lunes, 20 de noviembre de 2017

Cartas al amigo III.―A Manuel Abril

Ahora (Madrid), 24 de noviembre de 1933

Andaba yo, mi hondo lector amigo, sin saber a dónde me llevaría la senda que emprendí a la buena de Dios y en busca de excitaciones al comenzar estas cartas, cuando heme aquí que me llega su interview —que así la llama usted— imaginaria conmigo.

Sus palabras, amigo mío, me traen el tono, mejor: el resón —el eco— de las mías propias. ¡Dios se lo pague! Estos son —me he dicho— mis lectores, los míos, los que me hacen; aquellos “de quienes soy”. Estos que nada tienen que ver con la mal llamada literatura: una mujer inteligente, pero indocta; un profesional, empleado, que lee desde chico más o menos, pero que no sabe historia literaria y menos preceptiva; otros dos en las mismas condiciones, y usted, mi buen amigo callado, mi buen Abril, que es literato —sin interrogante—, pero que se olvida entre ellos de que lo es. Y se reúnen ustedes a leer, a leerme muchas veces, después de cenar, caseramente, recogidamente. Dios se lo pague a ustedes, ya que ustedes me pagan mi afán. Y he aquí por qué me enderezan en mi labor de publicista periódico. ¿Publicista? Acaso “privatista”, pues que en privado les hablo y me oyen.

Eso no es el rumoroso aplauso de una turba a la que se le azuza y enardece con latiguillos de cajón. Aquí nos hablamos de fondo a fondo. Porque ustedes me hablan, aunque en silencio. Y les oigo. Son ustedes de los que llamo amigos, de los que me sostienen. El resón, la resonancia de mi voz, que me devuelven, es más que un aplauso. Una sala tupida de muchedumbroso público de mitin no suele resonar íntimamente. Y menos cuando estalla en bullangueras ovaciones. Si alguna vez en alguna iglesia el auditorio rompiera en palmadas al predicador, sería porque éste había perdido toda unción religiosa, todo íntimo fervor de verdad.

Acababa mi última carta al amigo, a los amigos, a ustedes y sus semejantes —y mis semejantes, mis más prójimos o próximos al corazón— diciéndoles que me siento con poder para renovar, mejorar, acrecentar a mi España sin darme a definir regímenes —y menos consustancialidades de ellos—, sin inventar, por ejemplo, una República y decir de ella que es la genuina, sin dictar ortodoxias políticas. Y añadía que hay que ver si esto es o no política. Porque para los suficientes definidores políticos —políticos definidores de partido—, la verdadera República, por ejemplo, es la que ellos definen y cualquier otra es corrompida o pervertida. A lo peor la llaman monarquizante, vocablo de una evidente vaciedad. Más claro sería hablar de una República monárquica, sin rey, como la actual República francesa, burguesa, unitaria y liberal. Burguesa, es decir, para todas las clases económicas; unitaria, sin ciudadanías contrapuestas, y liberal, sin privilegios y sin excepciones para confesiones.

Pero héteme aquí que cuando me proponía —lo que es el mal ejemplo— meterme yo a definidor, se me atraviesa, amigo Abril, su interview imaginaria que me devuelve a mí mismo. Y... ¡al cuerno las definiciones! Me recobro indefinido. Que quiere decir, en cierto modo, infinito. Y por lo mismo, en el mismo cierto sentido —y, por desgracia, incierto— eterno.

Ustedes, mis amigos, mis más semejantes, mis más prójimos, los más cercanos a mi corazón, me entienden. Y hacen con su entendimiento que yo me entienda. Los otros, los que no son más que público, dirán que estas son monsergas que saben a religiosidad. Y acaso desde su punto de vista ciega acierten. Es el sentimiento religioso civil, laico, el que trato de despertar y suscitar entre mis prójimos españoles. Y siento que a ustedes, a los que me leen con entendimiento de querer, les anima sentimiento religioso —no siempre trágico— de la vida histórica civil. Y que no hacen maldito el caso de ortodoxias políticas —esto es: civiles— de partido. Que no hacen caso de que se les quiera definir un régimen. Ni le hacen a los agitadores —revolvedores mitingueros. Y menos a los tratadistas.

¡Definir! ¡Definirse! ¡Ah, si yo hubiese elaborado un programa, un sistema de gobierno, y acaso un tratado! Como aquel de Las Nacionalidades, v. gr, del ingenuo Pi y Margall, que sirve hoy de Corán a una secta política española. ¡Pero este no recogerme para articular o estructurar ese sistema; este no saber hacerlo, sino desparramarme en artículos volanderos; este ir con ellos dejando —y sembrando mi sentir del momento cotidiano, con sus íntimas y fecundas contradicciones...!

En cierta ocasión, uno de esos adoradores de la definición sistemática me decía: “¿Pero por qué no se pone usted, don Miguel, a redactar su obra definitiva, en la que ordene y concentre su pensamiento integral?” “¿Definitiva? —le contesté—. ¡Ah. sí!; que escriba un volumen siquiera de cuatrocientas páginas, con notas, y apéndices, y aparato bibliográfico, y a poder ser con gráficos; un libro así como de texto, o mejor, de consulta... ¿es lo que quiere? Y de investigación, por supuesto, y no estas ligeras fruslerías periodísticas...”

¡Ay, amigo Abril; si usted y esos otros cuatro mis prójimos, mis semejantes, que a las veces se reúnen después de cenar para leer en voz alta estas palabras que al azar de mi paso por los senderos de España me brotan mientras ella se descoyunta y desvencija; si ustedes supieran lo que me las arranca…! ¡Esos chasquidos que me llegan del subsuelo espiritual que se agrieta y resquebraja; de los cimientos de la Patria que se estremecen...! ¡Y a todo esto definiciones ortodoxas de republicanismo o de monarquismo, de marxismo o de fajismo, de internacionalismo o de nacionalismo! ¡Cuánta suficiencia! Suficiencia… insuficiente.

“¿Pero este hombre, qué quiere?” —se me dicen—. Lo que usted, amigo Abril, dice —y Dios, repito, se lo pague— en su interview imaginaria; entonar más que enseñar, adentrar más que dirigir, concentrar. Y que mis semejantes se entonen, se adentren y se concentren. Y por eso más música que letra, más melodía que literatura. Que todas esas oquedades de derecha e izquierda, de Monarquía y República, de marxismo y fajismo, todo eso y lo como ello nos está rompiendo la cordialidad religiosa íntima. Y ustedes, mis semejantes, entienden lo que quiero dar a entender con esto. ¿Es que voy, en servicio de mi patria, a inventar otra República cualquiera para decir luego, con petulante suficiencia, que es la de buena ley, la legítima, y la de enfrente contrahecha y sospechosa? Dios me libre de tal desvarío.

“Pero bueno, y en concreto..., ¿qué?”, se me preguntará por uno de esos que son los otros, los desemejantes, los lejanos. ¿En concreto? Que estas cartas al amigo, a los amigos, a los semejantes, a los prójimos o cercanos, no son programa político —¡qué va...!— ni menos electoral; que con ellas no busco sufragios —suelen darlos los fieles creyentes católicos a las ánimas de sus difuntos— y que me doy por pagado si me llega de los míos el resón —el eco— de mis palabras. Y si suscita en mí, a mi vez, otro, que así comulgamos los unos con los otros. Y en cuanto a definiciones, usted, amigo Abril, que leyó en ese pequeño cenáculo casero mi Niebla, recordará aquello de que hay que confundir. Pues bien, ahora les digo que hay que indefinir. Tenemos que librarnos —y libertarnos— de facciosos de derecha, de izquierda y de centro, de inventores de dogmas, de falsificadores de la Historia, de inquisidores y de definidores. Pero esto de la indefinición pide carta aparte.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cartas al amigo II.

Ahora (Madrid), 11 de noviembre de 1933

Quedaba en mi carta anterior, mi buen amigo y lector, en que... Mas antes, ¡qué ventaja esto de poder dirigirme a uno y no a una masa! Pero uno que aun no siendo masa es legión, es muchedumbre, es pueblo. Poder dirigirme a cada uno y no a todos. Y menos formando partido. ¿Ha observado usted, lector amigo, qué es lo que en esas arengas electorales, en que tanto se niega y apenas si se afirma algo, más suele aplaudirse de un extremo al otro? Da pena. Y ahora con la radio se ha ensanchado el radio de acción de esas propagandas, pero habría que saber la impresión del solitario radio-escucha que las oye libre de la presión de la masa. Por mi parte, le cuento a usted, lector amigo, libre de esa fatídica presión y prisión. Y me hago la ilusión —todo lo es— de que estamos hablándonos a solas y en voz baja, fuera del engaño.

Digo, pues, que en mi anterior carta decía que el toque está en la individualidad, en el individuo, para nosotros en el hombre español, y si éste, el español, es para España o España es para el español. El terrible para... Y acababa en que hay que tocar en relación con ello en eso del placer de crear, que dice el político poeta. Que dijo Azaña en las Cortes en el discurso que de más adentro le brotó. De más adentro del corazón.

Cuando oigo decir que hay que estar al servicio del Estado, de este leviatán, como le llamó Hobbes, de este monstruo —benéfico o maléfico— a quien nadie aún, que yo sepa, ha sabido definir bien; cuando oigo hablar de ese ídolo tanto de comunistas como de fajistas, me acuerdo de aquellos días en que nosotros, los hijos del siglo XIX, los amamantados con leche liberal, leíamos aquel librito del hoy casi olvidado Spencer —el ingeniero desocupado que dijo mi amigo Papini— que se titulaba El individuo contra el Estado. En él nos inculcaba lo malo que es el exceso de legislación. Eramos, más o menos, anarquistas. Queríamos creer que las heridas que la libertad hace es la libertad misma la que las cura. No nos cabía en la cabeza —y menos en el corazón— que se preguntara: “¿Libertad, para qué?” La libertad era para nosotros un para qué, una finalidad. Libertad para ser yo yo mismo. O mejor para hacerme yo mismo. Que ya Píndaro dijo lo de: “Hazte lo que eres.” Libertad del español, por caso, para hacerse español, para forjarse una conciencia de españolidad, sin que se la impusiera el Estado. Que no es la comunidad.

En el fondo, como ve usted, es, traducido al orden civil y político, el principio protestante del libre examen, la raíz de la herejía. Y el principio también de la justificación por la fe. Después nos han traído eso del Estado, del servicio al Estado, y hasta que no hay libertad fuera del Estado y que es el Estado el que la da, el que le liberta a uno. Supongo que de sí mismo.

¡El Estado! ¿Y quién es? Se rezaba hace unos años el rosario en un lugarejo de esta provincia de Salamanca, y como al final el párroco dijera: “Un padrenuestro por las necesidades de la Iglesia y del Estado”, el alcalde, que asistía al rezo, hubo de interrumpirle diciendo: “No, del Estado no. que el Estado son ellos...” Y así se siente. El Estado son ellos, son los otros. Son los que amenazan con una u otra dictadura. Son los anti-liberales de derecha o de izquierda. O de dentro. Y hay que estar al servicio de ellos, al servicio del Estado. Para lo cual partidos numerosos y rígidamente disciplinados, o sea ortodoxias. El hereje puro, el que llaman independiente, es el enemigo. Su labor es la nefanda.

Y cuando el individualista, aun a su pesar, cuando el hereje, cuando el que no reconoce dogmas políticos, se siente obligado a actuar en lo que se llama servicio del Estado, ¿qué se le ocurre a este siervo al servicio, sea el que fuere —aunque fuere de portero—, para justificarse ante sí mismo? ¡El placer de crear! ¡Y qué bien le conocemos este placer! ¡El placer de crear, de sentirse poeta, sobre una u otra materia, con unos u otros medios! Y la materia pueden ser hombres. ¡Hacer hombres! ¡O ya corporalmente, como un padre, o ya espiritualmente, como un maestro! ¡Hacer un pueblo! ¿Y para qué? Para dejar en la Historia un nombre, o acaso más que eso, un alma tal vez anónima y sin conciencia de sí, una obra. Para sobrevivir en la Historia aunque los venideros no conozcan quién es el que así sobrevive y él tampoco goce de conciencia de sí sobreviviéndose. ¡Aspiración ascética y hasta mística! ¿Pero... el que así vive vida alta y honda por el placer de crear, no es acaso que por debajo está el placer de crearse, de hacerse a sí mismo? El escultor de su alma, que dijo mi amigo Ganivet, el anarquista, no muy grato a alguno de esos poetas civiles. ¿No hay por debajo de ese placer de crear, de hacer un pueblo nuevo —de renovarlo—, el placer de crearse el creador, de hacer que el Estado a cuyo servicio uno se pone, se ponga al servicio de quien le sirve?

¿Es que el que se siente déspota constructivo no se siente así para servir al Estado que le sirva a hacerse?

Si así fuese, ¿qué? ¿Que si un español sintiese que España es para él, ese español se hiciese un alma propia? Terminé uno de mis empecatados sonetos con este verso: “que es el fin de la vida hacerse un alma.” Y no me recuerde usted, lector amigo que lo sepa, que terminé otro de esos empecatados sonetos con este otro verso: “toda vida a la postre es un fracaso”. Lo que parecía querer decir que fracasamos en el fatídico empeño de hacernos un alma. El alma es la obra de uno. Y usted, amigo mío, o yo o el político poeta, no de profesión o carrera, no por triste apetito de poder, no por mandar o por figurar, si usted, él o yo nos dejamos en una obra, tal vez anónima, ¿es que habremos fracasado? Y no se nos hable de arribismo. ¡Necedad mayor! Arribar, llegar, ¿a dónde? Si dejamos una obra en que se exalte y engrandezca la conciencia, en nuestro caso, de españolidad, y con ella de humanidad universal, de universalidad humana, ¿para qué más?

Pero aquí se me viene del fondo de mi liberalismo del glorioso siglo XIX un sentido hondamente individualista de esa conciencia comunal. Y siento que puedo dejar a mi España acrecentada, mejorada, exaltada en las conciencias de los españoles venideros —y de los que sin serlo la conozcan— sirviéndola no ya fuera, sino contra la disciplina de partidos, contra dogmas políticos.

Y contra distinciones de regímenes. Siento que puedo renovar, mejorar, acrecentar a mi España sin darme a definir regímenes —y menos consustancialidades de ellos—, sin inventar, por ejemplo, una república y decir que ella es la genuina, sin dictar ortodoxias.

¿Que esto política no es? Es lo que hay que ver.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Cartas al amigo I.

Ahora (Madrid), 7 de noviembre de 1933

Oiga, mi buen amigo; acción —y a la vez pasión— acaso de las más heroicas de que tengo oído es la de aquel médico, maestro de patología, no curandero, que a la hora de irse a morir reunió en torno suyo a sus discípulos queridos para irles explicando su agonía, de qué se moría y cómo se moría. Seguía el ejemplo de la divina inmortal muerte del Sócrates que soñó Platón. Y no les aleccionó nuestro heroico médico para que aprendiesen a curar, no, sino para enseñarles a saber morir y a saber cómo se muere. Y, por tanto, a vivir, a saber cómo se vive, y no cómo no se debe vivir.

Se dice y repite que la Historia es maestra de la vida, mas ello no quiere decir que nos enseñe a vivir vida pública civil, sino a saber cómo la han vivido los hombres. Y a contemplar la verdad, sea como fuere. No tiene moraleja, pues nadie escarmienta en cabeza ajena, ni conviene. La Historia es la vida misma pública espiritual. Goza —así, goza— de la catástrofe quien la conoce y la estudia.

En todo esto vengo pensando, mi buen amigo, en estos días preñados de historia nacional, en que se me viene pidiendo —sobre todo por parte de diarios extranjeros— que diga cuál creo que haya de ser el porvenir de España, que haga pronósticos. Y hasta que indique recetas. ¡Harto será que pueda hacer diagnóstico! Y nada de recetas. ¿Qué pasará? Antes, qué es lo que está pasando y cómo. Es más hondo y más serio el menester de informador, de reportero si se quiere, que el de profeta. Ver la realidad concreta de cada día, todo lo que hay y nada más que lo que hay..., ¡pues ahí es nada! Parézcanos bien o mal. Bastante es saber cómo se vive, cómo se goza, cómo se sufre, cómo se sueña, cómo se hastía, cómo se muere. Y sin recetas ni moralejas.

Vea un caso el económico. El empeño de una supuesta más justa distribución de la riqueza está estorbando y amenguando su producción. Sube el salario y baja el rendimiento. Es el alza de los salarios lo que hace los parados. La tierra, sobre todo, no puede con la carga. Al empobrecerse los amos se empobrecen aún más los más pobres, los desvalidos, los verdaderos proletarios, no los de la matrícula de tales. Y todo ello le hace ver al clínico que el tenor de vida —standard of life, que dicen los ingleses— está bajando. Y aun derogando a mi propósito de no hacer pronósticos, creo poder afirmar que tendrá que bajar aún más, que todos tenemos que hacernos a la cuenta de haber de rebajar considerablemente nuestras satisfacciones de toda clase, de resignarnos a una vida más implacable.

Ya sé lo que me dirá usted, mi buen amigo, pues ya otra vez me lo dijo, y es que esto vale a predicar no la Buena Nueva, no el Evangelio, sino la Mala Nueva, el Disangelio. Mas esto no es predicar, es prever. Y sin preocupación de proveer. “¡Luchemos hasta contra lo inevitable!”, me dijo usted entonces, y me recordó aquel sublime pasaje del Oberffann que dice: “perezcamos resistiendo, y si es la nada lo que nos está reservado, no hagamos que sea una justicia”, pasaje que tomó usted de mí. Y aquel otro del final del último canto de Leopardi a la retama, la flor del desierto, donde el altísimo poeta le dice que plegará, sin resistir, bajo el peso mortal su cabeza inocente. Traduje yo, en verso, hace años ese canto y puse “mortal peso” donde el original italiano dice fascio mortal, fajo o carga mortal. Y ya estamos en el fajo y el fajismo.

Donde cunden tanto los curanderos, saludadores, animadores, consoladores, arbitristas de toda laya, ¿no ha de haber quien se esfuerce en hacer ver lo que hay, lo que es y cómo es? Ni buena ni mala nueva ni evangelio ni disangelio, sino conocimiento, que es libertad. Porque libertad es la conciencia de la ley por que uno se rige. Planeta que conociese la fórmula de la curva de su órbita sería libre.

Y ahora vengamos a lo de ahora, a lo del día, a las próximas elecciones. O es un acto de examen de conciencia pública civil —¡y religiosa, claro!— o no es nada duradero. Que se den cuenta los electores de lo que piensan, si es que piensan algo. Un acto como el que se prepara no ha de servir sino para que el pueblo se pregunte: “¿y para qué España?” Aquí está la clave, en el para qué. Toda la trágica labor del espíritu humano ha sido y es darle a la Historia un para qué, una finalidad. Se nos pide sacrificios, y los más se preguntan: “¿para qué?” Para hacer España, para que España cumpla su misión en el mundo. Pero, ¿y qué es España? ¿Cuál es su misión? ¿Quién nos la revela? El caso es crearla. ¿Y cómo?

Hay una doctrina determinista, que es la de la interpretación llamada materialista de la Historia, la de Marx. Y esa doctrina acabó creando una ilusión, un engaño, una finalidad, la del opio revolucionario del bolcheviquismo de Lenin, una religión. Y los pobres fieles se figuraron saber para qué habían nacido. Y se resignaron a toda clase de sacrificios, y hasta a vivir peor que sus antepasados los siervos de la gleba. Y contra esa doctrina, aunque íntimamente ligada a ella, por la ley dialéctica de la identidad de los contrarios, de los mellizos enemigos entre sí, contra esa doctrina se yergue y endereza la del fajismo o nacional-socialismo, que crea otra ilusión, otro engaño, otra finalidad, la del opio del nacionalismo. Y sus fieles se figuran que saben para qué han nacido naturales de tal nación y no de otra cualquiera, y hay luego los que se preguntan, acongojados: “¿Y ese para qué a su vez para qué?” Y ya estamos en el nudo de la cuestión.

Insisto, mi buen amigo, en que en el fondo de toda esta agitación revolucionaria y contra-revolucionaria, de todas estas acciones y reacciones, late el eterno anhelo de la conciencia popular por cobrarse a sí misma, por darse cuenta de sí, por saber cuál es su razón de ser, y más que su razón su valor de ser, su finalidad. Dio e il popolo, “Dios y el pueblo”, decía el altísimo profeta italiano José Mazzini, dechado de revolucionarios místicos y prácticos, el que predicó que la vida es misión. Pero esos que dicen: “Dios, Patria...” y lo que la hagan seguir, ¿qué quieren decir con eso de Dios? ¿Recuerdan lo de nuestro místico fray Juan de los Angeles, prototipo de individualistas? Porque aquí está el toque, en la individualidad, en el individuo, para nosotros en el hombre español. ¿El español para España o España para el español?

Mas como esto se enreda y se hunde, dejémoslo para otra vez. Hay que zahondar más adentro en esta remoción del alma nacional que busca conciencia. Y hay que tocar, en relación con ello, en eso del placer de crear, que dice el político poeta.

viernes, 17 de noviembre de 2017

La I. O. N. S.

Ahora (Madrid), 1 de noviembre de 1933

La verdad es que digan lo que quieran las crónicas electoreras somos bastantes los que, hasta ahora, no percibimos —o presentimos— el temblor previo al alzamiento del vuelo de la conciencia común popular. ¿Expectativa de público? Tal vez. Pero público no es pueblo. El público espera emociones de espectáculo. A ver qué pasa. Y si hay hule. ¿Pero emoción de pueblo a espera del destino? Esto no lo vemos todavía. A pesar de los técnicos de la electorería. No hay que fraguar leyendas.

Lo que ha de ver bien claro quien sepa, pueda y quiera ver es la vanidad de los partidos todos, en cuanto partidos. Esos de los comités. Lo que cuenta algo son los sindicatos, corporaciones, comunidades de clase o de profesión. Los llamados agrarios, por ejemplo, no forman partido y se distribuyen entre varios de ellos. Así como los que sienten una especie de conciencia de clase media y otros de clase patronal. En estas tierras en que vivo y trabajo en la enseñanza se da el caso de que en el campo se unen en contra de la clientela de las casas llamadas del pueblo los propietarios, grandes y chicos —son muchísimos más los chicos y los achicados—, los colonos y arrendatarios, y con ellos los obreros calificados, es decir, los que por su competencia contaban con trabajo y jornal seguros. Jornaleros tan proletarios como los otros, como los que formaban en las asociaciones de ineptos, de los sin oficio ni menester, de los que establecían el turno forzoso. Porque eso de los términos municipales y otras medidas análogas, con achaque de acabar con los esquiroles o amarillos, lo que ha hecho ha sido evitar la selección de los eficientes. Y a esta agrupación de luchadores contra la clientela de esas casas se le llama, y ellos mismos, los que la constituyen, la llaman anti-marxista, aunque el marxismo no entre aquí para nada. Que nunca ha sido marxismo esto de organizar al ejército de reserva de los inválidos, los holgazanes y los ineptos para establecer una nueva ley férrea del salario, de un salario antieconómico cuando no corresponde al rendimiento, cuando hace que el coste de producción sobrepuje al valor de la demanda. Las veces que se ha dicho y repetido que si a esos peones del turno de las bolsas de trabajo se les da las tierras a que las cultiven por sí mismos no sacan el jornal que los obreros calificados.

Más dejemos esto, que no es ahora más que una digresión, para recalcar en que la lucha electoral no se presenta, donde aparece con algún empeño, entre partidos. Contando entre ellos al socialista, claro está. Porque en la lucha entre las llamadas clases sociales —contando entre las clases, o si se quiere subclases, la de los obreros calificados, de oficio, y los simples braceros— el socialismo, como doctrina política, no cuenta apenas en España. Lo mismo da que se llamen socialistas, comunistas, sindicalistas o anarquistas. O fajistas —fascistas— como empiezan a llamarse algunos de ellos. Son nombres que no responden a realidad íntima de conciencia. Pasan de un título a otro, de la U. G. T. a la C. N. T. o a la F. A. I., o a otra cualquiera, según intereses de clientela, de asociación de seguros mutuos. De seguro contra el paro, por enfermedad o accidente algunas veces, por incapacidad otras veces.

Y ya que hablamos de fajismo —o fascismo— conviene fijarse en una fatídica característica que este movimiento, tan mal traducido entre nosotros, va tomando en España. Lo que de él se destaca es el aspecto de la violencia, de aquella violencia que predicó Sorel. Pero aquí empieza a predicarse una violencia no juvenil, sino pueril; una violencia de rabieta vocinglera de chiquillos sin acabado uso de razón ni de conciencia.

Cuando llegaron a nuestras manos algunos escritos de la J. O. N. S., de una infantilidad aterradora, de una vaciedad que podríamos llamar maciza si no implicara esto contradicción; de una palabrería huera, nos dio pena ello. Y nos dio pena porque adivinamos los pródromos de eso que quiere pasar por juvenilidad —por “giovinezza”, digámoslo en italiano— y no es sino infantilidad —“fanciullezza”. Creímos que J. O. N. S. quería decir Juventud Ofensiva Nacional Sindicalista, y lo cambiamos en I. O. N. S., o sea Infancia, etc. Después supimos que la J. quería decir Junta. O Jonta, como las de los moros. Y temimos que esa ofensiva de retrasados mentales, de hombres —algunos de ellos adultos— en la menor edad mental. Temimos por las travesuras de esos “balillas”, estanislaos o “boy-scouts”—léase “bueyes cautos”. Deportismo de chiquillos que juegan a la violencia. Con camisas negras o azules, o rojas, o gualdas, o moradas —más bien lilas—, o pardas. Mejor los descamisados. Temimos por las chiquilladas —a las veces trágicas sin quererlo— de los mozalbetes que al entrar en el retozo preguntan: “¿Qué es lo que hay que gritar?” Porque con tal de gritar, lo mismo les da un grito que otro. La cosa es la violencia verbal pura, sin más contenido que la violencia misma.

Y ahora me creo en el deber de advertir a unos de esos mozos violentos de mentirijillas que al llamarles retrasados mentales no he querido llamarles retrógrados en el sentido que tiene este calificativo en nuestra fraseología política, porque el retraso mental, la puerilidad intelectual, está no ya tan acusada, si no acaso más, entre los supuestos progresistas, o revolucionarios o de extrema izquierda. Lo mismo un extremo que el otro de violencia suponen un retraso mental, una puerilidad de concepción. De modo que al llamarles retrasados no les quise llamar retrógrados en susodicho sentido, ni reaccionarios ni cavernícolas, sino lisa y llanamente… inocentes. O si se quiere, mentecatos. Porque lo de inocentes no les cuadra bien. Puesto que inocente —“innocens, qui non nocet”, el que no daña, el innocuo— es el inofensivo, y los de la junta o la juventud —lo mismo da— ofensiva no son, desgraciadamente, inofensivos. Que no es inocente o inofensivo el parvulillo mental a quien se le deja jugar con armas ofensivas.

¡Esas fatídicas juventudes de partidos desde un extremo al otro! Esas más bien chiquillerías mentales, en que el desarrollo intelectual va en retraso del desarrollo corporal, eso es lo que nos inquieta. Nos inquieta el irreparable daño que puedan hacer los que no saben lo que se hacen. Nos inquieta el estrago que puedan producir los aquejados de la comezón de sobrepujar a los mayores, los enfermos de esa enfermedad infantil de la superación, los obsesionados por hombrear. ¡A cuántos padres les hemos oído lamentarse de esto mismo! Y hasta acongojarse por ello.

Y ahora, dejando de lado el sentido que a eso de la J. O. N. S., con jota, quisieran haberle dado los deportivos, cinemáticos y literatescos “dilettanti” —así, en italiano— no diletantes ni menos dilettantis —que han mal traducido el “fascio” —o fajo— nos hemos tropezado con una I. O. N. S. con i, es decir, con una infancia —mental se entiende— ofensiva. Por lo cual tienen mis lectores, los míos, el perdonarme el que tan a menudo vuelva en este tiempo a este tema —y esta tema— que me está atosigando y hasta torturando, cual es el de los fatídicos síntomas de retraso mental, de puerilización progresiva —o mejor: regresiva— que vengo observando en la conciencia pública política española. Que si por algo se distinguió el español genuino fue por la madurez de entendimiento. Más o menos agudo, más o menos hondo, más o menos brillante, pero maduro. Tan maduros en su juicio Don Quijote, el loco, y Sancho, el simple. Locura sublime y simpleza también sublime, que jamás cayeron en mentecatez.

Y en resolución, que retrasado mental no quiere decir retrógrado, sino mentecato, pero no inocente, no inofensivo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Acerca del voto de las mujeres

Ahora (Madrid), 24 de octubre de 1933

No le cabe a uno zafarse por muy al borde que se quiera poner; la tiránica actualidad exterior es la de las próximas elecciones a Cortes. Y digo exterior, porque hay otras realidades actuales mucho más hondas, mucho más íntimas. Hay profundas corrientes espirituales populares, religiosas y económicas que fluyen por debajo —y por encima a la vez— de la política electorera y de partidos, fuera de esas oquedades de derechas y de izquierdas. Mas de esto otra vez. Ahora a distraernos un poco —hay, a las veces, que aflojar la ballesta— con las cábalas y los cálculos a que se dan los calendarieros y herbolarios de la llamada política. Y uno de los tópicos que entran en sus calendarios y adivinanzas es el del influjo del voto de la mujer, de la entrada de ésta en la política electorera y de partidos.

La mujer y la política. Aristóteles dejó dicho que el hombre es un animal político, es decir: civil. Y lo dijo del hombre —anthropos, homo— que incluye a ambos sexos —los “contrapuestos sexos que mancomunadamente detentamos el planeta” que dijo don Antonio Cánovas del Castillo— y no lo dijo exclusivamente del varón. Pero podríamos precisar más la sentencia aristotélica diciendo que el varón es un animal político y la mujer un animal doméstico. Comentémoslo.

Política viene de “polis”, ciudad, y lo político es lo ciudadano, lo civil y... lo callejero. El hombre —en el sentido de varón— suele ser, cuando se mete en la llamada vida pública, hombre de la calle, hombre de calle. Mientras que la mujer, la genuina mujer, es mujer de su casa, mujer de casa. El hombre es callejero; la mujer es casera. Y como quiera que economía deriva de un vocablo —y concepto— que significa casa y equivale a ley de la casa, es la mujer y no el hombre el animal humano económico. Claro es que no de economía política o de casa pública. No, la mujer genuina, original, no es económica de casa pública. Esta otra economía se queda para los hombres públicos.

La buena mujer es la mujer de casa, casera, no la de calle, callejera. Lo que no quiere decir, claro está, es que no deba intervenir en la vida pública, en la de la ciudad, en la política. Y aun votando y ejerciendo cargos públicos. Que lo hará, si es verdadera mujer, con sentido doméstico, casero, económico. La otra política, la diferencialmente masculina, no le puede interesar a la mujer más que como un espectáculo, un deporte, a modo del cine, o el fútbol o el tenis o el boxeo. Eso les interesa a las señoras y señoritas que acuden a la tribuna pública del Parlamento a matar el aburrimiento, y porque, de seguro, no tienen mucho que hacer en sus casas.

La mujer es un animal político doméstico pero no domesticado ni fácilmente domesticable. Algo así como el gato, en contraposición al perro, que el gato es animal doméstico, casero, pero no domesticado como es el perro. Es famosa la noble independencia felina, gatuna, frente a la servilidad canina, perruna, cínica. Es el perro el que pretendiendo remediar el habla humana aprendió en la domesticidad a ladrar. Y ladra por no aullar. ¿Pero el gato? Al gato —o a la gata, que es igual— no se le han podido enseñar monerías, gracias de mono remedador del hombre. Al gato doméstico, de la casa, del hogar, pero no del amo —que es el político— no se le ha podido adiestrar, como al perro, a andar en dos patas y otras tristes habilidades que no son más que debilidades.

Tampoco a la mujer, a la verdadera mujer, doméstica, casera, económica, hogareña, privada, felina, se le diseñarán habilidades políticas, callejeras, públicas, caninas. Y menos de partidos. Con los gatos no se hace traíllas ni jaurías, ni de izquierda, ni de derecha.

¿Qué es eso de que las mujeres son, en general, de derecha, reaccionarias, cavernícolas? Serán domésticas, caseras, económicas o si se quiere conservadoras. Lo que es diferente. La mujer, guardiana del hogar, guarda más que el hombre el sentido —y el talante— de la continuidad, de la conservación, de la tradición, de la economía. Y no en la pervertida significación que en el abuso del lenguaje político de la calle han tomado la conservación y la tradición. No en el sentido que les dan los partidos. Nuestras mujeres de casa no son —¡alabado sea Dios!— mujeres del partido. Ni del de un extremo ni del de otro.

¿Y esos calzonazos que andan por ahí diciendo que las mujeres votarán lo que sus confesores les manden? Esos infelices no conocen a sus propias mujeres —si las tienen— porque no han sido capaces de confesarlas. Toda mujer doméstica, casera, hogareña, conservadora, económica, tradicional española tiene mucho de aquella Teresa de Jesús que obedecía a su confesor cuando éste le mandaba lo que ella le insinuaba que le mandase y cambiaba de confesor al caso. Dirigía a su director de conciencia. Y esta característica de las mujeres la conocen sus confesores y sus médicos también. Que no domestican, ni unos ni otros, al animal humano doméstico. Las mujeres votarán lo que sus sentidos y sus sentimientos domésticos, caseros, conservadores, económicos y tradicionales les dicten y no lo que les muñan sus hombres, confesores, maridos, novios, amantes, padres o hermanos.

¿Еn qué sentido puede influir el voto de la mujer hoy en España ? Si nuestro examen psicológico de la mujer no marra por completo influirá en refrenar el sentido canino, perruno, de la política masculina, de la política callejera, la de traíllas y jaurías —llámeseles partidos— públicas, de esa política que no acierta a ver la tradición espiritual y económica de la casa española.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Almas sencillas

Ahora (Madrid), 21 de octubre de 1933

O cerveaux enfantins!
Boudelaire. Le voyage

Con motívo de la publicación de mi reciente obra San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, y a propósito de la primera de estas tres historias, la de San Manuel Bueno, he podido darme cuenta otra vez más de la casi insuperable dificultad para las gentes de separar el juicio estético del juicio ético, la idealidad de la moralidad, y por otra parte, separar la ficción artística de la realidad natural Y es que en rigor son cosas inseparables, si es que la ética es otra cosa que estética —o viceversa—y la realidad natural es otra cosa que ficción, el objeto otra cosa que ensueño del sujeto.

Por lo que hace a esto segundo, he de decir que cuando se publicó mi otra historia, la de “Nada menos que todo un hombre”—en mis Tres novelas ejemplares y un prólogo— recibí, entre otras, una carta de una clase holandesa de español —la mayor parte alumnas mujeres—preguntándome si Julia, la mujer de Alejandro Gómez, se entregó o no al Conde de Bordaviella. Cosa análoga me preguntó un grupo de obreros españoles. Y yo, encantado de haber podido dar tal aire de realidad natural a una íntima ficción espiritual, tal intimidad a un ensueño y con ello provocar una curiosidad psicológica, contesté que no había podido descubrir más de lo que narré. Yo, que he sostenido —y sigo sosteniendo— que no es el autor de una novela —así sea Cervantes— quien mejor conoce las intimidades de ella y que son nuestras criaturas las que se nos imponen y nos crean. Y en otra ocasión, al interpelarme un ingenuo, con ánimo pueril, por que le había hecho decir a uno de mis personajes algo de lo que dijo, hube de replicarle: “eso pregúnteselo usted a él”. Porque es triste achaque de ineducación estética al de suponer que es el autor mismo quien habla por boca de sus criaturas y no la inversa, que sus criaturas —mejor: sus creadores— hablan por boca de él. Error de que tenemos la culpa algunos autores por nuestros prólogos desconcertadores. Que nada desconcierta más al lector medio, sobre todo si es de alma sencilla —o sea, menor de edad mental, ¡y feliz él con esto!— que el hundirle en la intuición de la identidad entre la realidad y la ficción, entre la vela y el sueño. Intuición que a muchos les lleva a una especie de desesperación más o menos resignada. Y ya estamos en el problema ético.

Uno de los críticos de mi San Manuel Bueno, mártir, en una crítica muy ponderada y simpática, decía que yo admiro a mi criatura “porque él, don Miguel —añade—, no ha tenido la abnegación de su San Manuel Bueno, evitando, con el recato de su íntima tragedia, el estrago que pueda producir en las almas sencillas su exposición despiadada”. Lo que me recuerda que hallándome pasando una Semana Santa en un célebre monasterio castellano y estando reunido con unos monjes entró el prior—un francés granítico—y con tono agrio me vino a reconvenir por mi obra Del sentimiento trágico de la vida diciéndome que lo que allí dije es cosa que debe callarse aunque se piense, y si es posible callárselo uno a sí mismo. A lo que le repliqué que ello quería decir que él, el monje prior, se lo había dicho muchas veces a sí mismo. Y así calé secreto de su silencio y acaso su íntimo sentimiento trágico, su íntima tragedia.

¿El estrago que pueda producir en las almas sencillas la exposición despiadada de nuestra intima tragedia? Ah, no; hay que despertar al durmiente que sueña el sueño que es la vida. Y no hay temor, si es alma sencilla, crédula, en la feliz minoría de edad mental, de que pierda el consuelo del engaño vital. Al final de mi susodicha historia digo que si Don Manuel Bueno y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su estado de creencia —o mejor de no creencia—, el pueblo no les habría entendido ni creído, que no hay para un pueblo como el de Valverde de Lucarna más confesión que la conducta, “ni sabe el pueblo qué cosa es fe ni acaso le importa mucho”. Y he de agregar algo más, que ya antes de ahora he dicho, y es que cuando por obra de caridad se le engaña a un pueblo, no importa que se le declare que se le está engañando, pues creerá en el engaño y no en la declaración. “Mundus vult decipi”; el mundo quiere ser engañado. Sin el engaño no viviría. ¿La vida misma, no es acaso un engaño?

¿Pesimismo? Bien; ¿y qué? Sí, ya sabemos que el pesimismo es lo nefando. Como en más baja esfera eso que los retrasados mentales llaman derrotismo. ¡Se paga tan cara una conciencia clara! ¡Es tan doloroso mirar a la verdad!. Terrible, sí, la angustia metafísica o religiosa, la congoja sobrenatural, pero preferible al limbo. Y hay algo más hondo aún y es lo que Baudelaire llamó “un oasis de horror en un desierto de hastío”.

Baudelaire en Francia, Leopardi en Italia, Quental en Portugal..., otros en otras tierras que han estado despertando a los durmientes y madurando a los espíritus infantiles. ¡Si fuera posible una comunidad de sólo niños, de almas sencillas, infantiles! ¿Felicidad? No, sino inconciencia. Pero aquí, en España, la inconciencia infantil del pueblo acaba por producirte mayor estrago que le produciría la íntima inquietud trágica. Quítesele su religión, su ensueño de limbo, esa religión que Lenin declaró que era el opio del pueblo, y se entregará a otro opio, al opio revolucionario de Lenin. Quítesele su fe —o lo que sea— en otra vida ultraterrena, en un paraíso celestial, y creerá en esta vida sueño, en un paraíso terrenal revolucionario, en el comunismo o en cualquier otra ilusión vital. Porque el pobre tiene que vivir. ¿Para qué? No le obligues a que se pregunte en serio para qué, porque entonces dejaría de vivir vida que merezca ser vivida. ¿Pesares de lujo? ¿Suntuarios?

Sí, será tal vez mejor que crea en esa grandísima vaciedad racionalista del Progreso. O en esa otra más grande aún vaciedad de la Vida, con letra mayúscula. O en otras tantas en que se abrevan y apacientan esos seres aparenciales que mariposean o escarabajean en la cosa pública, revolucionarios o reaccionarios. Algunos de pobre estofa, pero ricamente estofados. ¡Ay, santa soledad del querubín desengañado!

Muchas veces me he preguntado por qué nuestra palabra “desesperado” —en la forma “desperado”— pasó al inglés y a otros idiomas, y en parte también la palabra “desdichado”. Por desesperación se han llevado a cabo las más heroicas creaciones históricas; la desesperación ha creado las más increíbles creencias, los consuelos imposibles. Y en cuanto a recatar la íntima tragedia por el estrago que pueda producir en las almas sencillas… “la verdad os hará libres”, dice la Sagrada Escritura.

martes, 14 de noviembre de 2017

De nuevo la Raza

Heraldo de Aragón (Zaragoza), 12 de octubre de 1933

El año próximo pasado, por este mismo tiempo y en ocasión del día de la llamada Fiesta de la Raza, coincidente con el de la Virgen del Pilar de Zaragoza, publiqué un artículo titulado “La raza es la lengua”, en que procuraba denunciar el aspecto materialista que suele darse al concepto antropológico de raza. El que le dan los llamados racistas. Y hoy me siento obligado a insistir en ello, en vista de la exasperada barbarie —mejor salvajería— que el tal racismo alcanza, especialmente en Alemania. ¿Pues qué si no salvajería es todo eso de los arios y de la svástica o cruz gamada, que es todo lo contrario de la cruz universal cristiana? ¿Qué si no salvajería es la persecución a los judíos? Y como este racismo y ese salvaje antisemitismo empiezan a echar raíces en nuestro suelo español, aunque sea sólo por obra de “snobs” y pedantes, conviene remachar en lo de raza.

La fiesta de la raza hispánica, de las naciones de lengua española, no puede basarse en el concepto fisiológico, somático o material de raza. Las naciones de lengua española —la lengua es la sangre del espíritu— abarcan razas materiales muy distintas, indios americanos, negros, judíos de secular lengua española —o “lengua español”, que dicen ellos— a los descendientes de hebreos expulsados de España. Sin contar los que de ellos se quedaron aquí y se fundieron en la común nación española. Y conviene añadir que si el mestizaje y el mulataje trajo a pensar y sentir en español a muchos indígenas americanos, y si son muchos los indios puros americanos que piensan y sienten en lengua española, son acaso más los que todavía piensan y sienten, aman y odian, gozan y sufren, ven y sueñan en sus viejas lenguas precolombinas.

¡Y hay que ver las luchas de razas materiales que se entablan en no pocas naciones hispanoamericanas! Para que se le vaya a dar a esa categoría de raza el bárbaro sentido que le dan los racistas, los presuntos arios esos de la cruz gamada y anticristiana. Muchos españoles de lengua —quiero decir hombres cuya lengua de cuna, maternal, era el español, o si se quiere el castellano— que se han distinguido en el cultivo de esta nuestra lengua y suya, han llevado en sus venas mayor proporción acaso de sangre material no española que de ésta, y hasta se ha dado el caso de indio puro o de negro puro que no ha pensado ni sentido sino en español. Y en cuanto a judíos, ¡habría tanto que decir!

Todos esos bárbaros racistas teutónicos y sus pedantes discípulos de aquí —hay quien cree en las fantasmagorías de aquel iluso Drumont— suelen decir y repetir que cuando se pronuncian contra los judíos no es por motivos religiosos, sino de raza. Y mucho más cuanto que no pocos de los supuestos judíos de raza —¡porque cualquiera sabe lo que es antropológicamente la raza judía!— no son judíos de religión, sino cristianos de una u otra rama, y por otra parte los sedicentes arios que los persiguen tampoco son de religión cristiana, sino más bien anticristiana. A tal punto que reniegan de Jesús y de sus apóstoles por haber sido éstos de nacionalidad judaica.

Y sería lamentable que en el incipiente racismo de España entrase la consideración que podríamos llamar, aunque abusando de la propiedad del término, religiosa. Sería, por ejemplo, lamentable que a la dichosa Fiesta de la Raza del día 12 de octubre, conmemorativo del descubrimiento de América, se le quisiera dar un sentido más aún que religioso, escolástico. A lo que se presta el que ese día coincida con el de la conmemoración por la Iglesia Católica de España de la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza.

El principal santuario español durante la Edad Media fue el de Santiago de Compostela, donde por muchos se cree que quien está enterrado es el hereje Prisciliano —desde luego no el apóstol Santiago en su mayor parte mítico—; durante los Austrias, fue el de Nuestra Señora de Guadalupe, y durante los primeros Borbones, el del Pilar de Zaragoza, cuya imagen es de origen francés. Y el descubrimiento de América se hizo el día del Pilar; no sabemos que entre los descubridores figurasen mucho los aragoneses. En cambio, como los principales conquistadores fueron o castellanos o extremeños, y fue extremeño Hernán Cortés, que llevó a Méjico el culto de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, esta imagen fue la que arraigó en tierras mejicanas y se hizo un ídolo de los indígenas mejicanos. Nuestra Señora de Guadalupe se indianizó, se mejicanizó y entró a formar parte del panteón mitológico de aquellos pueblos. Lo que no quiere decir, ¡claro está!, que los más de sus pobres indios mejicanos que rinden culto idolátrico a la Virgen de Guadalupe tengan conciencia católica, ni menos cristiana. “Ídolos detrás de los altares” es como ha titulado Anita Brenner a un libro sobre la... llamémosla religiosidad de los mejicanos. Sin que sea sólo en Méjico y entre los indios donde detrás de los altares o sobre ellos se erigen ídolos. Y a las veces, ídolos de raza material, cuando no de ídolos políticos.

La Fiesta de la Raza espiritual española no debe, no puede tener un sentido racista material —de materialismo de raza—, ni tampoco un sentido eclesiástico —de una o de otra Iglesia—, y mucho menos un sentido político. Hay que alejar de esa fiesta todo imperialismo que no sea el de la raza espiritual encarnada en el lenguaje. Lenguaje de blancos, y de indios, y de negros, y de mestizos, y de mulatos; lenguaje de cristianos católicos y no católicos, y de no cristianos, y de ateos; lenguaje de hombres que viven bajo los más diversos regímenes políticos.