martes, 9 de mayo de 2017

El almendro de D. Nicolás Estébanez

El Sol (Madrid), 29 de septiembre de 1931

El viernes, día 25, armaron un… incidente ruidoso en las Cortes los diputados canarios, y poco después, sin esperar a la sesión permanente, me salí de la Cámara, me fui a dormir ―sin soñar― sosegadamente para venirme a esta sosegada Salamanca. Y aquí he pensado en toda la íntima y simbólica significación del incidente aquel, a la vez que recorría en mi ánimo los recuerdos de aquellas benditas Islas Afortunadas, en que me ha sido dicha vivir dos veces, en 1910 y en 1924.

Antes de proseguir me conviene hacer constar que aquí, en la Península, se les llama canarios a los de las siete islas; pero allí, en ellas, canarios son sólo los de la Gran Canaria, y los otros son tinerfeños, palmeros, gomeros, herreños, conejeros, y los de mi entrañada Fuerteventura, la mayor y más desventurada de las islas, majoreros. Y en todas ellas se desarrolla un cierto espíritu que alguien llama federal, pero que es todo lo contrario de esto. Un cierto espíritu isleño que en ciertos por fortuna escasísimos casos degenera en isloteño, y que es lo más desfederativo que cabe. Un cierto espíritu de máximo aislamiento ―¡qué terrible palabra ésta!―, que, a base de cierto caso individual bien conocido en todas aquellas islas, podría llamarse “almendreño”. Me refiero al almendro patrio de aquel noble, ingenioso, simpático y españolismo lagunero, que fue D. Nicolás Estébanez, republicano ¿federal?, que fue ministro de la Guerra en la infortunada República federal española de 1873, a la que le hizo acabar su propio contradictorio y paradójico ―aquello sí que fue paradoja y no otras que llaman así los mentecatos― federalismo. Y vengamos al almendro.

Es éste uno que hay ―me lo mostraron allí― cerca ya de la Laguna de Tenerife, en la huerta de la casa natal de D. Nicolás. El cual, en una poesía ―hacíalas muy exquisitas―, cantó así: “Mi patria no es el mundo, / mi patria no es Europa, / mi patria es de un almendro / la dulce y fresca sombra”… Y casi todos los isleños cultos ―¡y son allí tantos!― de las Afortunadas se saben de memoria este pequeño evangelio del más radical individualismo… antifederal. Y obsérvese que D. Nicolás salta de Europa a su almendro, suprimiendo España y Tenerife y la Laguna, aunque esto no sea sino fuerza del asonante y necesidad de concentración poética. Mas, por otra parte, ¿no será acaso el más radical individualismo el universalismo más radical? No tuve la fortuna de conocer y tratar a Estébanez; pero estoy seguro que de haberle conocido y tratado ―y ¡cuánto habría yo ganado con ello!―, le habría oído confesar que se abarca mejor el universo desde un almendro que desde una aldea o villa, desde una isla, desde un Estado, desde un Continente o desde el mundo todo. Pero este universalismo nada tiene que ver con el federalismo político. El Universo no es propiamente una Federación. Acaso para ciertos panteístas; pero para los monoteístas, no. Ni sé si los católicos ―esto es, universales― güelfos concebirán al universo redimido como una federación; pero los católicos gibelinos, imperiales, dantescos, no lo conciben así. Y ahora otra vez al almendro.

D. Nicolás Estébanez soñó el universo, y con él soñó la patria al pie de un almendro, a la entrada de la Laguna de Tenerife, como otros españoles la soñaron al pie de un roble vasco, de un pino gallego, de una encina castellana o catalana, de un avellano o algarrobo levantinos, de un olivo andaluz, , de otro cualquiera doméstico, y estos soñadores se hicieron federales a la manera del almendreño Estébanez, y cuando éste era ministro de la Guerra de la República federal acudieron al ministerio en busca de… almendras. Y D. Nicolás tuvo que poner en el antedespacho de su oficina este cartel: “¡La República no tiene destinos que dar!” Y ésta fue la tragedia de la descentralización… federativa. Los almendros nativos no daban almendras para todos. Y quien dice almendras dice otro fruto cualquiera. ¡Y aquellas almendras mismas resultaban tan caras! Porque no hay régimen más caro, más burocrático y de menor equidad distributiva que el régimen que aquí se llama federal, a menos que se le considere como una especie de comunismo, de federación soviética, en que sean agentes de poderes y podercillos públicos todos los de otro modo trabajadores de todas las clases pero parados.

¡La dulce y fresca sombra del almendro! Mas otros árboles dan sombra ―apenas en invierno― amarga y bochornosa. Y los hay nativos, cuya leña apenas sí sirve para reconfortar un poco los ateridos miembros en largas noches de helada, o acaso para tallar en ella seis tablas para el último lecho, el del sueño patriótico de la muerte. ¡Hermoso emblema de la patria el árbol! Pero el árbol tiene, sí, copa que recoge luz al sol del cielo, y tiene raigambre que recoge tinieblas de la tierra. Y el fruto que no muere en ésta, en la tierra, no da semilla para árbol nuevo.

Y dejo ahora de lado el más íntimo aspecto del incidente parlamentario isleño, que es el de la capitalidad federativa canaria. Porque muchas veces, cuando se habla de descentralizar, se piensa en otra centralización, ni hay nada más durante unitarista que el cantonalismo.

Al almendro de D. Nicolás le protegía Tenerife mejor que la Laguna, y le protegía España mejor que Tenerife. En el orden político, ¡claro!; que en el orden cósmico, o mejor religioso, al almendro de D. Nicolás Estébanez, allí, al pie del grandioso Teide, que lleva fuego en el corazón y en la cabeza nieve, le ampara el cielo universal, el de las estrellas todas, el que abroquela a nuestra pobre Tierra, isla perdida en la infinidad. Pero en política, no en cósmica, y más si es la sedicente federal, nada se gana y así se pierde mucho, mirando las cosas desde Sirio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario