1934

Hagamos un poco de psicología, amigo mío. O psicografía, si lo prefiere. Entre una y otra media la diferencia que entre biología y biografía, geología y geografía. Psicología es la de Wundt, por ejemplo, y la de los pincharranas. Y la de los test norteamericanos y otras atrocidades pedagógicas por el estilo. Y no quiero proseguir porque usted, que sé que ha leído ya la segunda edición de mi Amor y Pedagogía, sabe de qué mal humor me pone el tener que ocuparme de eso. La psicografía es, ¿cómo se lo diré?, poco... científica. Cosa de aficionados y no de profesionales. O de eruditos, si usted quiere. ¿Pues qué fueron sino aficionados a estudiar la vida del alma el Dante, y Shakespeare, y Cervantes, y Balzac, y Flaubert, y Stendhal, y Dickens, y Meredith, y entre nosotros, ya en nuestros tiempos, Leopoldo Alas, Pereda, Galdós...? No vengamos a los vivos. Lo de la psicología dejémoslo a los alienistas. Es su oficio darle un nombre a la locura que padeció Don Quijote. U otro de esos que llaman entes de ficción los que son, en realidad de verdad, mucho más ficticios que él.

Hagamos, pues, un poco de psicografía, amigo mío. Y, cabal, está usted en lo cierto; el hombre de que me habla es de lo más desigual que cabe. Pasa rachas de respondón, de enajenado, y luego otras de reservón, de ensimismado; siempre... ¿Cómo diría uno de esos profesionales de la psicología patológica o psicopatológica? ¡Ah, sí!: esquizofrénico. En mis tiempos juveniles se decía chiflado. O tocado. Su seso y su ánimo no aran en yunta. Tiene prontos y tiene recatos.

Me dice usted que es un tímido y que es un orgulloso. Viene a ser lo mismo. Y me agrega que es un resentido. ¿Un resentido? Ahora se va poniendo de moda esta categoría psicopatológica. En parte por influencia de la ciencia alemana, ya que en Alemania parece ser que eso del resentimiento hace estragos. Y los hace el orgullo de la timidez o la timidez del orgullo. Pues todo eso de los arios y del arianismo —que no es precisamente arrianismo, aunque se le parece mucho—, ¿qué es sino producto de resentimiento? O de un complejo popular de inferioridad, si usted quiere. Porque cuando un pueblo da en decirse superior y en atribuirse una elevada misión universal, en creerse elegido de Dios —¡de su Dios, claro!— para una obra de siglos, y luego se pone a la defensiva y se queja de que se le persigue, ¡ah!, entonces ese pueblo es un pueblo resentido.

Pero volvamos a nuestro sujeto, al que me dicta esta carta en respuesta a la suya, amigo mío. El sujeto en cuestión es, en efecto, un resentido. ¿Pero qué es, en el fondo, un resentido, sino un remordido? ¿Es que el resentimiento es otra cosa que una forma del remordimiento? Los más de los que padecen de manía persecutoria, de creerse perseguidos, tienen conciencia de haber sido perseguidores, a lo menos en deseo. Como una de las formas más sutiles y diabólicas de la envidia es creerse envidiado. Sí, amigo mío, el resentimiento suele ser remordimiento. Y suele ser también presentimiento. ¿Cree usted que haya situación más terrible de ánimo que el que entra en un combate con el presentimiento de su derrota y no resignado de antemano a ella? O acaso buscándola...

Sí, el sujeto ese es un remordido. Es lo que alguien llamó, con expresión feliz, un ex fracasado. O en este caso, y para emplear un giro tal vez sobrado conceptuoso, un ex futuro fracasado. ¡Qué psicografía, es decir, qué novela —o cuento—, qué drama —o comedia o sainete— se podría escribir sobre él! O inducirle a que escriba sus memorias.

Me dice usted que ha dado en pensar si es que al sujeto en cuestión le va marrando el talento o el coraje, si le mengua el entendimiento o la voluntad. Pero si usted no estuviera todavía perturbado por esa psicología científica —racional se le llamaba antaño—, por ese galimatías del más puro origen escolástico —y metafórico—, le diría que se fije bien en cómo se puede diferenciar, a no ser verbalmente, de la inteligencia la voluntad, del saber el querer. Y si no me lo tomase a gusto de conceptismos más o menos paradójicos, le diría que medite bien en el querer saber y el saber querer.

Vea usted, amigo mío, un proyectil que va en una dirección cualquiera. Allí hay una fuerza, un movimiento y una dirección. Le desafío a usted a que sepa explicarnos la diferencia entre los tres... conceptos. ¿Qués es una fuerza sino movimiento? Hasta cuando parece en reposo. ¿Qué es un movimiento sino dirección? Aplíquelo usted, si quiere, a la llamada fuerza de la gravedad. O a la llamada fuerza de inercia. Y luego piense si un gran pensador no es un gran queredor, si no brotan los grandes pensamientos de las grandes voluntades, o al revés, si los grandes queredores no han sido grandes pensadores, si las grandes voluntades no brotan de los grandes pensamientos. Y no haga usted caso de esa vaciedad de que uno concibe bien y ejecuta mal. No, el que ejecuta mal es que concibe mal. Y el que no se decide es que no ve.

Y siguiendo el ejemplo de la fuerza, el movimiento y la dirección de éste y del proyectil con él, le diré que, en el fondo, es uno y lo mismo la voluntad, la inteligencia y la expresión de ésta, o sea el lenguaje. Que es lo mismo querer, pensar y decir una cosa. Y en cuanto a considerar la inteligencia como una forma de la voluntad o ésta como una forma de aquélla y el lenguaje forma de los dos, en cuanto a esto dejémoslo a los psicólogos profesionales. ¿O cree usted que vamos a volver a lo de Schopenhauer, de “el mundo como voluntad y como representación”, como si fueran cosas distintas estas dos? Y ya ve usted cómo vamos nosotros, los psicógrafos, cayendo en psicólogos. O los historiadores en metafísicos. ¿Qué hacerle...?

Eso de la metafísica, o de la psicología, es… ¿cómo se lo diré?... algo así como la teología, cosa del Espíritu Santo. Y ya recordará usted, pues le sé lector —como yo— del Nuevo Testamento, lo del libro de los Hechos de los Apóstoles, en su capítulo XIX, cuando San Pablo “llegó a Éfeso” y se encontró con unos discípulos y les preguntó qué espíritu santo habían recibido al creer, y le respondieron que: “ni siquiera hemos oído que haya espíritu santo”. A pesar de lo cual Pablo les bautizó en el nombre de Jesús, y aquellos discípulos, que habían sido bautizados con el bautismo de Juan, el del arrepentimiento —remordimiento—, imponiéndoles las manos les dio espíritu santo. Y dejó a su agudeza el hacer aplicación de ese pasaje de psicografía cristiana a nuestra psicografía nacional.

Y no entremos en lo que luego, en ese mismo capítulo, se dice de: “¡Grande es la Diana de Éfeso!” Porque esto pediría carta aparte. Quedémonos, por ahora, en que los resentidos o remordidos no pueden dar espíritu civil a los que jamás han oído o entendido que haya semejante espíritu. Y menos a los que sólo andan al redondeo de aprovecharse del culto a Diana, única cosa tras que boquean. Y ya sé, amigo mío, que a otros lectores no les bastará esta psicografía en álgebra, sin números, nombres propios; pero es que no hago aquí chismografía. La psique, el alma, no se hace con chismes. Y el que quiera afilar sus entendederas, que las afile.

martes, 16 de enero de 2018

Gascuña universal

Ahora (Madrid), 29 de agosto de 1934

Aquí, en Zarauz, frente al mar Cantábrico, golfo de Vizcaya o de Gascuña. De Gascuña, es decir, de Wasconia, ya que la w inicial, gótica o arábiga, dio g inicial. Gascuña o Wasconia, lo que hoy se dice Vasconia, la tierra de los vascos, wascones o gascones. Lo mismo seguramente que uascones, euscones, hoy corrientemente y antes que los pedantes del regionalismo inventaran lo de euzkos —con su k y todo—, euscaldunes o escualdunes, los que hablan euscara o eusquera, vascuence. Gascuña —en francés, Gascogne— es un romanceamiento, común al francés y al español, de Wasconia. Después han venido las puerilidades heterográficas y lo de querer intrigar al forastero —al extranjero sobre todo— con las k, tz, tx y demás. Aquí mismo hay una EVKO ETXEA, así, con la u en ángulo, a modo de cuña, para mayor extrañeza. Inocentes y, a las veces, envidiables niñerías, mientras no les entre a los niños la rabieta. Todos estos batzokis son a modo de fortificaciones de arena que hacen los niños en la playa; la marea se los lleva. La marea de la cultura románica, hispánica y gálica.

En puerto de esta costa cantábrica pisó por primera vez tierra española Carlos Quinto de Alemania y Primero de España, el primer Austria español. Y un puerto de esta costa de Vasconia —Lequeitio— acogió en nuestros días al último Habsburgo imperial, a Otto de Austria, que aun busca trono. De ese mismo Lequeitio partió al destierro, destronada, Isabel II de Borbón. De ese Lequeitio que lleva en la leyenda de su escudo que derrotó reyes —“reges debellavit— y que sometió a horrendos cetáceos —“horrenda cete subiecit”. Vascos, balleneros y marinos de altura y de guerra. Aquí cerca, en Motrico, se alza una estatua —lamentable como casi todas las públicas— de Churruca, que luchó en la mar por España. Y en Guetaria —aquí al lado—, la de Juan Sebastián de Elcano, el que acabó la primera vuelta al mundo todo, emprendida por Magallanes. También una ridícula estatua —parece de don Juan Tenorio—, y posterior el monumento en piedra, de Victorio Macho, al navegante wascón. Alli se lee los nombres de los que con él volvieron, la quinta parte de ellos, vascos. Todo habla de empresas universales y nacionales a la vez de la universal nacionalidad española, la que descubrió, y conquistó, y civilizó, y cristianizó América.

Y aquí cerca, algo tierra adentro, al pie del Izarraitz —que vale: Peña de Estrella—, en el valle de Loyola —que vale: tablazo o explanada de barro—, el solar de Íñigo, luego San Ignacio, fundador de la Compañía —universal—de Jesús dicha. Consabido es que el nombre Íñigo no deriva de Ignacio, sino que es el romanceo de un viejo nombre ibérico: Enneco. Volví a visitar, al cabo de años, su solar, su casa nativa, convertida en santuario. Casa encerrada hoy, emparedada, como un relicario, y sus aposentos, capillitas. Supeditada la arqueología a la hagiografía, la historia a la edificación ritual. Franqueada la puerta —sobre su dintel, dos lobos (o zorros) guardan un caldero—, en una gran placa de mármol, una breve biografía de Íñigo... en eusquera. No en lengua en que él, desprendido de su explanada de barro —del barro nativo—, mandaba a los soldados del rey de España, que con él defendían, contra el francés, a Pamplona; no en la lengua en que dictó sus cartas y escribió sus Ejercicios, no en la lengua castellana de Arévalo. ¿Es que se pretende forjar un San Ignacio chicamente vasco, vasco regional, un héroe de nacionalismo euscaldún? Íbame luego yo escudriñando por estos vallecitos —al dulce ocaso, como de cerámica—, entre estas montañuelas de mi tierra natal, de mi Wasconia, los semblantes de los indígenas con quienes cruzábamos. En muchos de ellos, sello de carácter loyolesco, jesuítico, primitivo: blandura y terquedad. Blando y terco su espíritu.

Y a tomar el sol desnudo —cuando lo está en este clima—, que se mira en la mar desnuda. Aquí, en esta playa, entréganse bañistas de uno y otro sexo a un relativo y discreto desnudismo, sin hacer mucho caso de los aspavientos y reprensiones de los moralistas loyolescos actuales. En la basílica de Loyola no se permitía entrar a mujeres con los brazos —y no más—al aire. Que no les dé el sol, como no le da a la casa en que vio la primera luz Íñigo ¿Desnudez? Ni corporal ni espiritual. Peligroso desnudarse el cuerpo, pero más el alma. Y eso que el casuismo jesuítico, el de los “casus conscientiae”, el de las inquisiciones de confesonario, es el antecedente del psicoanálisis, método de desnudamiento del alma. Mas no para ponerla a su sol. En una conferencia del jesuita español —vizcaíno como yo— ahora más en moda y al que le dicen biólogo, conferencia que se repartía a las puertas de los templos, leemos cómo “puso Dios Nuestro Señor estímulos somático-psíquicos para asegurar la existencia del género humano”, y que “en el plan de la actual Providencia determinó Dios que viniesen los hombres al mundo por vía de generación.” “De la actual”, ¡ojo!, pues podría suceder que, cambiando Dios los inescrutables designios de su Providencia, decidiese que nuestro linaje se continúe por partenogénesis, por brotes o por esquejes. ¡Lo que es la biología jesuítica al servicio de la moralidad sexual! Y con ello no habría que ostentar, como “estímulos somático-psíquicos”, desnudeces provocativas.

Y, después de todo, ¡qué encanto el de poder volver a bañar el alma en corrientes espirituales de su niñez y mocedad lejanas, en la fresca vena que serpentea entre los recuerdos fundacionales en esta recatada puerilidad wascona, blanca y terca; remontar los años hacia infancia y juventud! Infancia que espiritualmente me duró poco, pues entré pronto —y con aguijón pre-herético— en juventud. Y por ello, al repasarlas, al poner mis recuerdos viejos al oreo del aire natal, me duele el que los jóvenes de hoy, los mozos actuales de esta mi tierra, apenas salgan de niños, se queden en luises o estanislaos, no maduren de seso. Pues este aquí hoy llamado nacionalismo ¿qué es sino producto de retraso y aniñamiento mentales? Ni Elicano ni Íñigo de Loyola, como ni Oquendo, se quedaron en semejante niñez. Íñigo no se quedó en luis. Y los héroes meramente regionales de esta mi bendita tierra ¡qué pobre papel han solido hacer!

Y ahora, a tomar el sol frente al mar abierto de esta Gascuña —Wasconia— de cultura civil y religiosa latina, universal. ¿Cruz ganchuda, pagana, cruz mentida? ¡Chiquillada!

lunes, 15 de enero de 2018

Desde la Magdalena de Santander

Ahora (Madrid), 22 de agosto de 1934

Contemplando desde aquí, desde esta atalaya del peñón costero de la Magdalena de Santander, antaño pedestral de un modesto semáforo, este mar de Cantabria, parte del golfo de Gascuña —Wasconia— o de Vizcaya, junto al que corrieron mi niñez y mi mocedad, aquí, se me vinieron a las mientes aquellos inolvidables versos de lord Byron cuando en su “Childe Harold”, y en el más íntimo y entrañado canto que se haya dado a la mar, le decía a ésta —en inglés, ¡claro!, que en prosa castellana vierto—: “los siglos han pasado sin dejar una arruga sobre tu frente azul; despliegas tus olas con la misma serenidad que en la primera aurora”. ¿Los recordaría aquí nuestra pobre Ena?

En estas costas arribó a pisar por primera vez tierra española Carlos de Gante, el primer Habsburgo de España, el primer Austria propiamente español, el hijo de la Loca de Castilla. En esta tierra y fue luego a enterrarse en Yuste. Desde donde contemplaba la llanada extremeña, un mar también empedernido, de rocas por olas. La tierra rocosa de que salieron Cortés y Pizarro. ¿Qué le dirían las olas de este golfo oceánico cuando venía de su Flandes —y con su cortejo de flamencos— a esta rocosa España?

También ella, Ena, soñaría desde este mirador maravilloso en su vaga e inocente niñez, en la isla de Wight, en el sosiego entre las brumas y las espumas del canal. Las olas, éstas que hacen cabrillas, vendrían a sus pies —a los pies de sus miradas— como sirenas anglicanas, susurrándole en su lengua maternal —el inglés es un susurro marino— viejos cuentos bíblicos de su niñez solitaria. La mar le desplegaría sus olas con la misma serenidad que en la primera aurora y bizmándole con recuerdos de las serenas auroras de su niñez —con sus brumas y sus espumas— le calmaría dolores de madre y de mujer. La mar sin una arruga sobre su frente azul, la mar serena. No siempre.

No siempre, no; que tiene sus galernas. Aquí ha quedado el recuerdo de una, el sábado de gloria de 1876, cuando arrugó y más que arrugó la mar su ceño, se encrespó, se enfureció, y arrancó las vidas a pobres trabajadores de la mar, pescadores de altura. Queda vivo el recuerdo, y queda en un hermoso canto de Marcelino Menéndez y Pelayo, que fue un poeta. Hasta en la erudición. La mar tiene sus galernas y pierde la serenidad. Como las tiene el pueblo. Y esto hubo de sentirlo Ena —luego Victoria— cuando un día oyó el rumor del oleaje del pueblo en revuelta, que no revolución. Ya antes, apenas al pisar tierra de España, el día mismo en que iba a compartir el trono, oyó el estampido de la barbarie y llegó a salpicarle la sangre. Y aquel estampido salvaje debió retiñirle en adelante. Con el susurro de estas olas, de estas sirenas anglicanas, que venían a morir al pie de sus miradas, debía recibir el resón agorero de aquella bomba de la calle Mayor de Madrid. Era para vivir en espíritu, ausente de toda patria terrenal.

Sí, la mar tiene sus galernas; pero su fondo, sus honduras, siempre inmutables. Las galernas, por terribles que sean, son pasajeras y son superficiales. Le fruncen el ceño, pero no le dejan arrugas en la frente. Y es que la mar es siempre niña. Con la maravillosa antigüedad del alma de la niñez. Y así el pueblo. Sus revueltas —a que los pedantes de la política llaman revoluciones, hasta cuando no lo son— le dejan intacto el seno de sus honduras. Este seno del pueblo, su entrañado regazo, hay un arado —arado de tradición— que se lo ara año a año y aún día a día, y hora a hora —“ahora y en la hora de nuestra muerte”— y lo demás, esas revueltas, es como arar en la mar.

Esos pobres políticos profesionales, de partido —de izquierda o de derecha—, esos que creen que el pueblo es arcilla en que cabe ejercer de alfarero para dar gusto a los dedos y recrearse en el placer de crear —ánforas o botijos—, esos pobres políticos cuyo hipo es tumbar al que ocupa el puesto del mando —mande o no—, provocar ese ridículo juego de la crisis, esos hablan algunas veces de la emoción popular. ¿Emoción poular? Ni antaño monárquica, ni hogaño republicana. Al seno del pueblo no llegan esos oleajes, ni sus espumas. Los siglos han pasado sin dejar una arruga en su frente que suda trabajo cotidiano. Tiene, sí, el pueblo sus oleajes y hasta sus galernas, pero son superficiales y pasajeras.

Cada vez que uno oye vaticinios o anuncios de conjuras, de conspiraciones, de revueltas, de revolución acaso, ya de renovación monárquica, ya de rescate —ese pintoresco rescate— republicano, no puede uno por menos de sonreírse —o de reírse tal vez—, sobre todo si ha sabido soler contemplar al pueblo como se contempla al campo y a la mar. Y se dice uno: “¡Bah! ¡Cosas de oficinistas!” ¿Que tal papel está a diario voceando —voz de papel, en que un cucurucho de éste hace de bocina— revoluciones? ¿O anunciando sus invenciones de golpes de Estado? Eso es peor que histeria. Porque es histeria simulada. Alguna vez, ataque epiléptico de actor en tablado.

Cuando desde aquí, desde esta atalaya de la Magdalena de Santander, la pobre Ena —luego Victoria—, oyendo a las sirenas anglicanas se distraía de sus pesares regios, alguna vez le llegaría el retintín de los susurros palaciegos, de camarillas, que decían de crisis y de favoritismos y de enredos. Pero eso no era ni el estallido de la bomba de boda ni el griterío de la asonada de la despedida revolucionaria. Y hoy los mismos susurros, las mismas camarillas. Sólo ha cambiado el nombre. ¿Renovación? ¿Rescate? Ni lo uno ni lo otro. ¿El pueblo? Es sordo para todos los afiliados a los partidos todos. Ni su tradición es la de los sedicentes tradicionalistas ni su revolución la de los que se dicen —por decirse algo— revolucionarios.

Escribo estas líneas aquí, en el que fue palacio real de la Magdalena y hoy es la sede de la Universidad de verano y las escribo frente a la mar en cuya frente no han dejado arrugas los siglos y trayendo en mi alma española el alma de mi pueblo sordo a programas, sean de renovación o de rescate.

domingo, 14 de enero de 2018

La rebelión de la chiquillería

Ahora (Madrid), 14 de agosto de 1934

Alguna vez, en alguno de estos mis escritos volanderos, he empleado, en remedo de nuestra ya consabida frase —originaria de José Ortega y Gasset— de la “rebelión de las masas”, esta otra: la rebelión de la chiquillería. ¿Es masa? Acaso, pero muy poco maciza, y por ello, en ciertos casos, más peligrosa. Más difícil de destruirla.

La eficacia, duradera de esas condensaciones de chiquillería es muy escasa. Las distintas asociaciones escolares —algunas con protección oficial— que he visto formarse han durado muy poco. Y es ello muy natural, pues les falta principio de continuidad. La masa escolar —me refiero a la universitaria principalmente— se renueva casi a cada año. Los directivos de ella —si es que se somete a dirección— suelen ser de los dos últimos cursos de la carrera. Y de aquí resulta que sólo persisten —y no mucho— aquellas asociaciones escolares patronadas, controladas y dirigidas por mayores, por no escolares. Y si me arguyera con lo que pasaba en naciones extranjeras diré que sus masas escolares, sus estudiantinas, difieren diametralmente de las nuestras. Ésta, la nuestra, nuestra masa escolar, no ha tenido en estos últimos tiempos ningún propósito bien definido y madurado. Por lo cual ha concluido, muy castizamente, en la guerra civil intestina.

Mas dejando para otra ocasión el examen de los últimos movimientos estudiantiles de España, quiero que nos fijemos en el fenómeno social de que la chiquillería —es su verdadero nombre— empiece a desbordar a la gente madura y experimentada en casi todos los partidos, pero sobre todo en los que llamamos extremos. Las ya famosas juventudes lo delatan. Juventudes que —lo he dicho más de una vez y he de tener que repetirlo, por desgracia, otras muchas— son más bien infancias o niñeces. Les dan tono y tino muchachos de diez y ocho a veintidós años de edad natural y civil, pero que en edad mental los más de los que conozco apenas si llegan a los siete años. Y así luego su acción sale de desentonada y desatinada. Hacen el efecto de aquellos chiquillos que solían ir por la calle, cogidos de las manos, y canturreando: “A tapar la calle, que no pase nadie...” Y aun se les ha visto a esos deportistas de la revuelta —no revolución— obligar en una carretera a los automóviles a que se pararan para dejarlos pasar.

¿Doctrinas? ¿Ideales? No es más que juego. Sólo que juegan ya con fuego. De armas de fuego. Y jugando así, bajo excitaciones de película, le quitan la vida al primero que se les atraviesa en el camino. Al fin y al cabo, aquello de los batallones infantiles y luego lo de los exploradores o “boy-scouts” era, al parecer al menos, más inocente.

Partidos de ya larga organización tradicional —la organización, su disciplina, son una tradición— se ven arrastrados por la inconsciente chiquillería de su llamada juventud. Se dice a las veces que los mayores ponen por delante a los menores —¡y tan menores!— para -escudarse en ellos; mas lo que suele suceder es que son éstos, los menores, los que les sobrepujan. Y el resultado funestísimo.

He de repetirlo. El nivel mental —no le llamemos intelectual— parece haber bajado mucho en nuestra más reciente generación. Su falta de información es aterradora. Sabe poco de todo, pero de historia nacional apenas sabe cosa. Algunos de esos chiquillos hablan mucho de Rusia o de Italia; pero si no saben de esas naciones más que saben de España, de lo que aquí pasa y pasó, aviados, o mejor: desaviados estamos. Acusan a sus padres y abuelos de retóricos; ¿pero y su retórica? Retórica de ademanes y gesticulaciones. Pues el extender el brazo, con la mano abierta o con el puño cerrado, no es más que retórica. Y muy mala retórica.

Y aquí, por vía de inciso, he de decir que me cuesta creer que ningún maestro nacional haya hecho cantar a sus niños, a los de su escuela —en ésta o en el campo— la Internacional ni saludar con el brazo extendido y el puño cerrado. Y me cuesta creerlo pues ello va contra la llamada neutralidad de la escuela nacional y hasta contra el genuino laicismo. Tanto como iría contra éstos el hacerles cantar la Salve o santiguarse. Puesto que aquel himno —el de la Internacional— y aquel ademán, el del puño cerrado, son dos actos tan confesionales como el cantar la Salve o el santiguarse. Y si se me arguyese que en rigor es imposible una enseñanza pública oficial aconfesional, que es un absurdo pretender que el maestro no deje aparecer sus creencias —o increencias, que es igual—, contestaré que eso está muy bien argüido. Ahora, que en una escuela nacional española, el deber del maestro es hacer que el discípulo no ignore la tradicional nacional, popular —esto es: laica—, española Tradición que está por encima —y por debajo— de sus concreciones de partido, secta o confesión particular.

Y volviendo —dejado ya este inciso— a lo de la chiquillería, es cosa de hacemos presentir tristes años de incultura, y hasta de barbarie, el ver el desaforado aturdimiento de esos chiquillos.

¿Doctrinas? ¿Ideales? —vuelvo a preguntar—. La manía —en muchos casos monomanía y hasta paranoica— de esa chiquillería es sobrepujar, es superar a los mayores. Se les ha metido en sus en general angostas molleras que ellos pertenecen a una generación activa y no especulativa. ¡Y hay que ver a qué es a lo que llaman acción!

Ya sé que algunos de esos chiquillos, apuntados en uno u otro extremo, me volverán a decir que no hago con estos mis escritos sino corroer y que debo retirarme —coincidiendo con mi jubilación— a rumiar a solas mis inquietudes y mis escepticismos. Pero en cuanto a disciplina, yo, que llevo más de cuarenta y cinco años haciendo discípulos, sé mejor que ellos lo que la disciplina es. Y como no la hay sin espíritu de crítica, de escéptica, y sobre todo sin información.

Y ahora a los mayores, a los que pretenden dirigir unos y otros partidos, a sus presuntos maestros, que mediten bien en el paradero de la sociedad civil española. Si se le deja a la chiquillería que tape la calle y la convierta en coso de sus deportes, a las veces sangrientos. Y a aquellos de esos mayores —de uno y otro bando contrapuestos— que dejan hombrear a los mocosos por resentimiento, a éstos... ya les pondré otra vez esto más claro. También a ellos los forzarán —no invitarán— al retiro.

sábado, 13 de enero de 2018

Cartas al amigo XV.―A don Eladio Guzmán Hernández, maestro nacional de Canjáyar, de Almería.

Ahora (Madrid), 4 de agosto de 1934

Recibo a las veces cartas de lectores, amigos —aun los, al parecer, enemigos—, discutiendo lo que escribo, concordando o discordando, o en pedido de esclarecimiento. Las aprovecho o las paso por alto. Esto, sobre todo, cuando no son más que desahogos del más triste humor nacional. Y es curioso que las más de esas cartas suelan referirse a puntos de forma, de continente de expresión, y no de fondo, de contenido, de idea. A menudencias de lenguaje a menudo. ¡Pensar las agrias disputas que en todos tiempos han provocado hasta las gramatiquerías! Aunque, si bien se mira a lo hondo, se llega a ver que las personas sienten que cobrar la mayor posible conciencia de la lengua en que se piensa —de la lengua que se piensa— es hacerse conciencia de personalidad y de nacionalidad.

Hoy voy a no pasar por alto una carta, modelo de modestia, de ingenuidad y de sencillez, de un compañero, un maestro de escuela nacional, de la villa de Canjáyar (Almería), que me consulta sobre una de esas menudencias. El caso, insignificante en sí, es éste: En uno de estos mis “Comentarios” parece ser que escribí “preveer” y no prever, y el buen maestro me pregunta que por qué así. Que él leyó en un discurso de don Antonio Maura “preveer”, y así lo escribió en un ejercicio al dictado de unas oposiciones restringidas, que se lo censuraron compañeros, fundándose en la autoridad de los diccionarios ordinarios, y que sospecha, en fin, que acaso por ello se le eliminó en el ejercicio.

Despachemos primero, en obsequio al buen maestro y a sus congéneres, el caso preciso. Y es que se dijo primero, en los comienzos de nuestra lengua, “veer”, bisílabo, y “preveer” y “proveer”, trisílabos, y aun hoy la pronunciación vacila entre la forma arcaica y la corriente y vulgar. Y se conserva “veedor”, con dos ee, y no “vedor”. Uno de tantos casos de proceso en marcha de simplificación. Lo mismo que “veer” fue primero “seer”, y hoy nos quedan “creer” y “leer” —“se cree”, “se lee”—, aunque en el uso corriente digamos “se cre”, “se le”.

Hay otro verbo análogo en que la doble e se conserva, sin que, en general, se haya llegado a la contracción, verbo que por un ridículo escrúpulo no suele escribirse. Y por cierto, figura en cierta muy expresiva frase de los campesinos de por estas tierras cuando se refieren a algún fanfarrón que para darse pisto ahueca, sirviéndose del botijo como de bocina..., ¿la voz? ¡No! Pero basta de esto por hoy, que ya volveremos a estos ridículos escrúpulos y a las palabras y frases proscritas de la escritura.

Y, despachado el caso concreto de la consulta, debo manifestar que me cuesta creer —o crer— que a nuestro maestro se le eliminara de unos ejercicios por esa fruslería ortográfica. Aunque... he inspeccionado algunos de esos tribunales pedagógicos y he formado parte de dos de ellos, y, la verdad, el método y el criterio que se les imponía eran detestables. Figuremónos lo de calificar por puntos. Hasta con sus decimales. Y menos mal que no se les aplica el cálculo infinitesimal. Y luego, esos horrendos tests de la abominable psicometría norteamericana. Y en el caso del lenguaje, el criterio de que la Academia —u otra autoridad cualquiera— es un cuerpo legislativo constituyente. ¡Y los textos que suelen dictarse! A nuestro buen maestro parece que se le dictó uno de don Antonio Solís, aquel “clásico” —¡para textos de clase!— del siglo XVII, redicho y remilgado, que hablaría en lengua escrita, y no, ¡claro es!, de Bernal Díaz del Castillo, aquel castizo soldado que hablaba con su pluma —o mejor, dictó su Crónica— castellana. Y si se le hubiese dictado el discurso de don Antonio Maura a que se refiere, ¿se le habría dictado “preveer” o “prever”? Aunque, ¡como don Antonio fue presidente de la Academia de la Lengua...! Pero ¿quién sabe si el taquígrafo oyó bien y transcribió fielmente la pronunciación del orador? Porque los taquígrafos, quiéranlo o no, a sabiendas o sin saberlo, oyen ortográficamente —no digo ortológicamente— y corrigen así al orador. (Por lo cual yo, por mi parte, no respondo de tales correcciones cuando se me hacen.)

¡Cuánto va a costar el que se enseñe a nuestros maestros a que enseñen la lengua como una fuerza viva, hablada y popular! A que para ello la aprendan del pueblo. Y se den a darse conciencia de ella y a desentrañarla. A poner a luz y a son sus entrañas. Y a huir de pedanterías ociosas.

Y digo ociosas porque hay pedanterías útiles y hasta necesarias. Pedante quiso decir primeramente el dómine que iba a enseñar a las casas la gramática, a leer y a escribir, a los niños; lo que hoy llamaríamos pedagogo. Y el pedagogo es, en rigor, un pedante. El que esto dice, que se ha ganado su sueldo enseñando historia de la lengua castellana, suele aplicarse a pedanterías útiles. Como cuando, para restaurar el valor primitivo y expresivo de una palabra, la remoza. Ahora, cuando no viene a cuento...

Y lo digo a cuenta de otro correspondiente que me escribe quejándose de que se le reprochó por escribir “trajino”, en vez de “trajín”, en una carta comercial. Pues lo que él me dice: “trajín” es apócope —es la palabra que usa— de “trajino”, y éste, el sustantivo sacado directamente de “trajinar”. Sin duda como “desdén” y “desmán” son apócopes de “desdeño” y “desmande”, sacados de “desdeñar” y de “desmandarse”, y, sin embargo, nadie emplearía éstos sin pasar por pedante de ociosa pedantería. Ahora, si para hacer sentir que cometen desmanes los que se desmandan o se salen del mando escribiera “desmandes”, la cosa variaría. Porque hay pedanterías no ya útiles, sino indispensables. Y otras...

Mas no sigo, no sea que me rebrote el mal humor que me dictó mi recién reeditada novela Amor y Pedagogía. O…

viernes, 12 de enero de 2018

Al pie de una encina

Ahora (Madrid), 1 de agosto de 1934

Era en un día de bochorno veraniego. Mi hombre se salió al campo, pero con un libro, y fue a tumbarse a la sombra de un árbol, de una encina, a descabezar una siesta, alternando con la lectura. Para hacer el papel de que se hace un libro hay que abatir un árbol y que no dé sombra. ¿Qué vale más, el libro, su lectura, o el árbol, la siesta a su sombra? ¿Libro y árbol? Problema de máximos y mínimos.

Empezó mi hombre, medio distraído, a leer —en el libro de papel, no en el de la naturaleza, no en el árbol—, cuando un violero, un mosquito, empezó a molestarle con su zumbido chillón, junto al oído. Se lo sacudió, pero el violero seguía violándole la atención de la lectura. Hasta que no tuvo otro remedio que apachurrarlo de un manotazo. Hecho lo cual volvió al libro. Mas al volver la hoja se encontró con que entre las dos que le seguían quedaba el cadáver, la momia mejor, de otro violero, de otro mosquito. ¿De cuándo? ¿De cuántos años hacía? Porque el libro era de una edición antigua, más que secular. ¿Cómo fue a refugiarse allí, a las páginas de aquel viejo libro, aquel mosquito, cuya momia se conservaba de tal modo? ¿Qué había ido a buscar en ellas? ¿Acaso a desovar? ¿O se metió entre página y página después de haber desovado? ¿Sería un violero erudito?

“Y quién sabe —se dijo mi hombre— si este violero que acabo de apachurrar no era un descendiente en vigésima o centésima generación, tataranieto de tataranieto de aquel otro cuyo momia aquí se conserva? ¿Y quién sabe si este violero que acabo de apachurrar no me traía al oído la misma sonatina, la misma cantinela, la misma violinada de aquel otro, de éste cuya momia aquí calla?” Y empezó a retiñirle en el oído el retintín de la violinada del violero que apachurró. Y cerró el libro, dejando dentro de él la momia del antiguo violero. ¿Para qué leer más? Era mejor oír lo que le dirían el campo y sus criaturas.

Y ya no osó atentar contra ninguna de éstas. A una hormiga que empezó a molestarle se la quitó de encima y la puso en el suelo, a que siguiera su ruta. “¡Pobrecita! ¡Que viva!” — se dijo—. Y se puso a pensar en eso de la hormiga y la cigarra. Y en que si ésta canta, o mejor guitarrea, no lo hace en ociosidad sino que guitarrea con los élitros, con las alas, mientras chupa la savia del olivo con su trompa clavada en él. “¡Admirable trovador! —se dijo— que toca y chupa a la vez. Soplar y sorber no puede ser, pero con cierta habilidad cabe mamar y tocar la guitarra a un tiempo mismo.”

Luego le dio en la cara un vilano, una de esas semillas volantes del cardo corredor. La pobre flor presa de la planta, y ésta presa por las raíces del suelo, no puede si no deja caer la semilla, pero he aquí que ha sabido darle alas que la lleven, al hilo del viento, a desparramarse a lo lejos. La planta es sedentaria; la semilla, no. El vilano la lleva a extenderse por el suelo. Y olvidado mi hombre de los dos violeros y de la hormiga y de la cigarra se puso a leer en el libro de la naturaleza —el otro cerrado— cosas que había ya leído en libros de papel. Porque son éstos los que nos enseñan a deletrear en el otro. Y también el arte es naturaleza, que dijo Schiller.

Y empezaba a ganarle la modorra cuando le dio en la cara uno de esos filamentos —hilachas— volantes a que en francés se les llama “fils de la Vierge” —hilos de la Virgen, ¡poético nombre!— y en tierras castellanas “babas de buey”. Que también es nombre poético, aunque a primera oída no lo parezca. Y que son hilos de araña —como las hebras de la telaraña— en que el animalito, hilándolos de sus entrañas, se lanza al aire en busca de nuevo asiento. (En mi obra La agonía del cristianismo he tratado, metafóricamente, de ello.)

Y mi hombre, aleccionado previamente por los libros, se puso a meditar —a fantasear mejor— sobre la araña y sobre su hilo de la Virgen, sobre su baba de buey. No había tejido tela para esperar en ella a que cayese presa alguna pobre mosca, sino que, navegante aérea, aeronauta errante, se había lanzado a caza en hilo de sus entrañas. Y creyó sentir mi hombre la palpitación de las entrañas de la araña en sus propias entrañas. ¿Pero es que en el zumbido del violero no iba también temblor da entrañas? ¿Y no había temblor de entrañas en las páginas del libro? Y recordó ese precioso dicho de las mujeres del pueblo campesino cuando dice alguna de su marido: “el mío es tan bueno que se le lleva con una baba de buey...” Y aunque a las veces piense al decirlo, en la baba salival del buey de arado y no en la otra, dice, aun sin saberlo, que al hombre bueno se le lleva con hilo de las entrañas.

Se acordó entonces de que una especie de romadizo que había padecido en un tiempo, una comezón en las fosas nasales, le dijeron —hombres de libros, ¡claro!— que provenía del polen de las flores de unos árboles. El temblor nupcial de aquellas flores le dio a él aquella molesta comezón. Y todo, violero, hormiga, cigarra, araña, flor, todo le enseñaba lo mismo. Arriba, en la encina, la candela, su recatada flor, empezaba a hacerse bellota. Y se acordó de cómo con el corazón de la encina, con el rojizo rollo intimo de su leño, casi como si dijéramos con su tuétano leñoso, hacen los charros dulzainas en que canta el corazón de la muerta encina.

Y con todo ello sintió mi hombre un profundo asco de aquella otra vida —la política— en que se había visto enredado, como una mosca en telaraña, y de las hormigas, y las cigarras —que cantan y chupan a la vez— y de las babas de buey y de los violeros políticos. Recogió el libro cerrado, mas al recogerlo se cayó de él, de entre sus páginas, ¿la momia del viejo violero?, no, sino un recorte de periódico, que le servía de señal, y en que venía estampado un manifiesto electoral de partido. Cogió el recorte, hizo un hoyo en la tierra, al pie de la encina y la enterró allí. “¡Bah! —se dijo—, si un día se hace una dulzaina del corazón de esta encina no cantará en ella ese manifiesto político electoral.” Y se fue. Se fue puesta la mira en otros tiempos y otros lugares que los de hoy y de aquí.

jueves, 11 de enero de 2018

Delirium furibundum

Ahora (Madrid), 28 de julio de 1934

Otro golpe a la Spagna cattolica e rivoluzionaria, de Niccolo Cuneo. El cual, después de lamentarse, al final de su obra, de que la revolución española —así llamada— no marcha por el mundo, por la grandeza de España, a la conquista del mundo, “como otras modernas revoluciones”, añade que no hay en ella ni la virilidad y embriaguez de Fausto —se lo brinda a José Ortega—, ni la locura del Quijote —me lo brinda a mí—. Lo de la grandeza me hizo traer a cuenta la frase —por Cuneo, según mi versión citada de Carducci— de “la afanosa grandiosidad española”, con que se empareja lo de Nietzsche de que España se perdió por osar demasiado. Y el recuerdo de la locura de Don Quijote me trae al caso un pasaje de mi Soeren Kierkegaard, el gran danés, en que comenta aquél del capítulo primero de la parte segunda de nuestro libro —el Quijote— en que el Caballero, cuando catándole el juicio el barbero y el cura, al dar éste las nuevas de la Corte, y entre ellas, que “el Turco bajaba con una poderosa armada y que no se sabía su designio ni adonde había de descargar tan gran nublado”, exclamó que Su Majestad no tenía sino tomar su consejo. Recelaron de su locura barbero y cura; le rogaron que declarase su consejo; resistióse a ello el hidalgo; mas al cabo, así como en secreto de confesión, exclamó: “¿Hay más sino mandar Su Majestad por público pregón que se junten en la Corte para un día señalado todos los caballeros andantes que vagan por España, que, aunque no viniesen sino media docena, tal podría venir entre ellos que sólo bastase a destruir toda la potestad del Turco?” Con lo que cura y barbero, y ama y sobrina, se percataron de que Don Quijote seguía tan loco como antes. Según Soeren Kierkegaard, más loco aún. Oigámosle.

“Como es sabido, creía Don Quijote —dice el gran danés, un Quijote también— que era un caballero andante; mas no culmina en esto su locura: Cervantes era más profundo.” Y, después de mentar el susomentado pasaje, añade: “Ya el ser un caballero andante es, si se quiere, obra de un medio loco: pero el poblar (“befolke”) toda España con caballeros andantes es, en verdad, un delirium furibundum” Y a cotejar ahora este “delirium furibundum” kierkegaardiano con los “contorcimenti dell' affannosa grandiositá spagnola”, según Carducci.

¡Tantos hemos puesto en ello nuestras manos! El que esto os dice, en su Vida de Don Quijote y Sancho, y en el final de su Sentimiento trágico de la vida, y en otros muchos escritos, ha azuzado esa afanosa grandiosidad y ese delirio furibundo. A tal punto que al traducírsele al francés algunos ensayos se añadió a su título —invención del traductor— de Verdades arbitrarias, este subtítulo: “¿España contra Europa?” ¿Contra Europa? ¿Como en la Contra-Reforma?

Mas he aquí que llega esa llamada revolución, a la que, según Cuneo, le ha faltado quijotismo, y reaparecen la afanosa grandiosidad y el delirio furibundo. Había que asombrar al mundo. Nuestra revolución republicana tenía que ser un ejemplo para los pueblos civilizados, y su Constitución, un dechado de constituciones. No habría en ella aquellas candorosidades de la de Cádiz y aquello que se dice —no lo he comprobado— de que allí se decretaba que los españoles serían honrados y benéficos, pero, en cambio...

Había que hacer una Constitución internacionalista, socialista y pacifista. Y para ello se empezó votando que “España es una República democrática de trabajadores...” (art. 1.°), así, sin más, aunque luego hubo que añadir: “de toda clase”, con lo que la declaración se quedó en puro afanoso camelo. Como en el artículo 6.° se propuso primero decir que “España renuncia solemnemente a la guerra”, sin más; pero después se le quitó solemnidad a la declaración, quedando en que “España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional”; otro afanoso camelo. Y otro en el artículo 46, en que se dice que “la República asegurará a todo trabajador las condiciones necesarias de una existencia digna”, y éste es camelo de afanosa dignidad. Es más modesto —y más divertido— lo del artículo siguiente, el 47, de que “la República protegerá en términos equivalentes a los pescadores”. Que también éstos tienen derecho a una existencia digna. Digna de pescadores, claro está.

Así, excluyendo de ciudadanía a los no trabajadores, asegurando a los trabajadores todos, incluyo los pescadores, las condiciones necesarias de una existencia digna, renunciando solemnemente a la guerra y disolviendo las “Órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado” (artículo 26), se quería crear un nuevo pueblo y, por el placer de crearlo, hacer una nueva España, auténtica, de afanosa grandiosidad y de delirio furibundo quijotesco revolucionario. ¿Y el pueblo?

El pueblo, que, medio soñando, se había dado una mañana, en unas elecciones, media vuelta en la cama —dicen que hacia la izquierda—, esperaba qué sería lo que hubiese de salir de todo ello. Y como, fuera de las mandangas constitucionales, no saliese nada, los delirantes furibundos de la revolución —revoltosos y no revolucionarios—, inquietos ante la espera pública y para darse conciencia de vencedores —que no la tenían—, se entregaron, desatraillados, a la descompostura de quemar iglesias y conventos indefensos. Y empezó a antojárseles a los revolucionarios constituyentes el Coco de la reacción monárquica y empezaron a padecer, con la manía persecutoria, la perseguidora. Y se decretó aquella desvergonzada Ley de Defensa —más bien de ofensa— de la República, que remachó el “delirium furibundum”, y no de caballeros andantes cabalmente.

Y luego Sancho, el buen Sancho, el pueblo de la media vuelta en la cama, se percata de que lo de los “trabajadores”, y lo de la renuncia a la guerra, y lo de las “condiciones necesarias de una existencia digna”, y lo de la “especial obediencia” y otros tópicos constitucionales así ni dan trabajo, ni atajan el paro, ni dignifican la existencia, ni emancipan la vida civil, y en ello están hasta los pescadores. Y que nada de eso tiene que ver con la grandeza —si se quiere, grandiosidad— española, ni con la locura —si se quiere delirio furibundo— quijotesca. Y que no hay modo de rehacer a un pueblo —por el placer de crear— tomándole como masa (arcilla) de alfarero, que se deje heñir en el torno del alfar republicano, ánfora o botijo de una nueva civilización. Sancho, el buen Sancho, sabe que Don Quijote no era un alfarero así; la mira de sus miras es sosiego al amparo de bonanza para soler soñar en paz y al día la eterna vida que pasa. No le encajan bien alfareros ni menos papamoscas que empapucen con papilla a las moscas antes de paparlas.

Y aún nos queda por decir de la grandiosidad, y del delirio furibundo, y de la revolución a la conquista del mundo del espíritu universal. Y de lo que España puede aún dar de sí.