miércoles, 21 de febrero de 2018

La generación de 1931

Ahora (Madrid), 2 de marzo de 1935

Cuando estaba ocupándome para mi trabajo —mi vocación— en cavilar y meditar la postura que la actual generación civil, la de 1931, toma respecto a las pasadas, la de 1868 y la de 1898 especialmente, visto a través de la biografía que de Castelar nos deja Benjamín Jarnés, una noche no logré reanudar la inconciencia del sueño en la soledad silenciosa de mi celda laica. Una tolvanera de ensueños y de fantasmas históricos me envolvía. Y entonces, para fijar algo, encendí la luz y, a mi modo, traté de cuajar todo aquel remolino en una comprimida expresión rítmica, en unos versos, viviente memorialín. Helos aquí:

                                                 La ciudad liberal bulle en holgorio;
                                                la Patria es libre ya; la gloria nace;
                                                un nombre llena la espaciosa plaza:
                                                                 ¡Constitución!

                                                Han corrido cien años, y sus nietos,
                                                rota la placa y rota la memoria,
                                                con otro nombre lañan la rotura:
                                                                 ¡Revolución!

                                                Y así la bola de la historia rueda,
                                                generación de las generaciones...
                                                —viva, pues, la definitiva— y todo
                                                                 generación.

Ocioso desarrollar esto en historia patria; lo de “¡Constitución o muerte será nuestra divisa!”, la época romántica, cuando a las plazas de las ciudades y villas que fueron antaño de los Comuneros se les rotuló: “de la Constitución”, y cuando, años adelante, estalló la revolución llamada la Gloriosa, y luego la primera, que no llegó a añeja república, y después ésta dicen que corriente revolución, con que se trata de lañar la rotura de la otra. Y por debajo, la eterna restauración que acompaña siempre a la eterna revolución —son lo mismo—, como se acompañan muerte y nacimiento. Y por debajo y, a la vez, por encima de ello, el eterno pleito de las generaciones. ¡Generación de generaciones y todo generación! o ¡vanidad de vanidades y todo vanidad! Así es la historia.

Y en el fondo de esta postura de la actual generación frente a las que le precedieron y de que ha venido, ¿qué es lo que hay? Y meditando —¡fantaseando más bien..., aunque es igual!— en ello, en la insatisfacción, en el desasosiego, en el despego de esta generación juvenil de hoy, aunque se disfrace de la mentirosa “giovinezza” del fajismo italiano, llego a vislumbrar el terrible cáncer espiritual que consumió a las generaciones monacales de la Edad Media, aquella pavorosa enfermedad que los escritores ascéticos y místicos llamaron acedia.

Y ahora una breve digresión lingüística. No podía faltarme. De un término griego que, en rigor, significa descuido, flojera, desgana, despego y otros así, hicieron los escritores eclesiásticos latinos su voz técnica: acedia, y de ella, en castellano, más bien literario que popular: acedia o acidia. En ambos casos, trisílabo y con el acento en la segunda sílaba. Que a las veces se confunde con acedía (el acento en la í), la cualidad de ser algo acedo o ácido, áspero, agrio y desapacible. La semejanza de sentido se prestó a confusión. Lo ácido o acedo suele producir a las veces —no siempre— desgana. Y basta de lenguajerías.

De lo que padece lo mejor, lo menos frívolo, lo más recogido de la actual generación juvenil es de acedia civil y en gran parte religiosa. De despego de vivir histórico, de tedio, de hastío, de aburrimiento. De aquella “noia” que tan hondamente cantó el hondísimo Leopardi, tratando de sobrellevarla, si es que no curarla, con el canto. Y esto a pesar de apariencias en contrario. Y del disfraz del deporte, donde éste no es señal de pueril deficiencia mental, lo que es frecuente. Porque deporte no es precisamente juego, ni un niño juguetón es por eso mismo deportivo. ¿O es que alguien cree que los llamados, por ejemplo, “exploradores” (boy-scouts) se divierten? No más que los monaguillos de coro.

Guardo testimonios de ese profundo hastío que consume a lo mejor acaso de la actual generación intelectual española. Se quejan del desierto espiritual en que tienen que trabajar. Y menos mal si encuentran consuelo y sentido de vida íntima en el camino, aparte del arribo a que lleve. Porque se van “cansando, cansando en este desierto”. ¿Verdad, amigo Jarnés? Y esto no es consecuencia de arribismo, ¡no! (Escribo arribismo con b, porque en español se escribe y debe escribirse arribar y no arrivar.) Los presos del hastío, los mejores, no padecen de arribismo. ¿Llegar? ¿Y qué es eso de llegar? Oigan una historia evangélica.

Aquel apóstol Tomás —Dídimo—, el de “tocar (no ver) y creer”, el prototipo del incrédulo de antemano, cuando Jesús les anunció que Lázaro había muerto sin estar Él, Jesús, allí y que iban allá, Tomás, henchido de celo, exclamó: “¡Vamos también nosotros para morir con Él!” Mas en otra ocasión, cuando el Maestro dijo: “Donde yo voy sabéis el camino”, Tomás le dijo: “Señor, no sabemos dónde vas; ¿cómo sabemos el camino?”; a lo que Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.” Y llega el relato evangélico de la arribada del Cristo, de su aparición, ya resucitado, a sus discípulos, y cuando le dicen a Tomás que han visto al Maestro replica el apóstol que él no creerá si no le ve en las manos el agujero de los clavos y mete en éste el dedo y en el de la herida del costado. Y ocho días después cuenta que el Cristo se les presenta, cerradas las puertas, y hace que Tomás le meta la mano en el costado para que crea. Y al rendírsele el apóstol le dice: “Porque has visto has creído; dichosos los que sin haber visto creen.” Relato en que, aparte de lo de tocar, y ver, y creer, hay que pensar en lo del camino. En la fe en el camino, lleve adonde llevare y aunque no lleve a parte alguna, aunque no haya arribada. Pero, ¿es fácil acaso este consuelo en el caminar mismo, esta satisfacción en el trabajo por el trabajo mismo? ¿Y no es acaso éste la dificultad de este consuelo, el origen del hastío?

Por lo que hace a la generación intelectual española de hoy —llamémosla de 1931—, ¿sabe su camino, si es que no su meta?; ¿sabe no adónde va, sino por dónde va? Desde luego, en el casi fatal cambio de 1931, en el advenimiento del régimen republicano, no tuvo apenas parte esa generación. Ni otra cualquiera. Porque ese cambio no lo trajeron los hombres. Y es, desde luego, significativo que ninguno de los jóvenes de esa generación se encontró en primera fila ni jugó papel primordial. Acaso porque ninguno de ellos tenía conciencia —si no clara, por lo menos honda— de un nuevo ideal colectivo de destino histórico nacional ni un sentimiento de la unidad de ese destino. Lo que no se logra corregir con expansiones litúrgicas mal traducidas, sea del italiano, sea del ruso. La vacuidad de esas expansiones se nota por dondequiera en nuestra España. Deporte, no juego. Oímos lo que de la generación de los abuelos —de la de los padres de nosotros, los que hoy somos padres y abuelos— dicen los de esta generación: ¿qué dirán de ella sus hijos y sus nietos? Ya ellos mismos o se quejan o dan gritos para encubrir sus quejidos. Y hay rabadanes que apacientan a sus rebaños deportivos con herrén de vaciedades que no matan el hastío, que es hambre espiritual. Ni la otra, por supuesto; la de destinos, quiere decirse.

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