viernes, 29 de septiembre de 2017

El hombre interior

Ahora (Madrid), 28 de marzo de 1933

Sumo y sigo, señores míos: “¿Pero por qué —vienen a decirme aunque con otras palabras— te complaces en hurgar en todos esos sentimientos oscuros, vagos e irracionales, trágicos de la vida que dirías, y hablarnos de engaitamientos, desesperanzas, engaños, ánimas en pena y todo su cortejo? ¿Por qué no animarnos a vivir alegres y confiados en el presente y a hacer de nuestra España una República contenta en que vivamos sin atormentamos?” Y por aquí siguen. Son los de la emoción republicana, la vibración republicana, el fervor republicano, la conciencia republicana y lo demás. Son los hombres de fuera, exteriores, tan exteriores como los de la lealtad monárquica, y cuidado si lo eran éstos. Uno de estos republicanos sin más, a secas —o en seco—, un republicano mero y orondo, me decía: “¿Qué quiere usted esperar de un Gobierno en que un ministro —¡y socialista!— confiese en público que estima una desgracia el no tener el fe religiosa, y otro se declara cristiano sin dogmas ni milagros? Así no se va a ninguna parte.” Le molesta el hombre interior.

El hombre interior. O acaso mejor el hombre de dentro: “eso anthropos”. Y pongo la expresión griega no por pedantería, sino para que los cuitados y los menguados puedan decir con más razón que no se me entiende. Es expresión del apóstol Pablo en su epístola a los Efesios (III, 16). Es decir, un “ad-efesio”. Y el hombre interior —mejor acaso: íntimo— que ando buscando, cual nuevo Diógenes, no es el de la calle —el consabido hombre de la calle— ni el de su casa, si no el de a sus solas. El hombre de la calle o de la ciudad, el ciudadano, propiamente el elector, el de partido, es el político, de “polis”, ciudad; pero el otro, el interior, el de a sus solas, es el individuo del mundo —“cosmos”—, es el cósmico. Es el universal. El universal y el individual a la vez, el entero y no de partido.

A las veces se logra llegar a este hombre sustancial y no con lo que se le dice ni con el tono y acento —si es por escrito, estilo— con que se le dice, si no con el timbre. Es el timbre de la voz con que se conmueve y se convence. Sin que falte timbre escrito. Es el timbre lo que atrae a unos y rechaza a otros. Es el timbre el que repudian los que no quieren verse a sí mismos a solas, los que se sienten perdidos fuera del rebaño, los que no se atreven a enfrentarse con su individualidad íntima, los cuitados y menguados hombres de masa.

Hay quienes parecen haberse creído que con eso de declarar que la República española no tiene religión del Estado —que no es lo mismo, hay que volver a repetirlo, que religión de Estado— va a desaparecer de la vida pública, comunal, no digo ya la religión, si no la religiosidad, la inquietud religiosa del pueblo español, de la nación española y que vamos a contentamos los españoles con esa superficialísima y archifrívola superchería de las formas de gobierno, de los regímenes políticos y lo que de ello se derive.

El liberalismo, el humanismo liberal hijo del Renacimiento y de la Reforma protestante, llegó a ser una especie de religión civil y nacional —lo ha sentido bien Croce— como llegó a serlo el tradicionalismo —lo de monárquico es accidental y baladí y profano— y el socialismo, y aun más el comunismo, y el anarquismo; ¿pero el republicanismo?, ¿el republicanismo mero y mondo?, ¿qué es eso? Abogacía a lo más. Y electorería. Hay, si no se quiere hablar de religión, una filosofía liberal, y tradicionalista, y socialista, y anarquista, ¿pero republicana? No la conozco. Democrática, se me dirá. Pero esto es otra cosa, pues democracia y república ni se igualan ni se excluyen.

Y viniendo a lo de ahora y de aquí, qué quieren ustedes señores míos, que me entretenga y les entretenga disertando de si este partido o el otro, de si nuestros sedicentes republicanos o si los que se confiesan socialistas, de si la crisis, de si va a salir éste o entrar el otro, de si a la derecha o a la izquierda, de si en las próximas elecciones... ¡Uf! Nada de eso toca al porvenir y a la continuidad íntimas de España.

Si vieran ustedes, señores míos, lo que me molesta cuando algún periodista extranjero viene a pedirme vaticinios sobre el porvenir político de España y preguntarme si creo o no posible una restauración monárquica o la implantación de una dictadura fajista o de una dictadura soviética. O le despacho con cajas destempladas o le coloco cuatro vaguedades baratas o algún camelo. Como hace pocos días en que le dije a uno de estos periodistas que en España empiezan a esbozarse dos grandes partidos políticos de tumo, el de los funcionarios y el de los parados. O sea el de los ocupantes y el de los aspirantes. Lo cual no es ningún camelo, me parece... Y no he encontrado más que uno de esos corresponsales que me preguntase por cosas de más sustancia y de más intimidad. Y se comprende, pues que era un calvinista preocupado con la labor que lleva desde Suiza Carlos Barth. En cambio los periodistas extranjeros católicos no parecen interesarse por el problema religioso, si no por el político. Para ellos, como para los ateos de la Acción Francesa, la Iglesia Católica Romana no es más que una potencia política cuyo reino es de este mundo. Y así es, en verdad. Como que en toda la propaganda católica actual en España no se oye si no a hombres exteriores, por lo general de timbre metálico de voz. Tan raro encontrar entre ellos hombres interiores y cósmicos, como aquellos “pioneers”, linaje de los padres peregrinos del Mayflower que en sus luchas políticas en Norte América mejían esquirlas de la Biblia con briznas de la selva virgen.

No hay que hacer de la religión política, se dice. Pero cabe y se debe hacer de la política religión. ¿Porqué se llama, si no, al copartidario correligionario? Y en todo caso hay que buscar al hombre de dentro, al hombre íntimo, preocupado de su destino individual, del sentido eterno de su vida y que no puede satisfacerse con esa actividad externa de funcionario o de parado, de ocupante o de aspirante.

No se concibe bien que llegue a ser buen conductor de pueblos o buen forjador de naciones quien no se haya nunca preocupado del principio primero —valga la aparente repetición— y del fin último de las cosas todas, de su primer porqué y de su último para qué, y aunque sea para llegar a negarlos. Un político podrá ser creyente o incrédulo, agnóstico, dogmático o escéptico; lo que no puede ser es indiferente. Puede decir todo menos esto: “eso no me importa”.

Y ahora sumaré y seguiré con mi tema, señores míos.

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